Estuve en la guerra de Ucrania y conocí casos como el de Roman Zozulya

Hemos creído oportuno aclarar el contexto y desmentir algunos de los dolorosos mitos y bulos que circulan sobre la situación en Ucrania

Foto: Un militar ucraniano en 2014, tras el inicio de la guerra en el Donbás. (Reuters)
Un militar ucraniano en 2014, tras el inicio de la guerra en el Donbás. (Reuters)
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No conozco al jugador de fútbol ucraniano Roman Zozulya y no sé cuál es o ha sido su ideología política. En este diario se ha tratado la polémica de su presunta afiliación a grupos neonazis o de extrema derecha de su país, y, aquí el propio jugador ha ofrecido su versión de los hechos. Aún así, hemos creído oportuno aclarar el contexto en el que se desenvuelven actividades parecidas a la suya, y desmentir algunos de los dolorosos mitos y bulos que circulan sobre la situación en Ucrania.

Una imagen me viene a la mente: el interior de seis carros blindados en la ciudad de Solvyansk, en abril de 2014. Dentro había pan de molde, encurtidos y tarros de compota. El Ejército no había podido aportar el rancho, así que los soldados se habían llevado su propia comida. Las Fuerzas Armadas de Ucrania, simplemente, no estaban preparadas para librar una guerra. Las armas estaban anticuadas, a veces no había gasolina y las tropas dependían de la caridad incluso para calzar unas botas.

Si de algo presumen los ucranianos, es de saber organizarse. Cuando el Estado falla, o no hay Estado, ellos se montan uno. Igual que hacían los cosacos. Durante las protestas que terminaron con la huida del presidente Víctor Yanukóvich en febrero de 2014, una sociedad paralela emergió en la plaza central de Kyiv, el Maidán. Había campamentos, cocinas, talleres, clínicas. El McDonald’s se convirtió en un centro de asistencia psicológica y el edificio de los sindicatos en una “universidad popular”.

Los primeros en morir

Los vecinos daban chubasqueros, mantas y termos de té. Una famosa cantante lideraba los ejercicios para calentarse a 15 grados bajo cero. Los que sabían inglés hacían de intérpretes y los que sólo tenían su coche lo empleaban en hacer recados. La movilización fue transversal. Había estudiantes, obreros, jubilados, amas de casa y veteranos de la guerra de Afganistán. También había grupos de ultraderecha.

A medida que arreciaba la violencia, los radicales, herederos del movimiento nacional-fascista OUN-B de los años treinta y agrupados bajo el nombre de Pravy Sektor, ganaron peso. Llevaban años jugando a la guerra en el bosque, a las afueras de sus pueblos, y vieron el momento de materializar sus despreciables fantasías. Dado que eran los únicos que ofrecían este tipo de entrenamiento, muchos jóvenes se unieron a ellos, y estas “centurias” acabaron poniendo la mayor parte de los cien muertos del Maidán, caídos bajo las balas de los francotiradores.

¿Quién iba a mostrar siquiera un gramo de simpatía hacia algo que, por algún sitio, podía desvelar una cruz gamada? Rusia lo tenía muy fácil

Como es natural, estos grupos atrajeron la atención de los medios internacionales. Tenían máscaras negras y símbolos fascistas, como el wolfsangel. Pero su mayor altavoz fueron los medios de propaganda rusos. El fascismo ha tomado el poder en Ucrania, dijeron. Estamos en un nuevo 1941. Fue sencillo, de cara a la opinión pública extranjera, confundir la parte por el todo, y allanar el relato para Crimea y la guerra del Donbás.

Recuerdo a mis amigos progresistas ucranianos en EEUU, demócratas de toda la vida, echarse las manos a la cabeza leyendo sus medios de referencia. ¡Se estaban tragando la propaganda rusa! Cuanto más a la izquierda una línea editorial, más tendía a creerse el mito de una nueva guerra contra el fascismo. En cierto sentido, era un reflejo natural. ¿Quién iba a mostrar siquiera un gramo de simpatía hacia algo que, por algún sitio, podía desvelar una cruz gamada? Rusia lo tenía muy fácil.

