Las tecnológicas quieren ser dioses (pero tendrán que negociar antes con el Gobierno)

La compleja relación que mantienen las grandes tecnológicas (conocidas como GAFA, por las siglas de Google, Amazon, Facebook y Apple) con los gobiernos no tiene nada de nuevo

Foto: Entrada a las oficinas de Google en Mountain View, California. (EFE)
Entrada a las oficinas de Google en Mountain View, California. (EFE)
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En la serie 'Devs', una senadora de Estados Unidos acude a la sede de una empresa de alta tecnología de San Francisco, llamada Amaya, para pedir a su fundador y máxima autoridad, Forest, que ceda una parte de sus programas en desarrollo para que el Gobierno pueda utilizarlos. En realidad, la senadora no entiende muy bien la tecnología de la que está hablando, pero sospecha que tiene un enorme poder. Al final de la serie, que es muy recomendable, tras un puñado de acontecimientos que no les contaré, es la empresa quien pide a la senadora que el Gobierno haga lo posible para que pueda proseguir con su actividad.

La relación entre la tecnología y la política no es ni mucho menos nueva. A partir del siglo XIX, los proyectos relacionados con la tecnología de la comunicación, como los ferrocarriles, el telégrafo o la radio, se imbricaron estrechamente con la vida política de las naciones, aunque a veces fueran proyectos de empresas privadas. Todo el desarrollo tecnológico de Silicon Valley se llevó a cabo con la estrecha colaboración del Gobierno estadounidense, que en numerosos casos lo financió generosamente.

De modo que la compleja relación que ahora mantienen la última oleada de grandes empresas tecnológicas (a la que es habitual referirse como GAFA, por las siglas de Google, Amazon, Facebook y Apple) con los gobiernos no tiene nada de nuevo, pero ha adquirido vida propia y, lógicamente, las singularidades de nuestro tiempo.

Para empezar, el 'lobby': el intento de las tecnológicas de influir en la redacción de las leyes que les afectan El año pasado, Google se gastó 11,8 millones de dólares en grupos de presión política en Washington, Amazon 16,1 millones, Facebook 16,7 millones y Apple 7,4 millones. Las cifras que estas empresas dedican a influir en los políticos de la UE en Bruselas son mucho menores, pero en 2019 Google se gastó allí ocho millones de euros, Amazon 1,75 millones, Facebook 3,5 millones y Apple dos millones.

Las tecnológicas quieren ser dioses (pero tendrán que negociar antes con el Gobierno)

Es normal que lo hagan, porque los dos mundos, el de la política y el de la tecnología, han colisionado. Facebook ha hecho frente a una rebelión interna porque Mark Zuckerberg, su presidente, se ha negado a eliminar un 'post' en el que, supuestamente, se amenazaba con disparar a saqueadores durante la reciente oleada de protestas que ha tenido lugar en Estados Unidos, aunque más tarde sí retiró unos anuncios que utilizaban iconografía racista. En varias ocasiones, Twitter ha añadido a los tuits del presidente advertencias de que contienen inexactitudes. Al mismo tiempo, el fundador de Amazon, Jeff Bezos, es propietario de 'The Washington Post', un periódico que destaca por sus fuertes críticas al presidente Trump. Tanto en Estados Unidos como en Europa, todas estas empresas se enfrentan a investigaciones por monopolio, YouTube (de Alphabet, la matriz de Google) ha sido multado con sumas importantes por vulneración de derechos infantiles y Apple está en una pelea perpetua con los gobiernos porque, excepto en algunos casos concretos, no permite que la Justicia acceda a sus dispositivos encriptados.

Estos conflictos no tienen nada de raro (en total, en 2019, las empresas estadounidenses gastaron 3.470 millones de dólares en 'lobby'), pero revelan cómo ha cambiado la mentalidad de las grandes compañías tecnológicas, cuya vocación evidente ya no es solo ganar dinero sino utilizar su carácter monopolístico para convertirse en empresas que además de ser sistémicas para la economía, por su presencia constante en la vida de los ciudadanos, sean capaces de hacer y deshacer políticas e incluso de dar pie a grandes conflictos internacionales, como el provocado por la tasa digital europea. Son las nuevas petroleras, y los datos son su petróleo.

Eso tiene que ver, en parte, con el carácter particular de muchos de sus fundadores: líderes mesiánicos con visiones transformadoras que pueden ser ridículas o proféticas en función de si triunfan o no. Google se puso como objetivo recopilar y ordenar toda la información existente en el mundo sin hacer el mal (luego retiró el lema 'Don’t Be Evil', porque se dio cuenta de que tal vez tendría que hacerlo para completar su tarea); Steve Jobs pretendía nada menos que fusionar el diseño industrial con las artes liberales; según algunos relatos, Mark Zuckerberg inventó la semilla de Facebook para que los usuarios pusieran una nota al atractivo de las chicas de la universidad, cuyas fotos utilizaba sin permiso, pero supo convertir esa broma adolescente en lo que es ahora la gran red social; Bezos pasó de imaginar “la librería más grande del mundo” a “la tienda que lo tiene todo” y, con la empresa Blue Origin, a desarrollar tecnología para vivir en el espacio. Hay algo en todas estas ideas que trasciende lo meramente innovador y entra de lleno en lo visionario. ¿Cómo va la política —piensan esos emprendedores— a interponerse entre mis planes y yo?

En 'Devs', Forest imagina una tecnología que le permita solventar el mayor de sus dramas personales. Al final de la serie, descubrimos ('SPOILER') que 'Devs' no hace referencia, como es habitual en las empresas de tecnología, al departamento de desarrollo de Amaya, sino que es una palabra latina (en la que la V se lee como una U). Forest es un ejemplo exagerado del genio informático que cree que picar código tiene un trasfondo metafísico y puede solventar nuestras peores heridas psicológicas. Los presidentes de GAFA no parecen llegar a tanto, pero creen, como Forest, que si nos convencen de que tenemos un problema, nos podrán vender la solución. Ahora, al menos, reconocen que deben negociar con los gobiernos para hacerlo. Pero eso, aunque en ciertos sentidos es tranquilizador, en otros resulta inquietante. El poder de GAFA es tan grande, y ha conseguido ya tantos favores políticos, que no es fácil saber cuál de las dos partes está en posición de ventaja.

Tribuna Internacional
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