Mediterráneo revuelto

Debe preocuparnos lo que pasa en el mar Mediterráneo porque nos puede afectar mucho. Hay tres situaciones en las riberas de ese mar que deben estar en nuestro punto de mira

Foto:  Fotografía realizada con un dron cedida por la ONG Sea-Eye, en el mar Mediterráneo.
Fotografía realizada con un dron cedida por la ONG Sea-Eye, en el mar Mediterráneo.

Andamos tan entretenidos con nuestra "amena" política interior, que no para de darnos sorpresas, que apenas nos queda tiempo para mirar con un poco de serenidad lo que ocurre más allá de nuestras fronteras salvo cuando su gravedad ocupa los titulares de los medios, como ha ocurrido —muy justificadamente, por cierto— con los acontecimientos en torno al asesinato del general iraní Qassem Suleimani.

Pero es mucho más lo que está ocurriendo en el mundo y en particular debe preocuparnos lo que pasa en el mar Mediterráneo porque nos puede afectar mucho. Al margen de los focos de tensión en torno a la interminable guerra de Siria, hay tres situaciones en las riberas de ese mar que deben estar siempre en nuestro punto de mira. Por lo que pueda pasar.

La primera es Argelia porque dependemos de su gas y porque una desestabilización seria podría derivar en una oleada de refugiados hacia nuestras costas. Y en Argelia la situación está bloqueada desde abril del año pasado cuando pacíficas manifestaciones ciudadanas (Hirak) impidieron que un enfermo presidente Bouteflika se presentara a un quinto mandato y luego lograron su dimisión. De forma festiva y sin violencia. Ahora lo que piden es la democratización del régimen y la salida de los militares que son los que de verdad mandan en el país.

Activistas disfrazados de Trump, Merkel y Ali Khamenei frente a la Puerta de Brandenburgo en Berlín. (EFE)
Activistas disfrazados de Trump, Merkel y Ali Khamenei frente a la Puerta de Brandenburgo en Berlín. (EFE)

Por eso las masas boicoteron un primer intento de convocar elecciones con los mismos de siempre, hasta que Le Pouvoir, como allí se conoce a la camarilla que en las bambalinas maneja los hilos del poder, logró celebrar otras hace un mes que han llevado a la Presidencia a Abdelmajid Tebboune, que no es una cara nueva sino muy vieja por haber hecho toda su carrera política previa (donde llegó a ser primer ministro) a la sombra de Bouteflika. La gente no parece haber comprado el producto y las manifestaciones continúan.

La primera es Argelia, dependemos de su gas y porque una desestabilización seria podría derivar en una oleada de refugiados hacia nuestras costas

La sartén la tiene por el mango el nuevo jefe del Ejército, que trata de cansar al adversario jugando con el recuerdo de la guerra civil de diez años y 200.000 muertos que Argelia sufrió en la última década del siglo. Nadie quiere repetir aquella terrible experiencia y eso juega a favor de la moderación de unos y otros. Es un equilibrio delicado en el que los manifestantes y el Ejército procuran evitar la violencia. Pero la revuelta se puede radicalizar porque el precio del petróleo, el aumento de la población, las necesarias reformas económicas y el fin de muchas subvenciones auguran un horizonte complicado para un presidente con escaso apoyo popular.

Miles de argelinos se echan a las calles durante las protestas contra el presidente Abdelaziz Bouteflika, en Argel, el pasado 29 de marzo. EFE  Mohamed Messara
Miles de argelinos se echan a las calles durante las protestas contra el presidente Abdelaziz Bouteflika, en Argel, el pasado 29 de marzo. EFE Mohamed Messara

Libia también debe estar en nuestro punto de mira pues de allí importamos mucho petróleo. El país lleva en guerra civil ocho años desde que las amenazas de Gaddafi de "matar como ratas" a la población de una Bengazi sublevada desencadenaran una dudosa operación de la OTAN, que de imponer una zona de exclusión aérea cambió a impulsar un cambio de régimen. Cameron y Sarkozy se hicieron fotos tras la muerte del Líder de la Yamahiría y luego abandonaron al país a su suerte y allí, a falta de partidos políticos y de sindicatos, resurgieron las viejas tribus con sus ancestrales reyertas.

Pero Rusia y Turquía se necesitan en Siria y no pueden arriesgarse a acabar a tiros en Libia

Hoy Libia es un país dividido entre Cirenaica y Tripolitania, con un gobierno "legítimo" de Unidad Nacional que auspicia la ONU con respaldo italiano y de Qatar, asentado en Trípoli y que no tiene más poder que el que le dan algunas tribus occidentales como la poderosa Misrata, y por otro lado un señor de la guerra, el general Hafter, surgido del Este, que domina la casi totalidad del país y que goza del apoyo explícito de Arabia Saudita, Egipto y Emiratos (que le dan armas sin prestar ninguna atención al embargo decretado por la ONU) y del implícito de EEUU, Francia y Rusia.

El expresidente francés, Nicolas Sarkozy (izda), estrecha la mano del exprimer ministro británico, David Cameron (dcha). (EFE)
El expresidente francés, Nicolas Sarkozy (izda), estrecha la mano del exprimer ministro británico, David Cameron (dcha). (EFE)

La decisión rusa de enviar un centenar de mercenarios de la Compañía Wagner para apoyar a Hafter en su ofensiva sobre Trípoli, decidió a Erdogan a intervenir en apoyo del gobierno legitimo enviándole tropas y armas. Pero Rusia y Turquía se necesitan en Siria y no pueden arriesgarse a acabar a tiros en Libia. Esa es la razón del acuerdo entre Putin y Erdogan para imponer un alto el fuego que veremos lo que dura.

Y aquí entra en juego el despertar turco, que bajo el régimen autoritario, islamista y nacionalista de Erdogan busca hacerse con un lugar bajo el sol del Mediterráneo al tiempo que ocupa una franja al Norte de Siria y disputa con rusos e iraníes la hegemonía que los norteamericanos han dejado vacante en Oriente Medio con sus indecisiones y falta de una política clara (no deja de ser irónico que a la sucesión norteamericana aspiren los herederos de los tres imperios que históricamente han dominado Oriente Medio: rusos, turcos y persas).

Ankara interviene en Libia por dos razones: para molestar a los egipcios, emiratíes y saudíes que son enemigos declarados de los Hermanos Musulmanes que Erdogan protege (con Arabia Saudita tiene además el contencioso derivado del asesinato del periodista Jamal Kashoggi en Estambul); y porque a cambio de esa ayuda el gobierno libio ha accedido a dibujar un ambicioso mapa de reparto con Turquía de las aguas del Mediterráneo Oriental y participar así en la explotación de enormes reservas de gas que actualmente disfrutan egipcios, chipriotas e israelíes. Esta deriva nacionalista e islamizante, a la que tampoco es ajena la frustración por la negativa que encuentran sus aspiraciones a entrar el Unión Europea, está llevando a Ankara a acercarse a Rusia y a enfrentamientos con sus socios de la OTAN y en particular con los Estados Unidos. Es una deriva que hace las delicias de Putin pero que debe preocuparnos porque puede acabar trayendo más inestabilidad al Mediterráneo.

*Jorge Dezcallar es Embajador de España

Tribuna Internacional
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