El hecho de que estos partidos extremistas, incluso en coalición, jamás hubieran alcanzado el 1% del voto en las elecciones ucranianas, un resultado que se repetiría igualmente en mayo de 2014, no pareció registrarse. La extrema derecha en Ucrania tiene un peso mucho menor que en otros países como Francia, Finlandia o, desde el pasado noviembre, España. Incluso juntándose con los ultranacionalistas de Svoboda, que rechazan los símbolos y conceptos fascistas como el “etnoestado”, los radicales no lograron ni un sólo escaño parlamentario en las últimas elecciones.

Las redes formadas durante las protestas se mantuvieron. Cuando el Ejército ucraniano partió hacia las provincias de Donétsk y Luhánsk, donde milicias prorrusas habían tomado edificios públicos en una docena de ciudades, las necesidades materiales eran clamorosas. Las tropas habían sido pasto del clientelismo y de la falta de financiación en uno de los países más pobres de Europa. Los del Maidán cubrieron el hueco. Aportaron comida y equipos y formaron sus propias milicias.

Con Crimea en manos de Rusia y una guerra incipiente en el Donbás, la situación era desesperada, y oligarcas como Serhii Taruta o Ihor Kolomoisky financiaron estos grupos. Su composición era parecida a la de las centurias. Había algunos skinheads tatuados, salidos de madrigueras oscuras, y había jóvenes que dejaron sus estudios para aportar su grano de arena a la guerra que se avecinaba.

En Dnipropetróvsk entrevisté al chico que había derribado la estatua de Lenin la noche en que huyó Yanukóvich. En aquel entonces Kostiantyn tenía 24 años y trabajaba en una empresa de marketing. Cuando vio por internet que una multitud intentaba tumbar a Lenin, él, que tenía experiencia en construcción, se presentó allí con una sierra de disco. Tardó cuatro horas en rebanar los pies de bronce.

En su lugar, se unió al Batallón Dnipro, mejor equipado, más seguro y con una moral más alta que las tropas estatales

Aquel día cambió su vida. Semanas después, al despuntar la guerra, decidió alistarse. Luego se lo pensó. “El proceso de la ATO [la “operación antiterrorista”, nombre de la campaña en el Donbás] está muy mal organizado”, me dijo. “La gente muere por la estupidez de los mandos”. En su lugar, se unió al Batallón Dnipro, mejor equipado, más seguro y con una moral más alta que las tropas estatales.

El joven técnico de 24 años pasó de tener una existencia radicalmente normal, a manejar un fusil y controlar los vehículos que venían de Donétsk. No es una bonita estampa. De hecho es una estampa fea y triste. La estampa de una guerra.

Conocí muchos casos parecidos. Gente que había dejado su empleo para poner su pequeño barco de papel a navegar en el río de los acontecimientos. No todos eran jóvenes. A las afueras de Kyiv, en el campo de entrenamiento del Batallón Donbás, recuerdo ver a cincuentones rodando por la hierba con armas invisibles en las manos. Eran trabajadores, padres de familia. No llevaban símbolos extraños. A veces ni sus familias sabían que habían tomado las armas. Eran del Donbás.

También podemos hablar de los hijos de perra. Aquí no hay nada que ocultar, ni que “blanquear”, como se dice ahora. La milicia más polémica es el Batallón Azov, liderada por un neonazi y ataviada con símbolos fascistas. Sus líderes lo niegan, pero varios de los miembros tenían esvásticas tatuadas. Un informe de la ONU relaciona a miembros de la milicia con “saqueos masivos, detenciones ilegales y torturas”.

Entre las filas del Azov había 22 nacionalidades, incluido un rabino ucraniano-israelí, Natan Khazin. Los judíos como él, o como el oligarca Ihor Kolomoisky, se llamaban a sí mismos ‘yidobandera’: una mezcla contradictoria de “judío” y “Bandera”, apellido del líder nacional-fascista ucraniano. Una parodia de la propaganda rusa que, desde la Segunda Guerra Mundial, tacha de “banderita” a los críticos con Moscú. Insistían en que las ideologías no contaban; lo que contaba era luchar por Ucrania.

