La gente está harta de las élites (y las élites de la gente)

Las razones de este creciente descrédito de las élites son muchas y complejas. Para empezar, su propia ineptitud y arrogancia

Foto: Una mujer con traje protector, junto a un mural gigante dedicado a la victoria rusa en la Segunda Guerra Mundial. (EFE)
Una mujer con traje protector, junto a un mural gigante dedicado a la victoria rusa en la Segunda Guerra Mundial. (EFE)

La historia de los países ricos durante la última docena de años ha sido la del creciente desapego de la ciudadanía hacia las autoridades tradicionales de la política, el periodismo y la academia.

En 2008, poco después de que la economía global se desplomara, una exasperada Isabel II le preguntó a un profesor de la prestigiosa London School of Economics —que resultó ser Luis Garicano— por qué ningún economista había visto venir una crisis de esa magnitud, la mayor desde el crac de 1929. En 2009, al principio de la presidencia de Barack Obama, en Estados Unidos surgió el Tea Party, un movimiento de derechas contrario a las élites de Washington que afirmaba haber empezado una “contrarrevolución” que echaría del mando del país a los supuestos expertos progresistas y pondría en su lugar a gente del pueblo; Trump se benefició de ese impulso seis años más tarde. En 2010, se supo que Goldman Sachs, uno de los mayores bancos de inversión del mundo, un sector no particularmente amado por la población, había ayudado a Grecia a manipular sus cuentas y a ocultar su gigantesco déficit; cinco años más tarde, Syriza llegaba al poder. En 2016, Michael Gove, uno de los líderes de la campaña en favor del Brexit, al ser preguntado por qué ningún economista apoyaba la salida de Reino Unido de la Unión Europea, dijo que “en este país la gente está harta de los expertos”. El Brexit venció.

Durante ese periodo, los movimientos antivacunas se hicieron si cabe más visibles, auspiciados muchas veces por celebridades que denunciaban las conjuras de la industria farmacéutica con los gobiernos. Los partidos antisistema —mayoritariamente de derecha autoritaria, pero también de izquierda autoritaria— experimentaron un gran auge en toda Europa, incluida España, acusando a las élites políticas de conspirar con magnates globales y poderes oscuros. Y hasta el Papa de Roma pasa por una crisis de credibilidad entre una parte notable de los fieles de la Iglesia católica.

Las razones de este creciente descrédito de las élites son muchas y complejas. Para empezar, su propia ineptitud y arrogancia: en Estados Unidos, la crisis financiera, y en España, la burbuja inmobiliaria, se incubaron durante una década, sin que ninguno de los sucesivos gobiernos de ambos países, ni sus entidades financieras, hicieran nada al respecto. Los periódicos parecieron darse cuenta de la magnitud del drama a la vez que los demás. La Unión Europea tal vez evitara el desastre absoluto en 2012, pero no fue precisamente rápida ni compasiva.

Ese tiempo fue también el del auge de las redes sociales, que han creado la ilusión de que los intermediarios tradicionales —periodistas, cuadros ideológicos de los partidos políticos, iglesias o sindicatos— han dejado de ser necesarios para movilizar opiniones y articular acciones. Y las élites, al sentirse presionadas, asumieron el tono, mitad propagandístico mitad falsamente conversacional, de esas redes: pero si veíamos a científicos, médicos, catedráticos y abogados exhibir sus prejuicios y tuitear las mismas teorías discutibles que cualquiera de nosotros, ¿cómo íbamos a creer que su criterio era mejor que el nuestro?

La terrible pandemia del covid-19 no va a hacer más que acelerar ese proceso de descrédito y de pérdida de autoridad de las viejas élites. Para quien no conozca el funcionamiento de la ciencia, los discursos contradictorios sobre el virus que llegan de manera desordenada al teléfono —sobre su origen, sobre cómo se transmite, sobre cómo se debería acabar con él— pueden ser la simple demostración de que, aunque se escuden en palabras complejas, las élites científicas no saben nada.

El pésimo manejo que el Gobierno español ha hecho de los datos sobre la pandemia puede hacer pensar que cualquier cosa relacionada con el 'big data' y los gráficos no es más que otro intento de dar una apariencia rigurosa a patrañas propagandísticas. Quien quiera que haya leído algunas de las decenas de miles de palabras que los filósofos, activistas e intelectuales están dedicando a predecir el mundo pospandémico llegará a la conclusión, en este caso probablemente cierta, de que nuestros pensadores están más preocupados por ser originales, impactantes y rápidos que por los recursos que tienen para entender el mundo real.

Pero por si este paulatino descrédito de las élites a ojos de una parte importante de la población no fuera un proceso lo bastante rápido y preocupante, la crisis del covid-19 ha explicitado que gran parte de la élite siente un desdén parecido por la gente común. No ha sido cierto en todos los países, pero sí en varios: los gobiernos de Macron y Sánchez decidieron infravalorar en público la utilidad de las mascarillas por miedo a los ataques de pánico ante su escasez; el Gobierno británico debatió la idoneidad de ordenar el confinamiento porque pensaba que los británicos no eran capaces de cumplirlo; en Estados Unidos, varios cargos políticos pidieron a los abuelos que se sacrificaran y sucumbieran al virus a cambio de mantener la economía en marcha para sus nietos. Incluso en Suecia, donde el Gobierno adoptó una estrategia de confinamiento mucho más laxa, varias autoridades adoptaron con los ciudadanos el tono de un padre que regaña a un adolescente por seguir acudiendo en masa a las terrazas.

Los movimientos antielitistas siguen sin poder explicar por qué el 'pueblo' gestionaría situaciones complejas mejor que un doctor en economía

Las élites democráticas no tienden a ser malvadas. Pueden ser torpes, negligentes, interesadas, arrogantes y, como en estas últimas semanas, paternalistas. Y pueden, como en el caso del Gobierno español, escudarse en otras élites al afirmar que todos sus actos están guiados por lo que dicen los científicos. Eso no les hace ningún bien. Pero los movimientos antielitistas siguen sin poder explicar por qué el absurdamente llamado 'pueblo' gestionaría situaciones enormemente complejas mejor que, por ejemplo, un doctor en economía, a pesar de su pedantería y su frecuente solipsismo. Además, los movimientos antielitistas no suelen ser tales: son, en realidad, el intento de una élite que no tiene el poder de suplantar a la que sí lo tiene, y que utiliza para lograrlo a quienes dicen detestar a las élites pero están dispuestos a trabajar para una parte de ellas. A fin de cuentas, Donald Trump llenó su Gobierno de antiguos empleados de Goldman Sachs.

Tribuna Internacional
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