"No te preocupes, aquí no hay riesgo": la actitud alemana

Hoy, los oportunistas euroescépticos y los malnacidos del "de Madrid al cielo" esperan recoger los frutos del desastre económico y la división social que provoque el 'Blitzkrieg' del coronavirus

Foto: Una mujer lleva una mascarilla mientras pasea por Berlín, Alemania. (Reuters)
Una mujer lleva una mascarilla mientras pasea por Berlín, Alemania. (Reuters)

"No te preocupes, no hay riesgo aquí, he hablado con un amigo virólogo y dice que esto del coronavirus es poco más que una gripe y además, aunque es probable que te contagies en algún momento, a ti que eres joven te afectará poco. Además en Alemania tenemos un sistema de salud muy bueno y han cerrado las fronteras. Por cierto ¿cómo sigue tu familia en España?".

Este fue el comentario de mi jefe la mañana del lunes 16 de marzo. Desde hace unos días tengo la sensación de poseer el don de la ubicuidad. No se si por solidaridad con mi familia y amigos o por lo que leo en las noticias de España, el caso es las órdenes del Palacio de la Moncloa han llegado hasta mi casa en Frankfurt.

Supongo que como muchos ciudadanos chinos o italianos antes que nosotros, los españoles que vivimos en el extranjero comenzamos nuestra autorreclusión el fin de semana pasado.

El domingo flaqueé, necesitaba tomar el aire y después de consultar el número de infectados en mi ciudad decidí arriesgarme y dar una vuelta rápida en bicicleta, cuidando mantener la distancia con la gente en unas calles que presumía vacías.

Sin embargo, la imagen que encontré me horrorizaba: las calles estaban llenas de vida, alegres padres, niños, jóvenes y ancianos paseaban en los parques y ocupaban las terrazas de los restaurantes disfrutando del sol. Volví a casa en shock, no comprendía cómo era posible que la gente no sintiese la misma inseguridad que yo sentía y que me hacía dormir mal desde hacía un par de noches.

Aquí la televisión lleva días alertando de lo que pasa en el extranjero, se suspenden las clases, se cierran las fronteras, se vacían los supermercados pero también se apela a que la situación está bajo control, a que no hay tantos muertos como en otros países a que no cunda el pánico, se repite una y otra vez el mantra de que Alemania tiene la mejor sanidad y suficientes camas y UCI y la gente lo compra, porque los habitantes del 'sistema urbano' necesitamos aferrarnos a la idea de que mañana nuestra normalidad estará garantizada.

¿Cómo es posible esta inconsciencia?, ¿No somos capaces de ver el peligro hasta que llama a la puerta?, ¿Es una actitud inherente a la condición humana? Aquí en Alemania da la sensación de seguir en esa calma tensa anterior a la tormenta. Una suerte de 'drôle de guerre' antes de que el virus rompa el frente y lance su guerra relámpago como ya ha sucedido en España.

Los habitantes del 'sistema urbano' necesitamos aferrarnos a la idea de que mañana nuestra normalidad estará garantizada

Un país que ya gastó su airbag en la anterior crisis y que se enfrenta a esta crisis con casi un 100% de deuda pública. La diferencia es que Alemania no es un país sometido a las enormes tensiones económicas, sociales, políticas, territoriales e ideológicas que sufre el nuestro, el pulmón económico alemán está sano y aunque hoy todavía no sepan la que se les viene encima, cuando llegue la orden de movilización general al domicilio, la sociedad actuará disciplinadamente, el gobierno bombeará el dinero que haga falta y en un año la crisis del coronavirus será un mal recuerdo convertido en anécdota que reforzará el espíritu de superación nacional. Algo muy distinto de lo que puede ocurrir en España, la Unión Europea y para otros países de la misma.

Volviendo al símil histórico de la “Guerra de broma” y en este caso con la sociedad confinada frente a una guerra bacteriológica, no vendría mal recordar estos días por qué Francia, la democracia más grande y con el ejército más poderoso del continente, tardó poco más de mes y medio en sucumbir ante el ejército nazi. Como relata Chaves Nogales en La agonía de Francia, la 'drôle de guerre' fue un periodo de ocho meses de guerra declarada pero sin batallas, en los que Francia, un país en una situación de tensión y agitación política permanente, no fue capaz de cohesionarse ni para salvarse a sí mismo.

