Cómo se ha gestado y hasta dónde puede llegar el conflicto en Hong Kong

Durante su visita a la Universidad de Sevilla en 2015, mientras saboreaba una copa frente a la Giralda, el sociólogo y activista Kinman Chan –actualmente encarcelado

Foto: A riot police officer fires a tear gas canister toward anti-government protesters during a demonstration in the tseung kwan o residential area in kowloon, hong kong
A riot police officer fires a tear gas canister toward anti-government protesters during a demonstration in the tseung kwan o residential area in kowloon, hong kong
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Durante su visita a la Universidad de Sevilla en 2015, mientras saboreaba una copa frente a la Giralda, el sociólogo y activista Kinman Chan –actualmente encarcelado por su participación en la Revolución de los Paraguas- me decía: "Yo apuesto por la desobediencia civil pacífica y por el diálogo. No quiero que algún día se me acuse de ser responsable de un baño de sangre. Me perturba profundamente la posibilidad de que con el tiempo la situación de Hong Kong pueda degenerar en violencia".

Desgraciadamente, pocos años después los temores de este comprometido pacifista se han hecho realidad. ¿Qué causas explican el acelerado deterioro del conflicto? ¿A dónde se dirige? ¿Puede salir algo bueno del actual caos?

Cómo se ha gestado y hasta dónde puede llegar el conflicto en Hong Kong

Tras tomar el pulso a las calles y preguntar a intelectuales, activistas y ciudadanos de a pie, tanto moderados como radicales, mi conclusión es clara: la espiral de violencia que hoy vive Hong Kong es consecuencia de un fallo multiorgánico que afecta a las estructuras mismas de su sistema político y social. Por tanto, no se trata de un conflicto que vaya a tener pronta ni fácil resolución. Es más que probable que se perpetúe durante mucho tiempo a través de una serie de metamorfosis sucesivas impulsadas por la creciente represión gubernamental, que alimenta la polarización de las protestas, la obliteración de los sectores moderados y la consolidación de los más radicales, implicados en tácticas de guerrilla urbana ascendentemente agresivas.

"Estos días Hong Kong parece una ciudad sin ley", me decía G. L., una activista moderada que prefiere ocultar su identidad para evitar represalias. "Ahora mismo es muy difícil detener la espiral de violencia. Cada enfrentamiento exacerba la hostilidad mutua entre la policía y los manifestantes", me explica el profesor Cheng, partidario de la resistencia pacífica. "El pasado 1 de Octubre se ha cruzado el Rubicón". "Tras la prohibición del uso de máscaras se esperan más medidas draconianas de represión”. "Lo próximo será un toque de queda, el estado de excepción o la ley marcial", han manifestado el abogado progresista Jason Ng, el Frente de Derechos Humanos Civiles de Hong Kong y otras organizaciones no gubernamentales. "Vamos a una guerra civil", ha concluido P. C., uno de los activistas más radicales, partidario de la independencia.

–Esto es un juego de suma cero entre los manifestantes y la policía. Uno de los dos bandos va a ser destruido.

–¿Cuál de ellos?

–Está claro: la policía.

Estas declaraciones sólo son un botón de muestra de la gravedad de la situación y la dificultad para sofocar el conflicto. Pero ¿cómo se ha llegado hasta aquí? Contra lo que algunos pudieran pensar, no se trata de un fenómeno repentino.

Quienes conocimos Hong Kong cuando aún era considerada "la Gran Bretaña china", hemos advertido con estupor cómo han ido empeorando las cosas en los últimos años. Una metrópolis que a pesar del déficit democrático disfrutaba confortablemente de su excepcionalidad a través de la fórmula "un país, dos sistemas", ha asistido al progresivo deterioro de sus instituciones debido a las constantes injerencias del régimen vecino a través de la Hong Kong Liaison Office: el gobierno chino a la sombra.

Xi Jinping ha sido demasiado ambicioso y ha ido demasiado deprisa en su proyecto nacionalista: ha querido acelerar los tiempos, sin esperar a 2047 para hacerse con el control de la excolonia británica, vulnerando su marco legal y alimentando la confrontación hasta que se han precipitado los acontecimientos. La propuesta de ley de extradición, en este sentido, ha sido sólo la última gota en un vaso colmado ya de descontento popular.

