Cuba, Israel y ahora Venezuela: así utilizamos la política exterior

Cuba parece haberse desvanecido del imaginario político español y ahora el recurso preferido para señalar la supuesta radicalidad del Gobierno es Venezuela

Foto: La ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya. (EFE)
La ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya. (EFE)

En España, la política exterior casi siempre ha servido para hacer política interna. No es una rareza en el mundo occidental, pero aquí ha tenido rasgos propios por la cercanía cultural y lingüística con América Latina. Así, durante décadas, Cuba estuvo muy presente en la política española: aunque Adolfo Suárez y Manuel Fraga se llevaron bien con Fidel Castro, la derecha en ocasiones presentó los intentos de Felipe González de impulsar en la isla una apertura como la del mundo soviético en 1989 como un gesto de complicidad. Justo 30 años después, cuando los reyes Felipe y Letizia viajaron al país, 'ABC' culpó al Gobierno de Pedro Sánchez de enviar a los Reyes a una “tiranía contemporánea que niega las libertades elementales a la población”. Naturalmente, la descripción que hacía 'ABC' del régimen cubano era precisa, y sin duda el editorial expresaba la genuina preocupación de los españoles por el pueblo cubano, pero era sobre todo un ataque más de política interna.

Cuba, sin embargo, parece haberse desvanecido del imaginario político español y ahora el recurso preferido para señalar la supuesta radicalidad del Gobierno es Venezuela. No es que el Gobierno lo haya puesto difícil. La relación de buena parte de los fundadores de Podemos con el bolivarismo está bien documentada (y, sin duda, debería haberles penalizado políticamente), y el inefectivo papel mediador de José Luis Rodríguez Zapatero en Venezuela o la oscura reunión del ministro Ábalos con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, en el aeropuerto de Barajas tampoco ayudan. Pero aunque los líderes de Vox sientan una verdadera solidaridad con los pobres venezolanos que sufren la ineptitud y la crueldad de Maduro y su Gobierno, Venezuela es un asunto útil para dañar al Gobierno. Así es la política exterior. Un martillo distante para golpear al rival doméstico.

Con todo, en los últimos años, la transformación más radical en el uso de los asuntos externos para la batalla política interna tiene que ver, no ya en España, sino en todo Occidente, con Israel y Oriente Medio.

Hace apenas dos décadas, la opinión sobre Israel, su derecho a existir como democracia rodeada de países hostiles y sus conexiones con Estados Unidos eran el tema central de la discusión política occidental. Una vez prácticamente desaparecidos los sionistas de izquierdas, Israel se había convertido en un indicador para conocer tu posición política: si eras partidario no solo de su existencia sino de sus agresivas políticas defensivas, sin duda eras un derechista; si dudabas de su derecho a existir o, en todo caso, creías que había utilizado ese derecho para infligir a los palestinos unos daños desproporcionados e intolerables, probablemente eras de izquierdas. Todo giraba alrededor de esa superficie de tierra comparativamente pequeña: Bush y los evangélicos, la guerra de Irak, los conflictos petroleros, la amistad con Arabia Saudí o la enemistad con Irán.

Hoy en día, por supuesto, nada de eso ha desaparecido totalmente. Donald Trump trasladó la embajada estadounidense en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, según dijo él mismo, para satisfacer a los evangélicos de Estados Unidos, no a los israelíes. “Los cristianos están más entusiasmados que los judíos”, afirmó, asombrado. El establecimiento de relaciones diplomáticas entre Emiratos Árabes Unidos e Israel es, en parte, un logro estadounidense que el presidente Trump venderá a sus votantes como una muestra de su capacidad para llegar a 'deals'. Eso, a pesar de que el propuesto por su yerno Jared Kushner para pacificar las relaciones entre israelíes y palestinos sea un ejemplo de lo contrario: su renuencia a llegar a determinados 'deals'. La guerra de Siria tensa las relaciones, dentro de la OTAN, entre Francia y Turquía; y entre todos y Rusia.

Pero lo cierto es que Oriente Medio ya no es el centro del mundo y el mayor generador de ideologías y estrategias geopolíticas. Tal vez los países árabes hayan dejado de fingir que están enormemente preocupados por los palestinos. Quizá los izquierdistas europeos piensen que, después de 11 años de Benjamin Netanyahu como primer ministro y un progresivo endurecimiento de sus políticas, ya no valga la pena seguir insistiendo en salvar a los israelíes de sí mismos. Quizá los conservadores europeos se hayan cansado de meterse en una batalla en la que poco tienen que ganar. Quizá sea que Estados Unidos, ya desde la época de Obama, ha decidido que no vale la pena seguir gastando cantidades asombrosas de dinero, esfuerzo y vidas en una región que cada vez es menos estratégica e influyente en la política interna y de la que depende cada vez menos en materia energética.

La siguiente cuestión de política exterior que deberíamos discutir es la creciente influencia política, tecnológica y económica de China

De vuelta a España, en 1986, 11 años después de la muerte de Francisco Franco, que era muy proárabe, Felipe González firmó el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel. La derecha no se opuso. Años más tarde, entusiasmado por visiones nítidamente estadounidenses que seguían viendo Oriente Medio en términos muy influidos por la Biblia, el apocalipsis y la redención, José María Aznar adoptó una firme postura proisraelí, inédita en la tradición conservadora española. Lo cual generó un ruido enorme, animadversiones y acusaciones relacionadas con asuntos internos que poco o nada tenían que ver con el conflicto en Oriente Medio. Ahora, hemos desplazado esa batalla a Venezuela, pero esta debería dar para poco. Hoy, ni siquiera los dirigentes de Podemos repiten su defensa airada del bolivarismo y su colosal ruina, y se limitan a escurrir el bulto y señalar a Trump y al viejo imperialismo yanqui. No hay otra solución decente que ayudar a los venezolanos a hacer una transición hacia la democracia.

Si a la política española le quedara algo de cordura, con todo, la siguiente cuestión de política exterior que deberíamos discutir a fondo, a la que tenemos que enfrentarnos por su dificultad y sus enormes consecuencias para todos los occidentales a medio plazo, es la creciente influencia política, tecnológica y económica de China. Ese es el problema exterior importante ahora mismo. Tal vez una vez más lo utilizáramos para darnos martillazos partidistas. Pero al menos estaríamos hablando de lo que importa.

Tribuna Internacional
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