La pandemia como un final simbólico de tres décadas de globalización

El colapso sin precedentes causado por la pandemia del covid-19 simboliza el fin de la globalización tal como la conocemos desde 1989, tras la caída del muro de Berlín

Foto: China celebra el 40 aniversario de su reforma y apertura en Pekín. (EFE)
China celebra el 40 aniversario de su reforma y apertura en Pekín. (EFE)

Cuando llegue la hora de hacer balance de la actual pandemia, probablemente la veremos como el final simbólico de la era de optimismo inaugurada en 1989. Ese año, se dice, la caída del Muro de Berlín trajo consigo el fin de la historia para iniciar una era de liberalismo desenfrenado y globalización.

Una ligera aberración histórica

La marcha triunfal de la “tercera ola de la democracia”, como dijera Huntington, fue interrumpida por los tanques del Ejército de Liberación del Pueblo en la Plaza de Tiananmén. Tras un breve shock, sin embargo, triunfó la certeza (asistida por el Dr. Kissinger y otros “realistas”) de que el desarrollo económico y el crecimiento de la clase media en la República Popular China no tardarían en compensar esta ligera anomalía histórica.

En los optimistas años noventa, Bill Clinton miró a los ojos al Secretario General Jiang Zemin y adivinó en ellos la determinación para conducir a China, si no directamente hacia la democracia, al menos hacia una autocracia benevolente y liberal. En 1994, separó el ritual americano anual consistente en otorgar a China el trato de Nación Más Favorecida (NMF) de la consideración de su historial de derechos humanos. En 2000, Estados Unidos se deshizo finalmente de la denominación como MFN, abriendo para China el camino hacia el acceso a la Organización Mundial de Comercio (OMC) el año siguiente. Al fin China podría participar a pleno en la globalización de la economía.

EEUU y, con él, el resto del mundo, toleraron la idiosincrasia de Pekín, incluyendo violaciones de derechos humanos


Esperando la convergencia

En 2001, China claramente no satisfacía las condiciones para el acceso a la OMC, tal como en 1994 no satisfacía las condiciones para tratamiento como NMF que Clinton había fijado el año anterior. De todas maneras, Clinton creía en la ineluctable lógica de la historia: la globalización haría a China gradualmente liberal; al final, quizás democrática. Ni siquiera el sistema político leninista de partido único podría impedirlo, tal como los intentos del Gobierno chino para controlar Internet serían en vano. La libertad era una parte intrínseca de Internet y tratar de censurarla era como clavar gelatina a la pared, como famosamente lo enunciara.

Ese optimismo se convertiría después en el punto de partida natural de la política americana de cooperación con China. Estados Unidos y, con él, el resto del mundo, toleraron la idiosincrasia de Pekín durante una veintena de años (incluyendo violaciones de derechos humanos y prácticas comerciales cuestionables) esperando una “convergencia” progresiva con el liberalismo político y económico. Tal era, después de todo, la consecuencia lógica del fin de la historia que se acababa de proclamar.


La larga marcha de la historia

En contraste con la Guerra Fría, durante la cual, la posibilidad de un cataclismo histórico parecía posible, después de 1989 Occidente se dio por satisfecho con la idea de que, tarde o temprano, el largo arco de la historia “se inclina hacia la Justicia” (Martin Luther King) y que al final “los mejores ángeles de nuestra naturaleza” tendrían que vencer (Abraham Lincoln, y el excepcional e influyente estudio histórico de Steven Pinker).

Contra esta interpretación hegeliana de la historia, como una larga marcha hacia la libertad, los comunistas chinos se aferraron a su propia doctrina del materialismo histórico. La historia no se inclina hacia la libertad sino hacia la victoria del proletariado, representado por su vanguardia: el Partido; concretamente, hacia la victoria del Partido Comunista Chino. En particular, la Nueva Era del Secretario General Xi Jinping se caracteriza por la certeza de que décadas de expansión económica y nuevas tecnologías como la inteligencia artificial y los datos masivos ofrecen a China la oportunidad para “avanzar hacia un papel protagónico”, según el eufemismo del Partido.

Gelatina en el clavo

Cualquiera que sepa el ABC del marxismo-leninismo sabe que la “convergencia”, y sobre todo la “evolución pacífica” de Dulles, es tabú para los aguerridos camaradas. El Partido Comunista Chino nunca quiso “converger” con el liberalismo. Los camaradas tienen otros planes. Al acceder a la OMC, el Partido no estaba “convergiendo” sino usando la globalización para galvanizar su propia misión histórica de inaugurar una nueva era histórica.

