Dejemos de proyectar nuestros ideales en la Unión Europea

Los partidos sienten que Bruselas está tan lejos que su programa europeo puede ser, si cabe, más fantasioso aún que el de la política nacional

Foto: Mural callejero en apoyo a víctimas y trabajadores sanitarios por el coronavirus. (EFE)
Mural callejero en apoyo a víctimas y trabajadores sanitarios por el coronavirus. (EFE)
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La Unión Europea es el lugar donde los políticos de cada nación proyectan sus fantasías ideológicas. La crisis del coronavirus está poniendo esto de manifiesto una vez más. Para los socialdemócratas, debería ser un espacio marcado por una solidaridad sin fisuras basada en la mutualización de todos los riesgos, un estado de bienestar siempre creciente y unos valores identificados de manera sistemática con el progresismo. Para los democristianos es, por encima de todo, un mercado único, el instrumento necesario para garantizar que ningún país comete locuras financieras que, inevitablemente, desestabilizarían a los demás y, además, el espacio por definición de los viejos valores humanistas del continente.

Para los autoritarios de derechas, es una paradójica Internacional Nacionalista: en ella, cada nación puede declararse al mismo tiempo la más agraviada por el internacionalismo (y, en consecuencia, merecedora de más fondos estructurales) y mostrarse como la más admirable del continente, y en todo caso es el último reducto en el que defender un cristianismo identitario frente a la invasión exterior musulmana y la interior cosmopolita. Para la extrema izquierda, es el lugar donde debería empezar el fin del neoliberalismo y la OTAN, donde deberían ser compatibles la aceptación del ecologismo, la Rusia petrolera y una cierta latinoamericanización de la política.

Nada de esto es remotamente verosímil. Pero los partidos sienten que Bruselas está tan lejos que su programa europeo puede ser, si cabe, más fantasioso aún que el de la política nacional.

Tampoco es nada nuevo. Si nos remontamos lejos, ya desde el siglo V, los europeos han tratado de recuperar la unidad política y religiosa que se perdió con la caída del Imperio romano, pero no han sabido cómo hacerlo ni para qué. Europa se fragmentó en innumerables Estados que competían y guerreaban entre sí, pero que se sabían parte de un mundo común. Parte de ese anhelo de unidad se cumplió cuando en el año 800 Carlomagno fue investido emperador de los romanos. El Sacro Imperio Romano, una estructura siempre amorfa, duraría un milenio, hasta su disolución durante las guerras napoleónicas, y llegó a abarcar en distintos momentos más de medio continente. Pero en sus siglos de existencia, nadie supo muy bien para qué servía, más allá de preservar una unidad que constantemente demostraba ser ficticia. No tardó en estar dominado por los alemanes y en servir a sus ambiciones imperiales.

En 1787, el futuro presidente de Estados Unidos James Madison, al argumentar por qué el nuevo país americano debía ser una robusta nación federal, y no una simple suma de estados, puso como ejemplo negativo al Sacro Imperio Romano: este era, dijo, “un cuerpo sin nervios; incapaz de regular a sus propios miembros, inseguro contra los peligros externos”. Su historia era un compendio del “libertinaje de los fuertes y la opresión de los débiles… De la imbecilidad, la confusión y la miseria generalizadas”, cuenta el historiador Peter H. Wilson en su historia del imperio, que saldrá a la venta este mes en español en la editorial Desperta Ferro. Era tan absurdo, que Voltaire hizo célebre el dicho de que el Sacro Imperio Romano se caracterizaba principalmente por no ser ni sacro, ni un imperio ni mucho menos romano.

Hoy, los europeos seguimos proyectando nuestras narrativas culturales y políticas preferidas en la Unión Europea. Pero, en mitad de ese debate, con frecuencia olvidamos algo: que la UE ha existido, en distintas versiones, durante casi 70 años y que, más allá de lo que nos gustaría que fuera y de las simbologías del viejo imperio, ya sabemos lo que es y cuáles son sus funciones específicas. Es una suma de códigos que rigen instituciones concretas con filosofías evidentes. Un lugar en el que los países del norte no quieren mutualizar las deudas y no lo harán en el futuro próximo. En el que siempre habrá tensión entre el laicismo de las democracias modernas y los contradictorios legados del cristianismo y la Ilustración. En el que las soberanías nacionales no van a desaparecer, pero sí van a compartir espacios que, como el monetario, casi nunca se habían compartido antes.

Un lugar que parece una colmena de burócratas anónimos, fríos y racionales, pero cuyas acciones en última instancia siempre estarán dirigidas por los políticos escogidos nacionalmente. En el que difícilmente nunca se hará nada contra el criterio de Alemania, pero en el que Francia tratará de utilizar el peso de su alianza tácita con los países del sur para avanzar sus propios intereses. En el que las reglas fiscales combinarán el exceso de rigor y, al mismo tiempo, la impotencia cuando sean vulneradas. En el que se oye una alta retórica humanitaria, pero en materia inmigratoria acaba imperando un pragmatismo en ocasiones insensible. En el que las proclamas de solidaridad entre países miembros estarán muy matizadas por las necesidades internas de los países y las urgencias electorales de los partidos que los gobiernan.

La Unión Europea es todo eso, y es poco probable que deje de serlo para enfrentarse a esta crisis. Países Bajos y Alemania seguirán defendiendo nociones distintas que España e Italia, incluso con la mediación francesa. Imaginarla sistemáticamente como una realidad pendiente de cristalizar en la fantasía propia hace que esté condenada a parecer siempre un arreglo amorfo como el de su predecesor remoto. La obsesión por cambiarla, además, nos hace olvidar que ahora tal vez lo urgente sea simplemente preservarla y exprimir al máximo sus amplias competencias y su notable eficacia. Empezando por la del Banco Central Europeo.

La obsesión por cambiarla nos hace olvidar que tal vez lo urgente sea preservarla y exprimir al máximo sus amplias competencias y su notable eficacia

Hoy, existe la tentación de creer que la Unión Europea es como el Sacro Imperio Romano, una unión sin más finalidad que satisfacer la nostalgia, imbuida de la ineptitud que veía James Madison en su antecesor y, por rehacer el chiste de Voltaire, una entidad sin duda europea, pero dudosamente unida. Nada de eso es cierto. Sabemos las funciones que tiene la UE. Pedirle otras puede ser una manera atractiva de proyectar un ideal, pero, en la realidad, no servirá para nada más que alentar la insatisfacción y el desafecto. Debemos exigirle que mejore. Debemos dejar de esperar que se transforme en lo que no puede ser.

Tribuna Internacional
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