Así será el mundo después del confinamiento

¿Qué clase de ventana de oportunidad se está abriendo ahora, tras el fin de la primera fase en la crisis del covid-19​?

Foto: Imagen de Miroslava Chrienova en Pixabay.
Imagen de Miroslava Chrienova en Pixabay.

“Nunca desaproveches una buena crisis”. La frase, como tantas otras, suele atribuirse a Winston Churchill. Y, en muchos sentidos, define perfectamente la manera en que interpretamos ahora las crisis: como ventanas de oportunidad para resolver problemas enquistados, introducir reformas imposibles de implementar en tiempos normales o empujar determinadas ideas. ¿Qué clase de ventana de oportunidad se está abriendo ahora, tras el fin de la primera fase en la crisis del covid-19?

Como suele ocurrir, esta crisis ha servido para reforzar las ideas previas de sus observadores. Quienes consideraban que había que acelerar la transición ecológica creen que el covid-19 es la demostración de que tenían razón; lo mismo piensan quienes deseaban políticas fiscales mucho más expansivas: ¿acaso podría haber oportunidad más idónea? Quienes temían por encima de todo que los gobiernos controlen cada vez más a los ciudadanos y quienes creían que el mayor problema que legaremos a la siguiente generación es una deuda pública impagable repiten furibundos que ya nos habían advertido.

Siguiendo esta tendencia, seguramente yo tendría que decir que esta crisis es la prueba de la inoperancia de los populismos y que devolverá el protagonismo a los políticos centristas que podrán mostrar con orgullo su capacidad de gestión. Pero tengo dudas de que sea así. Sin embargo, aquí siguen algunas cosas que creo que sí van a colarse por la ventana de oportunidad que ha abierto la crisis en España, la UE, China y Estados Unidos. Todas ellas están muy relacionadas.

- La izquierda y la derecha se van a poner de acuerdo para inyectar mucho dinero en el sistema. La disputa se producirá entre las distintas fórmulas que, en el caso europeo, defienden los llamados 'cuatro frugales' (Suecia, Dinamarca, Austria y Países Bajos) y el resto de los países. Pero la disputa entre izquierda y derecha será posterior: la primera querrá que las medidas se mantengan mucho tiempo y expandan durante años las economías, que estarán mucho más dirigidas por el Estado que en las últimas décadas. Este, a fin de cuentas, podrá decidir a qué sectores va a parar ese dinero y con qué condicionalidad (por ejemplo, al sector del automóvil, pero solo si se dirige al coche eléctrico). La derecha se impacientará pronto, dentro de poco declarará que las inyecciones de dinero ya han cumplido su cometido y empezará a detectar señales de dirigismo e inflación. Su grito de guerra será recordar que la medida tenía sentido si era temporal y observará con pavor cómo sube la deuda pública. Pero se preguntará si se pueden ganar unas elecciones quitándole a la sociedad semejante estímulo. España será el país en el que esto se verá mejor.

- La Unión Europea seguirá presentándose como la zona del mundo occidental más partidaria de la globalización, pero se beneficiará particularmente de la desglobalización. Como afirma Ivan Krastev en su reciente libro '¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo', “en un momento en que la ansiedad económica tiene dominado el debate público, puede que los europeos se den cuenta de que, a diferencia de lo que sucedió en el siglo XIX, el nacionalismo es económicamente insostenible. Estados Unidos y China pueden mantener la ilusión de la autosuficiencia en lo que respecta a sus respectivas economías, y la Unión Europea podría llegar a beneficiarse de una cuidadosa desglobalización, pero los pequeños estados nación de Europa no serán capaces ni por asomo. Los europeos no tardarán en comprender que el único amparo posible es el tipo de proteccionismo que les garantizaba una asociación con el resto del continente”. “Amparo”, “protección”: si la UE sabe articular ese mensaje, una (ligera) desglobalización puede reforzarla.

- China provocará conflictos que no será capaz de controlar. Lo hemos visto ya, apenas seis meses después de que se iniciara la crisis: China no solo intentó ocultar el brote del virus en Wuhan y, más tarde, quiso presentarse como una benefactora global que repartía material sanitario en países sumidos en la escasez, sino que ordenó a sus diplomáticos presionar a los gobiernos receptores para que elogiaran públicamente a China y amenazarlos con represalias si eso no sucedía (a Australia, con un boicot económico, por ejemplo).

Después, los ejércitos de China e India se enfrentaron en una refriega que tuvo lugar en su frontera en Himalaya, en la que murieron 20 soldados indios (las autoridades chinas apenas han informado del acontecimiento y de sus bajas). Ninguna de las dos partes quiere una guerra y este incidente no la provocará, pero ambos países son potencias nucleares. Es posible que el miedo a perder una buena parte de sus exportaciones cuando los países occidentales quieran volver a desarrollar algo de industria en casa aumente su agresividad. China, que se ve a sí misma como una aspirante legítima a superpotencia global, quiere ver hasta dónde puede llegar con sus provocaciones. Es probable que no sepa calcular las consecuencias de su propio impulso.

- La derecha autoritaria perderá vigor, pero no relevancia. Bolsonaro y Trump han gestionado mal la crisis y han perdido popularidad, en Italia, la Liga de Matteo Salvini ha dejado de ser el partido con mayor respaldo electoral (aunque es cierto que ha aumentado el de un partido situado aún más a la derecha, los Fratelli d’Italia), Alternativa por Alemania ha perdido mucho apoyo y en España Vox no ha sido capaz de capitalizar el descontento por la gestión del Gobierno. Se ha vuelto habitual, entre algunas élites tradicionales, afirmar que, con esta crisis, los ciudadanos han recordado de repente que la capacidad de gestión de los gobiernos es importante, más allá de las batallas culturales en que estamos enfrascados, y que los especialistas y los técnicos siguen siendo fundamentales en las sociedades modernas, por mucho que el populismo pretenda sustituirlos por un 'pueblo' indefinido.

La derecha autoritaria seguirá a la espera de su oportunidad allí donde aún no gobierna, sobre todo si la economía empeora

En Estados Unidos, es posible que la valoración de la gestión de la crisis, y por supuesto la economía, decida las elecciones de noviembre. Ahora bien, las batallas culturales están tan arraigadas, y a los partidos políticos y a los medios les gustan tanto, que la derecha autoritaria seguirá a la espera de su oportunidad allí donde aún no gobierna, sobre todo si la economía empeora. Tiene margen de sobra para recuperarse.

En definitiva: entramos en un tiempo en que deberemos ser conscientes de la diferencia entre la 'política del riesgo' y la 'política de la incertidumbre'. “Si bien el futuro es inescrutable —dice Krastev—, el riesgo se puede medir y los acontecimientos pasados pueden evaluarse con datos empíricos. La incertidumbre, en cambio, se aplica a los resultados que no podemos predecir o que no fuimos capaces de predecir”. Los gobiernos pueden ser reacios a los riesgos, pero detestan las situaciones de incertidumbre, porque casi siempre juegan en su contra. No sabemos en qué proporción tendremos riesgos e incertidumbres. Pero deberemos aprender a vivir con lo segundo en una medida mayor de lo que nos gustaría, ni que sea para descubrir que el mundo no ha cambiado tanto.

Tribuna Internacional
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