La maltrecha unidad frente al enemigo exterior duró poco: pronto el heroísmo y el ensalzamiento patriótico inicial se convirtió en cansancio y hartazgo, las críticas destructivas y las pequeñeces de la prensa, junto al oportunismo de algunos políticos aceleraron la corrosión social hasta el punto de que el grueso de la población (a izquierda y derecha) se había pasado al quintacolumnismo y prefería la derrota con tal de que cada cual pudiese volver a su vida anterior. Chaves Nogales llegaba a la conclusión de que las guerras, en la época de las grandes ciudades, cambiaría completamente. Que sus habitantes estaban dispuestos a rendir su civilización a la barbarie, a asumir desapariciones y arrestos, a sacrificar sus libertades y su democracia con tal de que la luz no se cortase y los servicios municipales recogiesen la basura puntualmente cada mañana.

Cuando los Panzer alemanes rompieron el frente, pocos en la retaguardia estuvieron dispuestos a aceptar con estoicismo los sacrificios que la guerra suponía. Fueron los franceses y sus intereses personales y espúreos los que acabaron con Francia.

A la incredulidad que casi todos tuvimos hasta el 9 de marzo, se le suma ahora el heroísmo y la valentía del personal sanitario, pero junto ellos las imágenes de los egoístas que incumplen las restricciones impuestas y de los miserables que se aprovechan de la situación para sacar tajada política apelando a que ellos son diferentes. ¿A dónde nos llevan todas estas actitudes miserables en las sociedades abiertas?

A la incredulidad que casi todos tuvimos hasta el 9 de marzo, se le suma ahora el heroísmo y la valentía del personal sanitario

Hoy se habla de que esta crisis lo cambiará todo. Efectivamente, tanto en España como en la Unión Europea, la lógica del sálvese quien pueda sigue siendo la trampa mortal que puede terminar por cambiarlo todo: igual que a los franceses del sur les molestaba que refugiados de las zonas del frente les invadieran sus plazas y calles, obligándoles a ser solidarios y a trastocar sus quehaceres, molestan ahora los refugiados que vienen de fuera y aumentan nuestra xenofobia.

Cuando el gobierno francés pedía ayuda económica, víveres ó contención en el consumo, la respuesta fue el pánico bancario, el fraude fiscal masivo y el acaparamiento de víveres. Ahora vemos como la insolidaridad, sea entre los ciudadanos (supermercados vacíos mediante) o entre países, se convierte en la norma, Italia pide equipos médicos y mascarillas a Europa y obtiene la callada por respuesta. Igual que entonces se pedían las carreteras vacías para el transporte de tropas y los parisinos abandonaban en desbandada la ciudad provocando enormes atascos, hoy muchos egoístas irresponsables huyen de Madrid multiplicando los focos de contagio. Cuando el gobierno de Daladier pedía a los compatriotas unidad política frente a Hitler y las conspiraciones de partidos, sindicatos y generales acabaron por tumbarle literalmente en el parlamento, hoy son los oportunistas euroescépticos de toda Europa y los malnacidos del “de Madrid al cielo” los que esperan recoger los frutos del desastre económico y la división social que provoque el 'Blitzkrieg' del coronavirus. Muertos mediante.

Quizá esta cuarentena general sirva para que valoremos mejor nuestras aburridas y rutinarias vidas por lo mucho que valen y lo fácil y rápido que podemos perderlo por jugar a los dados con aprendices de brujo, que anteponen su pensamiento mágico a la realidad.

Este virus no impondrá un nuevo régimen, no colgará su bandera en los edificios públicos. Solo nos trae la muerte y puede dejar a nuestra sociedad el camino liso para su autodestrucción. Para mantenernos unidos en la retaguardia y no sucumbir a discursos venenosos, precisaremos de mucha determinación, cuajo con el diferente y estoicismo. En ello nos va el evitar el derrumbe.

*Fernando Caballero Mendizábal es arquitecto residente en Alemania y profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Técnica de Darmstadt.

Tribuna Internacional