Estos grupos son una realidad y el Gobierno se ha valido de ellos para combatir en el este. Sin embargo, pintarlo todo con la brocha de una minoría neonazi resulta espúreo y perjudicial para la comprensión de un problema complejo. Porque, de la misma forma que los combatientes del lado de Kyiv no son todos fascistas, tampoco los prorrusos son aquellos valientes partisanos que vencieron a Hitler.

El 17 de abril de 2014, Volodymyr Rybak, concejal del partido Batkivshchyna en la localidad de Horlivka, provincia de Donétsk, trató de recolocar la bandera de Ucrania en el ayuntamiento ocupado por los separatistas. Minutos después, un coche de la marca Kia se paró a su lado. Cuatro hombres salieron y metieron a Rybak en el vehículo. Menos de dos semanas después, el cuerpo de Rybak aparecía en el río Torets. Lo habían desventrado y arrojado al río mientras aún respiraba.

El Donbás es una de las regiones más castigadas de Ucrania. El habitante medio de la región vive 60 años, cuatro menos que en 1991

Rybak, junto a otros dos jóvenes que habían sufrido el mismo destino, Yuriy Popravka y Yuriy Diakovsky, fue la primera víctima de la insurrección prorrusa en las dos provincias que forman el Donbás. El principio fue muy confuso. Se nos decía que era una revuelta espontánea, vecinal. El pueblo en armas contra “la junta de Kiev”.

El Donbás es una de las regiones más castigadas de Ucrania. El habitante medio de la región vive 60 años, cuatro menos que en 1991. Una edad bastante corta incluso para los estándares regionales. El vecino ruso vive 70, por ejemplo, y el bielorruso, 73. Es como si la región estuviera inmovilizada, marchitándose con el pie metido en un cepo. La población se ha reducido un tercio desde los años noventa y las montañas de residuos carboníferos llenan el horizonte como pirámides negras.

En un paisaje semejante, decrépito más allá del Donétsk oligárquico, es comprensible que muchas personas, especialmente los pensionistas que ganan 90 euros al mes, se sientan tristes y abandonadas. El presidente que ellos eligieron, Víctor Yanukóvich, se escapó a Rusia, y no se reconocen en la Ucrania del centro y el oeste. Lo que en la inmensa mayoría del país, según las encuestas, se ve como una revolución, en Donétsk se percibe un golpe de Estado. Un golpe de Estado fascista apoyado por EEUU y la Unión Europea, según la omnipresente propaganda rusa.

Una cosa es estar enfadado y otra asaltar, de manera coordinada, edificios del gobierno de doce localidades en Donétsk y Luhánsk. ¿Habían sido los vecinos quienes secuestraron y torturaron al exconcejal y expolicía Rybak? Dos meses antes, Rusia había alegado lo mismo en Crimea. Esos uniformados con metralletas y pasamontañas eran vecinos. “Unidades de autodefensa locales”, dijo el Kremlin.

Un periodista de Bloomberg preguntó al presidente Vladímir Putin por los uniformes sin insignias, aunque muy parecidos a los de la infantería de marina rusa. “Echa un vistazo a los estados post-soviéticos”, respondió el presidente de Rusia. “Allí hay uniformes similares. Puedes ir a una tienda y comprar cualquier tipo de uniforme”. En 2015 lo reconoció: Rusia había desplegado una combinación de comandos, marines y unidades de inteligencia para neutralizar a 20.000 soldados ucranianos.

Ahora teníamos una situación similar en algunas cosas. El armamento y el nivel de experiencia no era el mismo, pero las milicias parecían coordinadas; no había una gran masa de gente desbordando las calles, como en Kyiv. Además de Crimea, Rusia tenía una largo historial de intervenciones en los países y regiones vecinas. En ese momento había tropas rusas estacionadas en Abjasia, Transnistria y Osetia del Sur.

De este lado, curiosamente, también había neonazis y ultraderechistas. Gente como Aleksei Judyakov, líder de Escudo de Moscú, un grupo xenófobo de la capital rusa, o Rotsislav Yurablióv, jefe del Partido Nacional-Bolchevique en Yekaterimburgo, habían estado presentes en Donétsk durante las violentas protestas de marzo. Los ucranianos se referían a ellos como “turistas”; iban preparando el terreno para algo peor. El prorruso Pavel Gubarev, autoproclamado “gobernador popular” de Donétsk, debe su entrenamiento a Unidad Nacional Rusa, un grupo paramilitar neonazi.