Xi Jinping ha sido demasiado ambicioso y ha ido demasiado deprisa en su proyecto nacionalista en Hong Kong

Además de incumplir sus compromisos sobre el sufragio universal –un derecho reconocido en el texto constitucional de Hong Kong-, la creciente presión de Pekín ha agravado la falta de representatividad democrática. De este modo, ha terminado por minar la confianza de la sociedad hongkonesa en sus instituciones estatales –jefatura del gobierno, parlamento, fuerzas de seguridad, poder judicial-, y ha erosionado sus instituciones sociales. Las políticas de adoctrinamiento en centros escolares, el creciente control de las universidades, los ataques a la libertad de expresión, las represalias contra intelectuales y periodistas críticos, los 'boicots' publicitarios a medios independientes… habituales en los últimos años, son sólo algunas de sus manifestaciones ostensibles.

Propósito neocolonizador

Paralelamente, el grueso de la población –fundamentalmente los jóvenes- ha tenido que soportar el declive de sus condiciones socioeconómicas, consecuencia de un sistema desequilibrado que prima los intereses del capital financiero y de las élites empresariales por encima de las necesidades sociales. A ello hay que añadir el ascendente flujo turístico desde el continente y el asentamiento en Hong Kong de un número cada vez mayor de ciudadanos chinos, a los que el gobierno favorece con un propósito "neocolonizador".

Ante este colapso multiorgánico, la ciudadanía ofreció una primera y contundente respuesta a través de las movilizaciones de 2014, la llamada Revolución de los Paraguas. Más de un millón de personas protestaron pacíficamente durante 79 días, abogando por una desobediencia civil no violenta que se inspiraba en el espíritu cristiano de Martin Luther King, Jr., preconizado por el colectivo Occupy. Pero la displicencia del gobierno condenó la estrategia al fracaso y contribuyó al crecimiento de los sectores más radicales, que organizaron plataformas independentistas y desataron la Fishball Revolution en 2016.

Recuerdo que ya entonces el activista Kinman Chan me decía: "Estoy preocupado. Algunos jóvenes piensan que hasta que no haya derramamiento de sangre no nos van a hacer caso". En efecto, quienes hoy se enfrentan a la inacción del gobierno y a los abusos policiales tienen más presentes las arengas de Edward Leung, uno de los instigadores de la revuelta de 2016, que las consignas de la resistencia pacifista.

"¿Apoyas el vandalismo por parte de algunos manifestantes?", me atrevo a preguntar a uno de los activistas más radicales. "Sí, porque nunca hieren a gente inocente. Sólo destrozan objetos sin vida y provocan pérdidas económicas. Entiendo que en el actual escenario es el modo más pacífico de protestar y espero que el gobierno lo aprecie. Porque el karma de la violencia callejera en Hong Kong es consecuencia del nazismo rojo. No creo que nos encontremos en la peor situación. Siempre se puede deteriorar más".

Respecto a su apuesta política, mi interlocutor continúa: "Algunos quizá crean que estoy loco porque lucho por la independencia, pero la Historia me dará la razón. Aunque tenga que sufrir por ello o me acarree la muerte". "¿Estás dispuesto a morir por tus ideales?", le cuestiono. "Sí. La Gestapo china ya ha estado en mi casa. Exponerme públicamente es el mejor modo de mantenerme con vida”.

El karma de la violencia callejera en Hong Kong es consecuencia del nazismo rojo

Volviendo al contexto en que se han gestado las actuales protestas, se debe resaltar que desde las movilizaciones de los paraguas las autoridades de Hong Kong han obstruido sistemáticamente los cauces de participación democrática de la ciudadanía y se han alienado con Pekín.

La plataforma Hong Kong Watch ha venido dando detallada cuenta al respecto. Tras el secuestro de un grupo de editores hongkoneses críticos con el régimen en 2015 y el éxito electoral de los nuevos partidos independentistas en 2016, se ha procedido a inhabilitar a los diputados más díscolos, se ha condenado y encarcelado a numerosos activistas no violentos –entre ellos el ya citado Kinman Chan y el célebre Joshua Wong-, se ha consentido que China despliegue no sólo sus infraestructuras sino su jurisdicción en una parte del territorio hongkonés, y se ha pujado por aprobar a toda prisa una Ley de Extradición que podría haber significado el ocaso definitivo de la disidencia.

