La UE debe convertirse en un imperio para sobrevivir (pero no en el austrohúngaro)

La Unión Europea nunca quiso ser un imperio, solo pretendió ser un poder negativo. Es decir, impedir el resurgimiento del nacionalismo. Pero quizá debería replantearse algunos objetivos

Foto: Los líderes de la OTAN en la cumbre de Londres esta semana. (Reuters)
Los líderes de la OTAN en la cumbre de Londres esta semana. (Reuters)

En primavera de este año, el eurodiputado liberal Guy Verhofstadt afirmó que "en un mundo cada vez más dominado por los imperios, los próximos cinco años serán cruciales para convertir nuestra Unión en una verdadera Unión”. Después del verano, Gideon Rachman, probablemente el periodista dedicado a asuntos geopolíticos más influyente del mundo, escribió en el 'Financial Times' que "el orden mundial, conformado por la China de Xi Jinping y los Estados Unidos de Donald Trump, estará más basado en el poder que en las reglas".

Hace un mes, Emmanuel Macron afirmó que el auge de China ha creado un mundo bipolar chino-estadounidense que "claramente margina a Europa"; a ello se suma "la reemergencia de poderes autoritarios en la periferia de Europa, sobre todo Turquía y Rusia", lo cual ha conducido a "la excepcional fragilidad de Europa que, si no puede pensarse a sí misma como un poder global, desaparecerá".

Hay un cierto consenso, al menos entre algunas élites intelectuales y políticas liberales, en que este es el escenario. Un escenario que amenaza con evocar la situación previa a la Primera Guerra Mundial. Entonces, apenas había organizaciones globales dignas de tal nombre que coordinaran la política internacional, los imperios existentes -el ruso, el británico, el otomano, la Francia colonial, Prusia y Austro-Hungría, y Estados Unidos, aún periférico- cooperaban lo mínimo y básicamente competían de manera feroz por ampliar sus fronteras y zonas de influencia. Sus relaciones no se basaban en reglas, sino en una mezcla de la tradición y el deseo de unos emperadores o políticos caprichosos y con pocas trabas legales.

Todavía no

Todavía no estamos ahí. Muestra de ello es que esta semana se celebra una Conferencia del Clima de la ONU y se ha celebrado una cumbre de los líderes de la OTAN. Ambas organizaciones surgieron, precisamente, después de que ese orden político generara dos catástrofes consecutivas, y con el fin explícito de imponer reglas y equilibrar las relaciones entre países e impedir que estas tragedias volvieran a producirse. Pero el énfasis hay que ponerlo en la palabra "todavía".

Las instituciones multilaterales seguirán existiendo durante mucho tiempo. La ONU continúa siendo inoperante en muchos sentidos, pero con el cambio climático, la amenaza global por definición, ha redescubierto su utilidad. Hoy en día resulta más necesario que nunca tener un órgano multilateral que coordine una acción que trasciende las posibilidades de cualquier país o imperio individual. Pero habrá que acostumbrarse a que alguno de ellos, en este caso Estados Unidos, se aparten del consenso, en parte, para recordarle a los demás y a sí mismos su soberanía.

También es el caso de la OTAN. A pesar del enfrentamiento poco elegante que tuvo lugar entre los líderes ayer en Londres, y de la deslealtad de Turquía y Estados Unidos al operar en Siria sin coordinarse con los demás miembros, la organización aún funciona razonablemente bien en términos militares. Pese a la retórica de Trump, la OTAN ha reforzado su acción en Europa del Este frente a la amenaza de expansión rusa y, gracias a la retórica de Trump, se ha conseguido que los europeos gasten más en su defensa conjunta.

La semana que viene se pondrá a prueba la supervivencia inmediata de otra institución clave en el orden global multilateral, la Organización Mundial del Comercio. El día 11 dejará de funcionar su órgano más importante, el que arbitra las disputas comerciales entre países, porque Estados Unidos cree que viola la soberanía estadounidense y ha bloqueado la sustitución de los miembros que terminan su mandato.

Un poder negativo

Fuera de ese consenso liberal que cree que el "todavía" será breve y que particularmente en Europa el escenario será pronto mucho más hosco y competitivo, hay quienes creen que aún queda tiempo. La postura alemana, por ejemplo, sostiene que estamos, en esencia, en un mal momento que pasará en cuanto Trump abandone la presidencia estadounidense, bien sea en 2021 o en 2025. Entonces, de alguna manera, todo podrá volver a la normalidad, al multilateralismo y a una cierta recuperación de la concordia.

Pero es probable que acierte más el pesimismo liberal.cLa Unión Europea nunca quiso ser un imperio. Solo pretendió ser un poder negativo. Es decir, impedir el resurgimiento del nacionalismo en Europa y acabar con la inestabilidad crónica que provocaba la convivencia de decenas de monedas en un espacio tan pequeño. Si acaso, en algún momento soñó que el mundo podía adoptar su filosofía: regirse por un denso entramado de reglas, regulaciones y convenciones que fueran reduciendo la soberanía de sus partes en favor de una concertación beneficiosa para todos, aunque todos perdieran en algo. No lo ha conseguido y seguramente deberá intentar convertirse, si no en un imperio, sí en un superpoder.

En parte lo es ya. Es la zona de libre comercio más grande del mundo, ha emprendido una lucha seria contra los grandes monopolios tecnológicos y demostrado que el euro es mucho más sólido de lo que sus adversarios creían. La pérdida de Reino Unido será un duro golpe del que, sin embargo, sus propias reglas y la inusitada unidad mostrada hasta ahora por los países miembros le permitirán recuperarse a medio plazo. Pero en muchos otros sentidos es, como lo es su líder natural, Alemania, un superpoder reacio, uno al que le cuesta reconocerse como tal.

La insistencia de Emmanuel Macron y, en cierta medida, de la nueva presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, para que actúe como un superpoder puede ser de ayuda. Pero la cumbre de la OTAN, y la manera en que Macron quiso caldearla al acusar a la alianza de estar en "muerte cerebral" y reclamar una defensa nítidamente europea sin la tutela estadounidense, ha demostrado hasta qué punto será difícil.

Ante todo, porque la Unión Europea sí se parece, al menos en un sentido, a uno de los actores principales del escenario previo a la Primera Guerra Mundial: el Imperio austrohúngaro. Su diversidad, la unión política de diferentes identidades políticas, la coordinación de los poderes internos para que ninguno arrase a los demás, son un sueño liberal, pero también un punto de partida demasiado precario para asumir la resolución y unanimidad interna que requiere una superpotencia para enfrentarse a rivales que son Estados-nación tradicionales.

Pero debe intentarlo. A menos que quiera acabar como el Imperio austrohúngaro.

Tribuna Internacional
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