Una pantalla de grandes dimensiones muestra la bandera del Partido Comunista chino. (EFE)
Una pantalla de grandes dimensiones muestra la bandera del Partido Comunista chino. (EFE)

China usó su membresía en la OMC para ganar acceso ilimitado al mercado global, mientras seguía guardando celosamente el acceso a su propio mercado, ofreciéndolo a cambio de transferencia de tecnología a través de empresas conuntas y, a menudo, de compromisos políticos. Otra tecnología se transfiere mediante ciberataques. Las autoridades lograron no solo censurar Internet, sino también implementar un sistema de vigilancia electrónica a lo Orwell de su población. Internet está finalmente clavada en la pared. Mientras tanto, la OMC se derrumba gradualmente bajo la presión constante de las prácticas mercantilistas chinas.

Al borde del colapso

La crisis del covid-19 ha debilitado además a otra institución: la Organización Mundial de la Salud. A pesar de no contribuir sino una pequeña fracción de su presupuesto, China ha logrado adquirir una influencia desproporcionada en la dirección de la organización. Al ser elegido Director General de la OMS, con el apoyo de Pekín, Tedros Adhanom Ghebreyesus canceló de inmediato el estatus de observador de Taiwán. Bajo su autoridad, la OMS se abstuvo de cuestionar públicamente la información que llegó de China (fuera retrasada o errónea) al comienzo de la epidemia, ayudándola a transformarse en una pandemia.

La práctica de influir en la ONU cooptando la dirección de sus agencias no se limita a la OMS. Desde el punto de vista checo, la corrupción de líderes de la Asamblea General es de particular interés, dado el papel del conglomerado chino CEFC, que dominó la relación entre China y la República Checa hasta su colapso, como diría un leninista, bajo el peso de sus propias contradicciones.

Todo el sistema de gobernanza global está colapsando bajo la presión china. Pekín impone sus “reformas” igual que como “reformó” Internet. La crisis actual ofrece un adelanto de un tal sistema global “reformado”.

Una globalización alternativa, a la china

La globalización funciona siempre que los participantes, al menos los principales, siguen las mismas reglas del juego. Los comunistas chinos, sin embargo, usan las suyas. Hoy, tras dos décadas de China en la OMS, la epidemia nos muestra que esta situación es insostenible.

Las autoridades lograron no solo censurar Internet, sino también implementar un sistema de vigilancia electrónica a lo Orwell

El colapso sin precedentes causado por la pandemia simboliza el fin de la globalización tal como la conocemos desde 1989. La pregunta es qué pasa después. ¿Logrará Pekín instalar su visión de un sistema alternativo de “globalización china” bajo eufemismos como la “comunidad de destino de la humanidad”? ¿O pondrá la crisis fin a las ambiciones globales chinas? Lo que es cierto es que el sistema actual de reglas dobles ya no es viable.

Poder y enfermedad

Es por ello que la crisis de salud actual se ha convertido, en palabras del jefe de política exterior de la UE, Josep Borrell, una “batalla global de narrativas”, acompañada de la mobilización masiva del aparato propagandístico chino. Pekín trata de desviar la atención hacia China como el salvador de la pandemia, en vez de como su origen, para poder fortalecer su ambicionado liderazgo de la comunidad global en la Nueva Era. Una de sus principales herramientas es la diplomacia de mascarillas, es decir, la politización de la provisión de equipamiento médico a áreas afectadas.

Se trata del mismo equipamiento que, más discretamente, viajó del resto del mundo a China. A diferencia de China, los estados democráticos no disponen de departamentos de propaganda con un vasto aparato burocrático y métodos bien diseñados para influir en la mente humana. Usan otras reglas de juego.

El resto del mundo no tiene mejor defensa contra el actual ataque propagandístico de Pekín que la calma y el sentido común. Sin embargo, estas cualidades suelen sufrir en tiempos traumáticos. El miedo lleva a la gente hacia los salvadores imaginarios que les ofrecen los grupos de lobby locales. La pandemia amenaza no solo nuestros pulmones, sino también nuestra mente colectiva. El futuro es incierto.

**Martin Hála es sinólogo de la Universidad Charles de Praga y fundador y director de Sinopsis.cz, proyecto que ofrece análisis de temas relacionados con China en Europa.

Tribuna Internacional
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