Reunión al más alto nivel en Berlín para estabilizar Libia

Son muchos los libios que parecen dispuestos a aceptar al general Hafter, que lidera la Operación Dignidad que desde su base en Tobruk controla gran parte del país

Foto: Angela Merkel y Vladimir Putin, en la reunión en Berlín sobre la situación en Libia. (Reuters)
Angela Merkel y Vladimir Putin, en la reunión en Berlín sobre la situación en Libia. (Reuters)

La reunión, este domingo en Berlín, de la aristocracia mundial del poder (con excepción de China) revela la importancia que dan a lo que allí se ha tratado: el deterioro de la situación interna en Libia desde que el general Hafter comenzó hace nueve meses su ofensiva sobre Trípoli y la consiguiente entrada del país en las ambiciones y en el juego político de otros países. Son muchos los libios que parecen dispuestos a aceptar al general Hafter, 76 años, que lidera la Operación Dignidad, que desde su base en Tobruk, Cirenaica, controla gran parte del país tras la reciente toma de Sirte. No es que les guste un dictador, que es en lo que podría convertirse rápidamente, sino que están hartos de nueve años de desbarajuste y conflicto desde que una operación de la OTAN acabó con otro dictador y sumió el país en el caos.

La Yamahiriya Árabe Libia, producto de la mente calenturienta de Gadafi, estructuró un régimen basado en su Libro Verde sin partidos políticos, sindicatos u otras estructuras que lo vertebraran. Cuando le mataron, en Libia resurgieron las tribus, que es lo único real que quedaba tras 40 años de locura. Y, ahora, las tribus se enfrentan en dos coaliciones: Dignidad, en el este, respaldada por el Parlamento de Tobruk, y Amanecer, en el oeste, donde está la sede de un Gobierno de Acuerdo Nacional que cuenta con el respaldo de las Naciones Unidas. Lo que pasa es que estas coaliciones tribales no luchan solas y ahí está la segunda y principal parte del problema. Hafter, que tiene también nacionalidad norteamericana tras haber vivido exiliado en los EEUU y que colaboró en su día con la CIA, es ferozmente antiislamista y tiene el apoyo directo de Arabia Saudí (AS), Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Egipto, enemigos jurados de los Hermanos Musulmanes (HHMM).

Estos tres países violan un día sí y otro también el embargo 'onusiano' y le dan armas (incluidos aviones y drones) y apoyo logístico. También de Francia (apoyos esporádicos contra extremistas islamistas) y de Estados Unidos, que envía señales contradictorias. Washington salió trasquilada de Libia tras el asalto a su consulado de Bengazi, que costó la muerte del embajador Christopher Stevens, y mientras Pompeo pedía a Hafter que parase su ofensiva sobre Trípoli, Trump le telefoneaba al día siguiente para animarle. Típico de la confusa diplomacia de este presidente, al que solo parece importarle que no se corten los suministros de petróleo libio en año electoral y en plena crisis con Irán. Que lo exporte quien sea, pero que el suministro sea estable.

Los rusos también apoyan a Hafter y probablemente esperan que cuando gane les compre armas o les deje usar algún puerto de la extensa costa mediterránea de Libia, y por eso le han enviado más de un millar de mercenarios del Grupo Wagner que ya Putin utilizó en la ilegal anexión de Crimea. Frente a esta ofensiva, el Gobierno 'legítimo' de Fayed Serraj apenas podría oponer a la poderosa tribu Misrata algunos combatientes islamistas que han reculado ante el avance de Hafter, y el apoyo que recibe de Qatar, enfrentado con AS y EAU en su respaldo a los HHMM. También Italia le echa una mano a cambio de que trate de evitar la llegada de pateras desde sus costas. Cuando los combates han llegado a los arrabales de Trípoli, Erdogan ha decidido intervenir por tres razones al menos: porque Turquía es un régimen nacionalista e islamista y no quiere permitir que sus rivales chiíes (Egipto, EAU y AS) extiendan su influencia en el mundo árabe, y que en particular persigan a los Hermanos Musulmanes, como ya hizo el general Al-Sisi en Egipto tras derrocar al Gobierno de Morsi; porque Libia tiene mucho petróleo y Turquía tiene allí contratos por 18.000 millones de dólares que no está segura de que Hafter vaya a respetar si al final gana (a Italia le pasa lo mismo), y porque con Libia ha acordado dividirse un buen tramo del Mediterráneo oriental, donde egipcios, chipriotas e israelíes han encontrado mucho gas en cuya explotación no permiten entrar a Ankara.

El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, recibe al mariscal Halifa Hafter. (EFE)
El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, recibe al mariscal Halifa Hafter. (EFE)

En consecuencia, Turquía ha violado también el embargo y ha enviado un contingente de mercenarios que parecen ser sirios (otros dicen que son turcomanos de la frontera con Siria) que llegan bien bregados en combate. Y aquí es donde han saltado las alarmas, por dos razones al menos: porque a Europa se le cae la cara de vergüenza de ver que entre Putin y Erdogan hacen una tregua en un país vecino nuestro como es Libia (reunión en Moscú hace una semana con Serraj y Hafter), y porque rusos y turcos podrían acabar enfrentados en las arenas de Libia y eso no les conviene a ninguno de ellos. No les conviene porque ambos países están en un proceso de acercamiento (Turquía ha comprado en Rusia el sistema antimisiles S-400, al parecer más sofisticado y eficaz que el norteamericano Patriot, para indignación de sus socios de la OTAN), porque esa espina en el corazón de la OTAN es un regalo que Putin no quiere perder por nada del mundo, y porque Ankara y Moscú se necesitan mutuamente en el complicado escenario sirio. Europa no ha tenido más remedio que ponerse las pilas. Pero no lo ha hecho Borrell, como cabría esperar, pese a su advertencia de que Libia puede "desestabilizar toda la región", sino Angela Merkel.

Lo mismo ha ocurrido en la reciente iniciativa para intentar salvar el acuerdo nuclear con Irán. Son los países y no la Unión los que dan un paso al frente cuando les interesa, dejando en evidencia la inoperancia de la Unión Europea en política exterior (aunque esta poco pueda hacer cuando Francia tira para un lado e Italia para otro). En Berlín, Merkel, Putin, Erdogan, Macron, Conte, Johnson, Al-Sisi, Von der Leyen, Borrell y Pompeo se han reunido con Farraj y Hafter para parar los combates en línea con lo acordado hace una semana en Moscú, exigir respetar el embargo de armas de la ONU e impedir "la internacionalización del conflicto". Supongo que debían decirlo en serio. A mí me hubiera gustado ver la cara de Putin y de Erdogan mientras firmaban.

Por supuesto, de los hombres fuertes de los tres países que son los principales suministradores de armas y dinero a la contienda libia, Al-Sisi, Mohamed bin Salman y Mohamed bin Zayed, solo estaba el primero en la reunión. Y tampoco fue el jeque de Qatar. Dicho todo esto, ojalá esta iniciativa tenga éxito (aparte del que se ha apuntado Merkel con su convocatoria) y sea el principio de un proceso que estabilice Libia, porque no nos conviene nada tener un polvorín tan cerca de nuestras fronteras, porque allí tenemos intereses económicos muy importantes y porque un deterioro aún mayor de la situación podría enviar otra ola de refugiados como la que ya tuvimos en Europa hace un par de años y que nadie supo manejar.

Tribuna Internacional
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