De los 35 cadáveres, 34 resultaron ser ciudadanos rusos. Sus cuerpos no cabían en la morgue de Donétsk, así que terminaron volviendo a su país

La sospecha de intervención rusa era natural y había muchos rumores, pero el periodismo puede ser un camino baldío y tortuoso, y uno no puede llegar a conclusiones porque se lo digan su instinto o sus prejuicios. La confirmación fue llegando poco a poco, de una forma desagradable.

El día siguiente a las elecciones presidenciales de Ucrania, el 26 de mayo, las tropas nacionales se lanzaron a tomar el aeropuerto de Donétsk, que horas antes habían ocupado los prorrusos. Los helicópteros disparaban desde el cielo y las bombas retumbaban en los barrios adyacentes; la gente huía y caía con los codos sobre el asfalto, oyendo el fuego de artillería. Fue la primera batalla propiamente dicha.

El bando prorruso había sufrido todas las víctimas, y aquí llegó la confirmación. De los 35 cadáveres, 34 resultaron ser ciudadanos rusos. Sus cuerpos no cabían en la morgue de Donétsk, así que, metidos en ataúdes de color rosa fucsia, estuvieron unos días apilados frente al edificio, debajo de unos árboles. Terminaron volviendo, en un convoy funerario, a su país. En concreto a Rostov del Don.

La batalla fue una gran llamada de atención, y los cabecillas “prorrusos” salieron a la luz. Estaban Igor Girkin, alias El Tirador, moscovita de 44 años, jefe militar y veterano de Bosnia, Transnistria, el Cáucaso y de la reciente ocupación de Crimea. Otro moscovita, Aleksánder Borodái, fue nombrado “primer ministro” de la autoproclamada República Popular de Donétsk. Igor Bezler, alias El Demonio, veterano de los ejércitos soviético y ruso, se hizo fuerte en Horlivka.

También había cabecillas locales, como Aleksei Jodakovski o Denis Pushilin, y vecinos jóvenes preocupados por el supuesto ascenso del fascismo, que no querían ver “estatuas de Hitler” en sus ciudades. Y un auténtico mosaico de mercenarios y cazarrecompensas, milicias privadas de los virreyes caucásicos, veteranos de Transnistria, Chechenia y Osetia del Sur, nacionalistas serbios y cosacos del Don.

Las tropas de Kyiv redoblaron el esfuerzo, y cuando recuperaron Slovyansk, Rusia envió soldados. El Kremlin no lo reconoció, pero los ataúdes seguían volviendo a puntos del sur de Rusia y algunos de los soldados colgaban fotos suyas, desde Ucrania, en la red social Vkontakte. En julio fue un sistema de misiles tierra-aire Buk, procedente de Rusia y controlado por los rebeldes, el que derribó el avión de Malaysia Airlines con 298 personas a bordo, de las cuales no hubo supervivientes.

Lo que vive Ucrania no es una “guerra civil”, como se ha dicho. El país tiene 24 provincias, de las cuales sólo 2 están en guerra. Eso ya es mucho. Es demasiado. Pero no se trata de una situación simétrica, ni territorialmente, ni tampoco en los puntos de vista políticos. Salvando las distancias, es como si los años de plomo de la lucha contra ETA fueran considerados una “guerra civil española”. Y, en el campo de las hipótesis, estaría por ver cuánto habrían durado los rebeldes sin el Kremlin.

Es natural aferrarse a los mitos. Son relatos sencillos que explican cosas muy complicadas. Los católicos tienen la misa del domingo y los musulmanes el rezo a la Meca; hay quienes devoran cómics, o teatro griego, o repiten los mantras del yoga a 40 grados de temperatura. Y hay quienes aplican, como en este caso, la mitología del comunismo y la Gran Guerra Patria en un contexto que realmente no lo justifica.

*Argemino Barro es periodista. En primavera de 2020 publicará un libro de historia y crónicas sobre la guerra en el este de Ucrania.

Tribuna Internacional
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