Quien reste importancia a esta larga suma de desafíos a la voluntad popular desconoce el escenario hongkonés. Porque lo que ha desencadenado tan grave levantamiento social es, sin duda, la política represiva de un gobierno que ha hecho oídos sordos a su ciudadanía y ha violado repetidamente su propia Carta Magna a instancias del autoritarismo chino. "Carrie Lam, tú nos has enseñado que es inútil la reivindicación pacífica", rezan los actuales eslóganes contra la Jefa del Ejecutivo.

Lo que ha desencadenado las protestas ha sido la política represiva de un gobierno que ha hecho oídos sordos a su ciudadanía

El papel de las autoridades en la gestión de esta crisis merece una consideración detenida, ya que ha actuado como factor multiplicador del caos. No olvidemos que las protestas comenzaron de forma pacífica el pasado mes de marzo y alcanzaron su máximo apogeo el 16 de junio, con una manifestación que logró convocar a dos millones de personas, casi el 30% de la población. En ese momento la violencia todavía no había incendiado las calles.

Asaltar el Parlamento

Pero la resistencia de Lam a retirar definitivamente su proyecto de Ley de Extradición convenció a la ciudadanía de que era imperativo explorar otras vías. Así que el 2 de julio se tomó la decisión de asaltar el Parlamento, marcando un hito en la escalada de la confrontación que forzó a Lam a retirar su proyecto de manera definitiva. El recurso a la fuerza había logrado su objetivo. La facción más dura de los manifestantes se sintió reforzada.

A partir de aquí, aconteció un importante giro. Aumentó la agresividad de las protestas, que semanas después lograrían paralizar el aeropuerto durante varios días, internacionalizando el impacto del conflicto. Las autoridades respondieron al desafío dejando manos libres a las fuerzas de seguridad y permitiendo una espiral de abusos policiales. Los sucesos del 21 de julio en Yuen Long, donde una banda de matones pro-China atacó de modo brutal e indiscriminado a manifestantes, ancianos, menores, diputados, periodistas, e incluso a una mujer embarazada, desvelaron una maquiavélica estrategia. Los agentes se demoraron tanto que llegaron tarde al lugar de los hechos y no realizaron ninguna detención. Por otra parte, se detectó la presencia de policías encubiertos entre los manifestantes, algunos de ellos protagonizando actos violentos para justificar la consiguiente represión.

Los ciudadanos comenzaron a denunciar también la utilización de granadas de gas pimienta –en ciertos casos caducadas y por tanto altamente tóxicas-, dentro de las estaciones de metro, sin garantías de protección para los más vulnerables y los transeúntes ajenos a las protestas. Las cargas policiales indiscriminadas en la estación Prince Edward el 31 de agosto cruzaron todas las líneas rojas. Numerosos abogados y periodistas solicitaron las grabaciones completas de lo ocurrido, pero al no existir en Hong Kong una ley de transparencia y acceso a la información pública conforme a los estándares de los países democráticos, su solicitud fue desestimada.

Simultáneamente, se extendieron las sospechas sobre torturas y violaciones en el centro penitenciario de Sun Uk Ling, a sólo 1,5 km. de la frontera con la República Popular China, donde habían sido trasladados numerosos detenidos. La negativa a permitir una visita al centro por parte de los diputados democráticos no hizo más que reforzar los temores. El colectivo femenino también se hizo eco del escándalo, convocando alrededor de 30.000 personas para denunciar la violencia sexual de los agentes contra las mujeres en una versión hongkonesa del #MeToo.

"Justicia" por su mano

Este conjunto de excesos policiales ha provocado que muchos ciudadanos finalmente hayan decidido arreglar las cosas a su manera –utilizando una expresión cantonesa que significa algo así como “déjame, que esto es ya un asunto personal”. De ahí el aumento exponencial de la agresividad y la violencia callejera.

Durante los cuatro meses del conflicto se han perfilado básicamente dos prototipos de manifestantes: los pacíficos –que constituyen mayoría- y los denominados "valientes", en la vanguardia de los enfrentamientos. Ambos se han complementado en una simbiosis que alterna las protestas no violentas por parte de los primeros, con un vandalismo estratégico y reivindicativo por parte de los segundos.

Su objetivo común es forzar a las autoridades a dar respuesta a cinco demandas consensuadas a través de la plataforma digital LIHKG. Tras la retirada de la Ley de Extradición, se exige una investigación independiente sobre la violencia policial, la liberación de todos los detenidos, la retracción de las autoridades a la hora de caracterizar las protestas como disturbios, y la dimisión del actual Ejecutivo para dar paso a elecciones por sufragio universal.

