Plan Trump: ni paz ni prosperidad

Donald Trump ha planteado una propuesta que satisface todas las reclamaciones planteadas por el gobierno israelí, mientras ignora por completo las demandas palestinas

Foto: Protestas en Belén tras conocerse el 'Plan de paz' de EEUU. (EFE)
Protestas en Belén tras conocerse el 'Plan de paz' de EEUU. (EFE)

El presidente Donald Trump no ha podido evitar, como hicieron previamente varios antecesores suyos, la tentación de lanzar su propia propuesta para poner punto y final al conflicto palestino-israelí, que ha sido denominada la Visión para la Prosperidad. No es el primero y, con toda seguridad, no será el último plan que se ponga sobre la mesa para tratar de resolver el que, sin duda alguna, es el verdadero nudo gordiano de Oriente Medio.

No obstante, las posibilidades reales de que dicho proyecto siente las bases para establecer una paz justa y duradera son prácticamente nulas, dado que ignora por completo las resoluciones aprobadas por las Naciones Unidas desde 1967 y el principio de 'paz por territorios'.

El Plan Trump refleja su particular interpretación de la política internacional. Como en la ley de la selva, el más fuerte puede imponer sus condiciones al más débil. En este sentido, no cabe duda de que Israel es la principal potencia militar de Oriente Medio y que, además, tiene la sartén por el mango, ya que desde 1967 ocupa Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza.

Desde entonces ha desplegado una política de hechos consumados orientada a hacer irreversible su presencia sobre el terreno y hacer inviable el establecimiento de un Estado palestino con continuidad territorial.

El Plan Trump refleja su interpretación de la política internacional. Como en la ley de la selva, el más fuerte impone sus condiciones al débil

Fruto de esta política es la construcción masiva de asentamientos en los que, hoy en día, viven 650.000 colonos, pero también la judaización de Jerusalén Este y el bloqueo de Gaza, todo ello con la plena complicidad de Estados Unidos que, a lo largo de las últimas décadas, ha empleado una vez tras otra su derecho al veto en el Consejo de Seguridad para evitar cualquier condena a dicha políticas que suponen una fragrante violación del Derecho Internacional.

En esta ocasión, el presidente Trump se ha atrevido a ir mucho más lejos que sus antecesores al plantear, de manera unilateral, una propuesta que satisface todas las reclamaciones planteadas por el gobierno israelí, mientras ignora por completo las demandas palestinas.

No se tratade un plan de paz, sino de un acuerdo norteamericano-israelí para tratar de imponer el 'statu quo' vigente como solución definitiva del conflicto palestino

Según este plan, Israel no tendrá que volver a las fronteras de 1967, tal y como exige la resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, además, podrá anexionarse los principales bloques de asentamientos construidos en las últimas cinco décadas violando la Cuarta Convención de Ginebra. Jerusalén será la capital indivisible de Israel, tal y como estableció la Ley Básica de 1980, condenada enérgicamente por la resolución 478 que la dejó sin efecto y la tachó de "grave violación del Derecho Internacional". Por último, el problema de los refugiados se deberá resolver fuera de las fronteras de Israel, a pesar de que la resolución 194 reconoció el derecho al retorno y a la indemnización.

No se trata, por lo tanto, de un plan de paz como los que se han planteado en las últimas décadas, sino de un acuerdo norteamericano-israelí para tratar de imponer el statu quo vigente en la actualidad como solución definitiva del conflicto palestino.

La posibilidad de establecer un mini-Estado en el 70% de Cisjordania y en Gaza (con ciertos intercambios de territorio en la desértica zona del Neguev) se condiciona a que la Autoridad Palestina acepte esta oferta de mínimos, algo que ni el presidente Mahmud Abbas ni ningún otro líder palestino puede aceptar ya que equivaldría a hacerse el harakiri. Ni tan siquiera la posible movilización de 50.000 millones para el desarrollo de la región en los próximos diez años, la mitad de ellos dirigida a los propios territorios palestinos, parece un aliciente suficiente para mover de esta posición a la dirigencia palestina, puesto que Israel, como parte fuerte de la ecuación, sería quien tendría, una vez más, la última palabra en cómo gastarlos.

*Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid

Tribuna Internacional
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