La carta que debería hacer pensar a la nueva izquierda española

Hoy, viejas instituciones como el 'New Yorker' o algunos sectores del partido demócrata están repletas de jóvenes ambiciosos que creen que están logrando colonizar los viejos espacios liberales

Foto: Manifestación de jóvenes en Los Ángeles. (EFE)
Manifestación de jóvenes en Los Ángeles. (EFE)

El pasado lunes, 'Harper’s', una respetada revista de izquierdas editada en Nueva York, publicó una carta titulada “Sobre la justicia y el debate abierto”. En ella, se afirmaba que “el libre intercambio de información y de ideas, la savia de una sociedad liberal, se está limitando cada día más. Aunque es algo que esperábamos de la derecha radical, en nuestra cultura la vocación censora se está extendiendo de una manera más general: la intolerancia frente a las opiniones contrarias, la moda de avergonzar en público y enviar al ostracismo, y la inclinación a reducir cuestiones políticas complejas a una certidumbre moral cegadora. Nosotros defendemos el valor de las discusiones intensas e incluso hirientes, vengan de donde vengan”. Y lamentaba una tendencia que se ha ido generalizando en departamentos universitarios, revistas y editoriales estadounidenses vinculados a la izquierda: “Se despide a editores por publicar artículos controvertidos; se retiran libros por su supuesta falta de honestidad; se impide que los periodistas escriban sobre ciertos asuntos; se investiga a profesores por citar en clase determinadas obras literarias”.

La carta estaba firmada por decenas de intelectuales anglosajones, como Martin Amis, Anne Applebaum, Noam Chomsky, Michael Ignatieff, Mark Lilla, George Packer, JK Rowling o Salman Rushdie, muchos de ellos de izquierdas y en gran parte mayores de 45 años. La carta era una respuesta a una nueva cultura de izquierdas —o al resurgimiento de una vieja cultura, si se prefiere— que ha abandonado los principios 'liberales' (una palabra que en Estados Unidos suele identificarse con los postulados de centroizquierda de Obama o Clinton) para pasarse a los principios más radicales del 'progresismo' o el 'socialismo democrático', que defienden no solo políticas económicas más de izquierdas (de la sanidad universal a los impuestos más elevados para las rentas altas) sino una especie de revolución cultural que sane las heridas provocadas por lo que consideran un historial de luchas de clase, raciales y de género.

Esto último pasa por una serie de actitudes que a la vieja izquierda le resultan difíciles de entender. Está, por ejemplo, la creación de los llamados 'espacios seguros', muchas veces en las universidades, que son lugares donde las personas que se sienten marginadas (por su raza, orientación sexual o, en general, por su identidad) pueden tener la certidumbre de que no estarán expuestas a un lenguaje que les ofenda. Está también la 'cultura de la cancelación', algo que abarca desde el boicot o el acoso 'online' a personajes públicos que han expresado ideas racistas o machistas, hasta la retirada de invitaciones para hablar en universidades o instituciones culturales. En las últimas semanas, también ha cobrado protagonismo el derribo de estatuas públicas que celebran personajes identificados con el pasado racista de Estados Unidos, desde militares confederados de la Guerra de Secesión a Cristóbal Colón.

De esta corriente tampoco se escapan los medios de comunicación vinculados a la izquierda. A finales de 2018, la 'New York Review of Books' —una venerable revista de críticas de libros y largos ensayos— despidió a Ian Buruma después de que publicara un artículo en primera persona de Jian Gomeshi, un aborrecible presentador de televisión acusado varias veces de abusos sexuales y maltratos, pero nunca condenado judicialmente. Hace unas semanas, el jefe de Opinión de 'The New York Times', James Bennett, fue obligado a dimitir tras publicar un artículo de opinión de un senador republicano, Tom Cotton, que pedía el uso del ejército contra las manifestaciones antirracistas ('The New York Times' es un periódico de izquierdas, pero tiene la sana costumbre de contar con columnistas conservadores; es verdad, en todo caso, que el artículo de Cotton se salía del tono moderado y prudente de sus colaboradores de derechas habituales).

Los viejos liberales se preguntan a qué se debe esta deriva contraria al pluralismo, instigada por los jóvenes y asumida por una parte de sus mayores

Los viejos liberales se preguntan a qué se debe esta deriva contraria al pluralismo, instigada por los jóvenes y asumida con complacencia por una parte de sus mayores: ¿qué le pasa al antiguo izquierdismo tolerante y liberal? ¿A qué viene ahora este brote autoritario y radical, en un momento en el cual la izquierda haría bien en unirse para derrotar a Donald Trump en las próximas elecciones y recomponer un país brutalmente polarizado? Hay muchas respuestas posibles, pero una de ellas es el ajuste de cuentas generacional: muchos de los mayores que hoy firman la carta de 'Harper’s' fueron los radicales que en los años sesenta participaron en la revolución cultural de 1968, se manifestaron contra la guerra de Vietnam y acusaron a sus mayores de perpetuar un orden fascista. Poco a poco, se fueron integrando en el 'establishment', moderaron sus opiniones o, en todo caso, lograron llegar a la cima de la vida intelectual sin necesidad de abandonar un radicalismo que para entonces era más estético que otra cosa. Los jóvenes actuales les consideran unos traidores y piensan que no fueron tan lejos como debían. Como todos los jóvenes de todas las generaciones, los nuevos socialistas democráticos creen que ellos no cometerán ese error.

Viejas instituciones como el 'New Yorker' o el partido demócrata están repletas de jóvenes que creen estar colonizando espacios. Y en parte es así

Es evidente que lo cometerán. Hoy, viejas instituciones como la 'New Republic', el 'New Yorker' o algunos sectores del partido demócrata están repletas de jóvenes ambiciosos que creen que están logrando colonizar los viejos espacios liberales, para imponerles su mirada radical y fresca. En parte, está sucediendo eso. Pero está ocurriendo sobre todo lo contrario: esas viejas instituciones están colonizando a los radicales, y lo harán hasta normalizarles y convertirles en un nuevo 'establishment', ruidoso pero esencialmente inocuo.

El cambio es parcialmente inevitable. Los conservadores tienden a resistirse a él, pero cada vez con mayor fatalismo. Y, en realidad, una parte importante de la conversación sobre las clases sociales, la raza y el sexo tiene mucho sentido. Pero estos jóvenes radicales, como los 'baby boomers' de hace 50 años, aunque estén plenamente convencidos de ser más bien libertadores, tienen fuertes instintos autoritarios. Con suerte, sabrán reconducirlos, como hizo buena parte de sus predecesores. Para ello, deberán tener la valentía de traicionarse a sí mismos.

Tribuna Internacional
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