El extraño caso del exministro de Finanzas alemán y un musical de Broadway

El pasado domingo, Schäuble dijo en una entrevista que apoyaba el pacto alcanzado por Angela Merkel y Emmanuel Macron para reactivar la economía de la Unión Europea

Foto: El exministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble. (EFE)
El exministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble. (EFE)

Durante las negociaciones de la crisis del euro, Wolfgang Schäuble, el entonces ministro de Finanzas de Angela Merkel, se convirtió en el símbolo de la obsesión alemana por la austeridad. Sentado en una silla de ruedas a causa de un intento de asesinato que sufrió en 1990, es uno de los políticos más longevos de su país, donde durante mucho tiempo se pensó que acabaría siendo canciller. Ese objetivo se vio frustrado por un escándalo de financiación de su partido, la democristiana CDU, pero aun así su figura está fuertemente vinculada a la historia reciente de Alemania.

Fue uno de los negociadores de la reunificación del país y uno de los artífices de que en 1990 su capital volviera a la sede histórica del Gobierno, Berlín, y ahora es el presidente del Parlamento. En el periodo 2009-2017, sin embargo, se hizo célebre en Europa por su severidad casi maniaca. Los países del sur llegaron a detestarle. Pero casi todo el mundo parecía respetarle: incluso su archienemigo, el ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, reconoció que era un hombre de principios.

Pues bien, el pasado domingo, Schäuble dijo en una entrevista concedida al periódico 'Welt am Sonntag' que apoyaba el pacto alcanzado por Angela Merkel y Emmanuel Macron para reactivar la economía de la Unión Europea, tras el súbito parón provocado por el confinamiento del covid-19. Este pacto constaría, básicamente, de un fondo de 500.000 millones de euros que se inyectarían —esta es la novedad— como inversiones directas, no como préstamos, en los países receptores. Una parte del dinero se dedicaría a proteger a empresas nacionales de compras oportunistas, sobre todo por parte de China. “Si Europa quiere tener opciones, ahora debe ser solidaria y demostrar que es capaz de actuar”, dijo, en unas declaraciones que sin duda ampliarán el consenso alemán en favor de una intervención de esta clase, impensable en la crisis anterior. “Los alemanes tienen un interés absoluto en que Europa se recupere”.

El giro de Alemania resulta sorprendente, y es significativo que Angela Merkel haya querido impulsarlo cuando se acerca el fin de su mandato: después de tres años de resistirse a los proyectos majestuosos de Macron, por fin le ha dado una parte relevante de una de sus aspiraciones. No se trata de una forma de mutualización de la deuda de los países de la UE —algo que los países del sur han estado pidiendo desde la crisis del euro—, pero sí de un cambio notable, que dirige a los miembros de la Unión Europea, aunque sea de manera tímida, hacia una unión política más estrecha y una unión fiscal casi inédita.

Para disponer de fondos que repartir entre sus miembros, la UE debería endeudarse en los mercados financieros, lo que puede constituir la semilla de un mecanismo futuro para tomar prestado de manera conjunta en próximas crisis económicas. A ese pacto ya se han opuesto los llamado 'cuatro frugales' (Austria, Dinamarca, Países Bajos y Suecia), que el sábado presentaron uno alternativo en el que no hay inversiones sino préstamos con una rígida condicionalidad para los receptores, y que se opone a que el mecanismo utilizado pueda convertirse en una herramienta de mutualización de la deuda. Con todo, han dejado abierta la negociación y es probable que Alemania haga valer su inmenso peso en el Consejo, aunque también lo es que deba rebajar el proyecto inicial. Este miércoles, la Comisión Europea dará a conocer su propio plan. Después, será necesaria la unanimidad de todos los países miembros.

Una reciente obra de teatro musical estadounidense de enorme éxito, 'Hamilton', reconstruye la vida de Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de Estados Unidos. Una de las canciones reproduce una discusión en la que Hamilton pretende que el Gobierno federal asuma las deudas de los 13 estados que formaban en ese momento el país, mientras que Thomas Jefferson se opone. “Si Nueva York está endeudada, ¿por qué debería pagar Virginia?”, dice este. En su estado de origen, afirma, la gente trabaja: “Nosotros creamos, tú solo quieres llevarte nuestro dinero. Ese plan financiero es una exigencia indignante. Y tiene demasiadas páginas para que alguien pueda entenderlo”, dice, casi como si estuviera inspirando a los actuales primeros ministros holandés o austriaco. Hamilton le responde que están gobernando una “verdadera nación”: “Si asumimos las deudas, la Unión recibe una nueva línea de crédito, un diurético financiero. ¿Cómo no vamos a hacerlo? Si somos agresivos y competitivos, eso supone un estímulo para la Unión, ¿y tú prefieres sedarla?”. Podría ser el discurso de Macron o de un socialdemócrata del sur.

No es, en todo caso, el de Merkel y Schäuble, que no quieren en absoluto un 'momento hamiltoniano' y convertir la UE en una especie de nación como acabaría siéndolo Estados Unidos, gracias en parte a que Hamilton se salió con la suya. Pero las declaraciones de Merkel —que dijo que el Estado nación no es suficiente ante una crisis de esta envergadura— y de Schäuble son significativas. En el caso del segundo, una confirmación simbólica de que el cambio de postura merece credibilidad y de que Alemania acaba haciendo lo correcto después de intentar todas las opciones incorrectas.

Como recordaba el fin de semana pasado en una entrevista con este periódico el economista Markus Brunnermeier, uno de los mejores conocedores del euro y de sus problemas recurrentes, no se puede esperar que Europa haga en 10 o 20 años el proceso de unión financiera que Estados Unidos hizo en un siglo. En primer lugar, numerosos países de la UE no quieren llevarlo a cabo; en segundo lugar, puede que ni siquiera sea una buena idea; en tercer lugar, en Estados Unidos fue necesaria una guerra civil para que la nación adoptara sus características políticas actuales.

Sea como sea, leer a Schäuble diciendo que conceder “más préstamos a los Estados miembros habría sido como arrojarles piedras en lugar de darles pan, porque muchos (…) ya están muy endeudados” y que “la Comisión Europea impulsará la reconstrucción económica de Europa” hizo que más de uno se frotara los ojos. A fin de cuentas, lo que sucede en la Unión Europea depende en una medida desproporcionada del estado de ánimo de las élites políticas alemanas.

Tribuna Internacional
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