En defensa de Mark Rutte, un auténtico abanderado de la democracia

El PSOE es, de puertas para adentro, un abanderado de la defensa de los DDHH, pero nunca hizo esfuerzos para que se abran camino al sur del Estrecho ni para que se consoliden en Europa del este

Foto: El primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte. (Reuters)
El primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte. (Reuters)
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Mark Rutte, el primer ministro de los Países Bajos, será rememorado como el político liberal que en la cumbre europea de julio trató de rebajar la cuantía del fondo de reconstrucción y condicionar la entrega de esas ayudas a lo que él consideraba su buen uso por parte de sus principales destinatarios, Italia y España. Quizás se merezca ser recordado por algo más noble.

Rutte se esforzó también, pero de esto apenas se ha escrito, en supeditar la entrega de esas subvenciones y préstamos al respeto de los valores democráticos. Esa exigencia, que no prosperó, no estuvo dirigida a los países del sur sino a Polonia y Hungría, dos Estados miembros cuyos sistemas políticos tienden a ser autocráticos.

Días antes de que se iniciase el Consejo Europeo, Rutte manifestó en La Haya su “gran preocupación” por la evolución de esos dos países. “Tenemos el principio del Estado de derecho y de la democracia; Europa no es solo un mercado y una moneda sino también una comunidad de valores a la que se le puede poner condiciones”, añadió.

Ya en Bruselas, Rutte, respaldado por algún otro de los llamados países “frugales”, se enfrentó con Viktor Orbán, el primer ministro húngaro, que acumula tantos poderes que va camino de convertirse en un autócrata. “No sé cuál es la razón personal por la que el primer ministro neerlandés me odia a mí o a Hungría, pero está atacando con dureza y dejando muy claro que, porque Hungría no es, en su opinión, un Estado de derecho, debe de ser castigada económicamente”, declaró Orbán en los pasillos de la cumbre. Afirmó incluso que Rutte tenía “un estilo comunista”, lo que para el húngaro es la peor de las descalificaciones.

Rutte no logró su propósito en Bruselas, como tampoco tuvo mucho éxito la Comisión Europea. Desde 2017 ha abierto expedientes a Chequia, Hungría y Polonia por incumplir sus compromisos de acogida de refugiados. A Orbán le reprocha incluso negarse a facilitar alimentos a inmigrantes irregulares detenidos y al primer ministro polaco, Mateusz Morawieck, querer recortar la independencia judicial. Fue el comisario neerlandés, Frans Timmermans, el que puso en marcha hace tres años esos primeros expedientes sancionadores que ahora están paralizados.

Ni antes, ni durante, ni después de la cumbre ningún dirigente relevante de los países del sur expresó su preocupación por las tendencias autocráticas que afloran en Europa central empezando quizás por Hungría. No lo ha hecho Pedro Sánchez, pero tampoco Emmanuel Macron, presidente de un país que se describe con frecuencia como la “patria de los derechos humanos”. Desde que proclamó en marzo el Estado de emergencia, ahora en teoría suspendido, Orbán gobierna por decreto y es el líder político europeo que más poder acumula.

La preocupación democrática de los Países Bajos va más allá de las fronteras de la UE. Abarca a esos países como Turquía y Marruecos que tienen una relación privilegiada con Europa que le brinda cuantiosas ayudas. En marzo de 2017, Rutte vetó la entrada en el país del ministro de Asuntos Exteriores turco y expulsó a la ministra de Familia que querían presidir mítines incitando a los inmigrantes turcos a votar sí en el referéndum constitucional que incrementó los poderes del Recep Erdogan y recortó la democracia en Turquía.

El contrapunto es España, donde, por ejemplo, Casa Árabe, un organismo dependiente de Asuntos Exteriores, censuró en marzo de 2016, después de haberlo anunciado en su web, un debate sobre 'Turquía en la actualidad: reconfiguración política y libertad de prensa'. Un año después, el Real Instituto Elcano, muy vinculado a Exteriores, atendió la exigencia de la Embajada de Turquía y borró de la lista de 200 invitados a la conferencia del jefe de la diplomacia turca, Mevlüt Çavusoglu, a dos miembros de la oposición moderada turca. Çavusoglu explicó en Madrid, entre otras cosas, las bondades de aquel referéndum.

En los Países Bajos hay unos 300.000 inmigrantes marroquíes, muchos de ellos originarios del Rif, lo que acrecienta la sensibilidad de su clase política por lo que sucede en el reino de Mohamed VI. Quizás por eso, cuando en la primavera de 2018 empezó en Casablanca el juicio de los líderes de la revuelta del Rif, solo había en la sala diplomáticos de un país europeo: los Países Bajos. España colonizó el Rif y, sobre todo en Cataluña, acoge también a un buen número de inmigrantes rifeños, pero ningún diplomático asistió al juicio.

En abril de ese año Stef Blok, el ministro neerlandés de Asuntos Exteriores, viajó a Rabat y sacó a relucir en su conversación con su homólogo, Nasser Burita, la situación de los derechos humanos en el Rif. Burita le contestó en público que su país no recibía lecciones de nadie. En septiembre de 2018, el Parlamento de La Haya publicó un informe sobre la situación en el Rif que provocó la inmediata convocatoria de la embajadora neerlandesa en Rabat, Desirée Bonis.

La actividad de la diplomacia de los Países Bajos no se ciñe al Rif. “Estoy entristecido porque las autoridades marroquíes hayan condenado recientemente a dos parejas homosexuales a penas de cárcel de hasta tres años”, escribió, en mayo de 2013 en la página Facebook de su embajada en Rabat, el embajador Gérard Strikker. “Esas condenas van, en mi opinión, en contra de la Declaración Universal de Derechos Humanos (…)”, añadió. El Instituto Neerlandés en Rabat acogió ese mismo mes una exposición fotográfica del Movimiento Alternativo para las Libertades Individuales, una asociación marroquí, que constituía un alegato contra la homofobia.

Nunca un embajador español se ha expresado en términos parecidos a Gérard Strikker y en ninguno de los centros del Instituto Cervantes en Marruecos se podrá ver una exposición parecida, ni tampoco en Casa Árabe, a la del Instituto Neerlandés. El PSOE es, en el Gobierno y en la oposición, un abanderado de la defensa de los derechos LGTBI, pero, como tantos otros valores en los que Rutte hacía hincapié, nunca ha hecho esfuerzos para que se empiecen a abrir camino del otro lado del Estrecho ni para que se consoliden en la antigua Europa del este.

Tribuna Internacional
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