El inesperado regreso del centro a la política europea

En los últimos tiempos, en mitad de una pandemia que acarreará una crisis económica sin precedentes, algo parece estar cambiando, al menos por lo que respecta a la resistencia del centro

Foto: La líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas. (EFE)
La líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas. (EFE)

Hace solo seis meses, podríamos haber pensado que el célebre poema de W. B. Yeats “El segundo advenimiento”, publicado en 1920, hace un siglo, estaba escrito para nuestro tiempo. “Todo se desmorona, el centro no se sostiene”, decía el poeta irlandés. “Los mejores carecen de convicción, mientras que los peores están repletos de apasionada intensidad”.

Pero en los últimos tiempos, en mitad de una pandemia que acarreará una crisis económica sin precedentes, algo parece estar cambiando, al menos por lo que respecta a la resistencia del centro. En Estados Unidos, el Partido Demócrata ha escogido para las elecciones presidenciales de noviembre al candidato más centrista, Joe Biden. En Reino Unido, el Partido Laborista eligió al moderado Keir Starmer para sustituir como líder al izquierdista Jeremy Corbyn. En la Unión Europea, el Gobierno de Angela Merkel ha hecho un importante esfuerzo para acercarse lo más posible a los países del sur y a Francia y mutualizar los costes de la pandemia, alejándose de las posturas más duras de su propio partido y de Alternativa por Alemania. En Italia, la Liga de Salvini cae en las encuestas, y en el norte del país, una de las zonas del planeta más castigadas por el covid-19, algunos de sus cargos electos están siendo muy criticados por su gestión.

El partido de Macron, La Republique en Marche, ha perdido la mayoría absoluta en el Parlamento francés; algunos diputados ecologistas y feministas han abandonado el grupo parlamentario, pero En Marche podrá seguir contando con el apoyo de Mouvement Démocrate, del centrista François Bayrou, para gobernar. Aunque no sea por voluntad propia, en España el Gobierno de PSOE y Podemos se está apoyando en Ciudadanos, y no en los partidos de izquierdas independentistas, para algunas cuestiones relacionadas con la gestión de la epidemia.

¿Significa esto que la política occidental podría reorientarse hacia el centro? Es pronto para saberlo. Los partidos populistas están gestionando las protestas legítimas relacionadas con los confinamientos con gran éxito escénico pero, por el momento, sin expectativas de gestionar el poder (con alguna paradójica excepción) o de influir mucho en él. Además de las caceroladas que tienen lugar en España, y que Vox intenta apropiarse y liderar, las manifestaciones en Alemania contrarias al Gobierno y a sus medidas especiales agrupan a una pintoresca mezcla de extremistas de derechas y de izquierdas, antisemitas, antivacunas, teóricos de la conspiración y seguidores de las creencias de la New Age.

Toda la derecha italiana, con Salvini a la cabeza, planea manifestarse el 2 de junio en contra de la gestión del Gobierno liderado por Giuseppe Conte, un hombre gris cuya popularidad ha crecido en los últimos meses. En Estados Unidos, se da la extraña situación de que los insurgentes están liderados por el presidente del país, Donald Trump, que respalda las protestas contra las recomendaciones de los científicos que trabajan en su propio Gobierno. En una entrevista reciente, Timo Soini, antiguo líder de los Verdaderos Finlandeses, y a quien puede considerarse el inventor del populismo europeo moderno, afirmaba estar seguro de que la gestión de esta crisis se volverá en contra de las élites tradicionales. Ante una estatua de Juana de Arco, Marine Le Pen exigió el pasado 1 de mayo que Francia recupere la soberanía y anunció la “debacle” de la Unión Europea.

Como en tantos otros sentidos, la crisis del coronavirus está acelerando tendencias ya existentes. En la política de los países ricos, la tendencia principal de los últimos años es que, por un lado, las democracias liberales y los grandes Estados de carácter burocrático están teniendo una enorme capacidad para resistir los peores instintos populistas, aunque estos lleguen al poder y contagien con su retórica al resto de la esfera pública. Pero, por otro, esa capacidad de resistencia (que podría no ser infinita) no va acompañada de una capacidad para hacer que los relatos racionalistas, liberales o tecnocráticos resulten atractivos.

Francis Fukuyama llamó a esta especie de empate eterno una “vetocracia”: aunque los gobiernos sean funcionales y los Estados sigan con su actividad administrativa, siempre existen pequeñas minorías, o grupos de poder, capaces de impedir que se produzcan grandes cambios. Eso lo logran mediante la oposición rutinaria en una democracia, o los equilibrios entre poderes, pero también mediante una polarización constante que deja la política sin iniciativa y la condena a la simple administración de la cotidianidad, aunque sea una cotidianidad tan extraña como la actual.

Hoy, la centralidad es distinta, en parte por el virus. Tal vez sea algo más proteccionista, más reacia a la globalización, estatista y reticente a las aventuras

Quizá la única salida a esa situación sea la búsqueda del centro. No necesariamente el 'centro' como ideología sino, como contaba Ignacio Varela en este periódico hace unos días, en el sentido de 'centralidad': lo opuesto, decía Ignacio, a “la marginalidad”. “La centralidad es aquello que conecta con el espíritu del bloque social mayoritario, que capta la contemporaneidad sin renegar del pasado y, sobre todo, que contribuye a equilibrar y estabilizar la nave colectiva, sometida —ahora más que nunca— a todo tipo de pulsiones desestabilizadoras”. Ahora mismo, la marginalidad populista es muy grande. En algunos casos, como el de Francia o Estados Unidos, representa a inmensos sectores de la sociedad, pero no parece ser capaz de ir más allá de eso incluso en 'momentos leninistas' como este: esas situaciones en las que la normalidad se quiebra y los rebeldes creen que pueden aprovechar para hacerse con el poder.

Hoy, en todo caso, la centralidad es distinta, en parte por culpa del virus. Tal vez sea algo más proteccionista, más reacia a la globalización, más estatista y más reticente a las aventuras. Pero es posible, solo posible, que esta inmensa crisis devuelva a la centralidad su prestigio perdido y su capacidad para 'hacer cosas', aunque solo sea temporalmente. Porque la inmensa marginalidad, sin duda, no lo contemplará complacida e inactiva.

Tribuna Internacional
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