La conjura contra la izquierda y el síndrome del Monstruo del Lago Ness

En la última década la izquierda se ha desorientado y, en muchos lugares, se ha convertido en un animal resentido. Como buena parte del centro, ha culpado de su caída a factores externos

Foto: Jeremy Corbyn. (Reuters)
Jeremy Corbyn. (Reuters)

Hace veinte años, un 'think tank' canadiense conservador publicó un artículo en el que se preguntaba si la “tercera vía” era un “espejismo de marketing”, simple propaganda, o “un caballo de Troya” que entraba en el territorio tradicional de la derecha. Estados Unidos había gobernado recientemente Bill Clinton y en Reino Unido y Alemania aún lo hacían Tony Blair y Gerhard Schroeder.

Estos líderes habían desarrollado la estrategia de la “triangulación”. Se situaban en un tercer espacio que no era ni la izquierda ni la derecha y criticaban a ambas por igual con el argumento de que estaban desfasadas y que, gracias a la tecnología, la globalización, la moral laica y los nuevos avances económicos y financieros, resultaban innecesarias. Para ellos, se podían llevar a cabo políticas favorables al crecimiento económico y la libre empresa y, al mismo tiempo, redistribuir sus beneficios para que nadie quedara al margen del progreso. Pero el Fraser Institute, el 'think tank' que escribió esa publicación, no se dejó engañar. Ese movimiento político, decía, era como el monstruo del lago Ness: todo el mundo había oído hablar de él y se le había visto en alguna ocasión, pero nadie estaba seguro de que existiera de verdad.

¿Con qué se puede comparar a la izquierda actual? En la última década la izquierda se ha desorientado y, en muchos lugares, se ha convertido en un animal resentido. Como buena parte del centro político que ha sostenido a Europa durante los últimos setenta años, ha culpado de su declive a elementos externos.

La gran conjura

Ha hablado con frecuencia de cambios tecnológicos que han transformado la estructura del trabajo y perjudicado a sus votantes tradicionales. Estos, dice, han caído en manos de la política identitaria y el rechazo a las élites del populismo de derechas y de izquierdas. Las redes sociales, sostiene, han envenenado un debate público que antes, cuando estaba dominado por venerables periódicos de izquierdas e intelectuales clásicos, le favorecía.

Además, el comunismo se ha vengado del capitalismo vencedor al ser sustituido por el nacionalismo autoritario de Putin, que no duda en utilizar la propaganda, los hackers, Facebook y lo que tenga a su mano para impedir que los políticos del 'establishment' buenos y fiables —de Hillary Clinton en Estados Unidos a los “remainers” británicos— ganen lo que es merecidamente suyo.

Y luego está la austeridad. Uno pensaría que después de una gran crisis financiera sería la gran oportunidad soñada de la izquierda para reformar el capitalismo. Pero no solo no fue así, sino que en todos los países donde gobernaban los partidos socialdemócratas aplicaron políticas de austeridad. De ahí que esta sea la gran espina clavada en el costado de ese animal.

La percepción que ha tenido la izquierda de que la realidad se conjuraba contra ella, además de hacerle sentir resentida y herida, le ha transmitido la sensación de que la derrota era inevitable. Muchos socialistas tenían la impresión de que su teoría seguía siendo correcta, pero que por alguna razón fallaba en la práctica. Siempre, por supuesto, porque la realidad se empeñaba en discrepar de la teoría socialdemócrata.

Prefiero no cambiar de ideas

De modo que no había demasiados incentivos para cambiar de idea y, más bien, existían motivos para que buena parte de la izquierda pensara que lo mejor era permanecer donde estaba y esperar a que la realidad regresara al buen camino. O, si acaso, para virar a la izquierda, como si siguiera combatiendo esa tercera vía que, al asumir la austeridad, se convirtió en el gran enemigo: el peor, porque era de la familia.

Gracias a eso Corbyn logró la mayor derrota laborista desde los años treinta. Sin embargo, el ala izquierda del partido considera, como expresó Rebecca Long Bailey, una de las candidatas a sucederle, que Corbyn es un “visionario”, que merece un “diez” y que sus propuestas políticas eran excelentes, pero los medios las explicaron mal (otra causa externa).

Antes, en Francia, en las elecciones presidenciales de 2017, Benoit Hamon, el nuevo líder socialista, también viró el partido hacia la izquierda: quedó en quinto lugar con un 6,4% de los votos, el peor resultado desde los años sesenta. El movimiento abiertamente demagogo de Jean-Luc Mélenchon, La Francia Insumisa, consiguió un resultado mucho mejor, con un 19,6% de los votos. “¿Lo veis? —parecían decir muchos socialistas franceses—. ¡Si es que no se puede hacer nada contra el populismo!”.

Los socialistas que han vuelto al poder, aunque en ocasiones lo hayan hecho de manera accidentada —como en España, Italia o Suecia—, han pensado en cómo renovar ideológicamente su movimiento sin perder la identidad. La retórica ya no es la de la tercera vía, porque esta es invendible, ni tampoco lo es su visión del mundo, porque este ha cambiado demasiado. Pero sí mantiene la vieja noción de economía social de mercado, que no es tan distinta de la que propuso el democristiano alemán Ludwig Erhard después de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora se le han añadido varios elementos pertinentes: en esencia, el feminismo, el medio ambiente y la lucha contra la desigualdad. Sin duda, esos objetivos tienen adversarios, pero eso no debe ser motivo para que la izquierda vuelva a incurrir en el derrotismo que la ha paralizado durante casi una década, en la que no ha parado de buscar conjuras que, supuestamente, querían dejarla obsoleta. La izquierda seguirá teniendo sentido en la medida que lo merezca. No hay ninguna condena.

Posiblemente, la izquierda no puede seguir siendo el monstruo del lago Ness en que se convirtió la tercera vía. Pero puede ser un ornitorrinco: un animal real, pero que parece compuesto de partes procedentes de otros animales; un mamífero que pone huevos, y puede vivir tanto en la tierra como en el agua. Si no, la izquierda se arriesga a convertirse en un unicornio: bellísimo e inexistente.

Tribuna Internacional
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