Pekín ya ha dejado claro que no va a realizar más cesiones. Lo único que ha ofrecido por el momento es una ronda de encuentros con la población, que comenzó el pasado 26 de septiembre convocando a un grupo de 150 ciudadanos seleccionados de modo cuestionable. Pero la iniciativa no ha satisfecho a nadie, ni siquiera a los aliados del gobierno.

— ¿Cómo valoras el encuentro de Carrie Lam con la ciudadanía?

— Ha sido un teatro de marionetas para complacer a Xi Jinping. Lam no tiene verdadero interés por la población. Simula voluntad de diálogo para ganarse al sector más moderado, pues algunos prestan más atención al gesto que al contenido del encuentro. En realidad, éste ha consistido en decir a la gente ‘Tomo nota’ y repetir automáticamente un guión preparado.

Los acontecimientos que han seguido a este frustrado intento de diálogo social son bien conocidos. El 1 de octubre, 70º aniversario de la República Popular China, la policía utilizaba munición real para restablecer el orden, disparando a bocajarro a un joven de 18 años hacia quien se dirigía un agente con una barra de metal. Los días siguientes resultaron heridos un periodista y un joven de 14 años.

En semejante contexto, el 4 de Octubre el gobierno ha decidido decidía aprobar la Ordenanza de Regulaciones de Emergencia, que conlleva la prohibición del uso de máscaras y concede amplísimos poderes al Ejecutivo. "Es una ley extremadamente dura que otorga un poder casi ilimitado a la Jefatura del Gobierno para promulgar o enmendar cualquier ley, contemplando la posibilidad de incautación de propiedades, desalojo, registro de viviendas y extensión de las detenciones por más de 48 horas. Se está cruzando un umbral muy peligroso, con consecuencias probablemente irreversibles", nos ha explicado la diputada Tanya Chan, condenada por su activismo pacífico. "Se trata de un gravísimo retroceso. Esta ordenanza es mucho peor que la propuesta Ley de Extradición", acaba de advertir el célebre jurista Benny Tai en su muro de Facebook.

¿Alguna salida?

En estas circunstancias, ¿existe alguna posibilidad de salir del conflicto? Chris Patten, el último gobernador británico de Hong Kong, aboga por un periodo de genuino diálogo y negociación con la facción más moderada del campo democrático, algo que muchos creen imposible. "El diálogo no servirá de nada porque tanto Xi Jinping como Carrie Lam han dejado claro que no habrá más concesiones”, replica Joseph Cheng, intelectual y activista. “El punto de partida debería ser, en primer lugar, la dimisión de Carrie Lam, y a continuación el establecimiento de una comisión independiente que investigue los abusos policiales”. Ahora bien, "los diputados prodemocracia no pueden solicitar que se cree esa comisión porque no tienen mayoría en el Parlamento", añade la activista G.L.

Entonces, ¿cuáles son las perspectivas de futuro para Hong Kong? "La gente es más bien pesimista al respecto. Pekín va a intervenir de modo contundente pero sutil, evitando la movilización del ejército (que según algunos ya está infiltrado en las fuerzas de seguridad hongkonesas). Estamos preparándonos para un largo periodo de no cooperación entre los dos bandos del conflicto. No se puede vencer a China por la fuerza… Pero la gente joven todavía no comprende".

Con todo, probablemente se moverán piezas en el tablero internacional, comenzando por la aprobación de la Hong Kong Human Rights and Democracy Act por parte de Estados Unidos, que podría extender la guerra comercial a la excolonia. Ello incrementaría la presión del sector financiero y empresarial sobre el Ejecutivo hongkonés, forzándolo a aceptar compromisos para evitar la catástrofe.

Por otra parte, nadie puede garantizar que a pesar de la propaganda y la censura, las llamas del infierno hongkonés no acaben extendiéndose en algún momento al continente, reactivando sus nichos de disidencia y acrecentando las disimuladas fisuras del régimen.

Lo que es indiscutible es que en estos momentos la ciudadanía de Hong Kong está escribiendo una decisiva página de la Historia. Y todo el mundo, lo sepa o no, depende de cómo se escriba.

*Mar Llera: Directora de Estudios de Asia Oriental (grupo Compolíticas), profesora de la Universidad de Sevilla y activista de Amnistía Internacional.

Tribuna Internacional
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