Cuatro propuestas para el futuro del capitalismo

Como escribió Paul Collier, "hay grietas profundas que están desgarrando el tejido de nuestra sociedad". Hay mucha gente cabreada y angustiada, y es importante entender por qué

Foto: Activistas escriben arriba con los árboles, abajo con el capitalismo en unas protestas en Berlín. (Reuters)
Activistas escriben "arriba con los árboles, abajo con el capitalismo" en unas protestas en Berlín. (Reuters)
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Paul Collier empieza su nuevo libro, 'El futuro del capitalismo', así: “Hay grietas profundas que están desgarrando el tejido de nuestras sociedades. Están provocando nuevas ansiedades e iras en la gente, y nuevas pasiones en política”. Coincido. Hay mucha gente muy cabreada y angustiada, y es importante entender por qué.

Lo primero que hay que decir es que, aunque parezca más estable e incluso más eficiente, el modelo chino de capitalismo de Estado no es una alternativa deseable. Eso sí, si no resolvemos los problemas que tiene nuestro propio sistema, las opciones autoritarias serán cada vez más atractivas.

Una manera de abordar las grietas que señala Collier es centrarse en los conceptos de voz, mérito, poder y competencia. Cada vez hay más consenso en que la desigualdad es, con el cambio climático, el mayor desafío de nuestro tiempo, pero es importante aterrizar más el problema.

Empecemos por la voz. Mucha gente, sobre todo en el ámbito rural y las capitales de provincia menos dinámicas, piensa que no cuenta. Sus quejas y preocupaciones no están representadas en el Congreso de los Diputados ni en los medios de comunicación nacionales. Teruel Existe es fruto de esa frustración. ¿Cómo resolver esta tensión entre las metrópolis y el resto de la población?

Collier aboga por subir los impuestos a los que viven en la metrópolis y con ese dinero fomentar clústeres de empresas en las provincias. Otras propuestas son trasladar parte de la Administración central a otras ciudades o aumentar los salarios de los maestros rurales para que el talento salga de la metrópolis. Incluso se podría imponer una movilidad obligatoria de dos años para todos los graduados universitarios.

Una aldea abandonada en la provincia de Lugo. (EFE)
Una aldea abandonada en la provincia de Lugo. (EFE)

Esto nos lleva al segundo problema. La falta de meritocracia. La mayoría de las élites piensan que están ahí arriba porque se lo merecen, mientras que el resto de la población piensa que lo han logrado por su entorno privilegiado. Los números le dan la razón. El ascensor social está roto y eso es peligroso porque, como se ve en lugares como Polonia, eso hace que muchos prefieran códigos de lealtad propios de sistemas clientelares y caciquiles al liberalismo supuestamente meritocrático.

La diferencia entre ir a una escuela mala o buena te marca de por vida. ¿Qué hacer para remediar eso? Algunos han propuesto sistemas de lotería o cuotas que cubran por lo menos el 20% de los alumnos de las escuelas y universidades de élite. Tradicionalmente, un lugar de encuentro de clases sociales era el servicio militar. Quizás en Europa necesitemos un Erasmus obligatorio para todo joven que cumpla los 18 años, da igual que llegue a la universidad o no.

Justamente esto nos lleva al tercer elemento. La ayuda pública no debería centrarse tanto en compensar a los perdedores de la globalización como en empoderarlos para que puedan crear sus propias oportunidades. Algo que debería apoyar con fervor la derecha que se considera liberal. También aquí hay propuestas concretas, desde el periodo de embarazo hasta la última etapa de nuestra vida laboral.

Collier cita estudios que indican que una madre que sufre tensión y estrés durante el embarazo transmite esa ansiedad al bebé de por vida. Si es así, a lo mejor habría que facilitar las bajas antes del parto. Lo mismo ocurre con el acceso a las escuelas infantiles de cero a tres años. Los países que tienen formación profesional dual suelen tener menos desigualdad. Y los que han invertido en sistemas y técnicas modernas de políticas activas de empleo y formación continua, como Irlanda, han cosechado muy buenos resultados. En general, la gente quiere un trabajo digno, no un subsidio mínimo.

Pero para que haya igualdad de oportunidades, también tiene que haber competencia. Y también aquí nuestro sistema está fracasando. La era digital está generando gigantes como los GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) que se lo comen casi todo, y si alguien intenta competir, lo engullen inmediatamente.

Eso no solo ocurre en el ámbito digital. La concentración de productividad y poder ocurre en muchos otros sectores, tanto en el ámbito privado como en el público. Que en plena cuarta revolución industrial las patentes sigan con 20 años de vigencia y países de la UE como Irlanda, Países Bajos y Luxemburgo logren aglutinar tal cantidad de inversión produce unas externalidades negativas que podrían considerarse insostenibles.

Los logos de Google, Apple, Facebook y Amazon.
Los logos de Google, Apple, Facebook y Amazon.

Precisamente, si la izquierda liberal realmente quisiese combatir la desigualdad, debería agarrar con mucha mayor determinación la bandera de la competencia. Parece que los demócratas en Estados Unidos sí que han empezado a centrarse en las leyes antitrust, pero en un país como el nuestro, donde la competitividad de nuestros deportistas está tan valorada, llama la atención que 'más competencia' se vea todavía con tanta reticencia por grandes capas de la sociedad.

Quizás eso se deba justamente a las tres primeras brechas señaladas aquí. Si la igualdad de oportunidades es una quimera que solo se creen las élites, más competencia simplemente significará que ganen los mismos. Aunque su versión moderna sea odiada por muchos, la competencia en el fútbol se valora positivamente porque la sensación es que cualquiera, incluso un hijo de un pobre, puede llegar hasta lo más alto. Sería bueno que esa percepción se extendiese al resto de la economía.

Tribuna Internacional
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