Las lecciones que Europa puede sacar de las elecciones de Estados Unidos
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Ramón González Férriz

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Las lecciones que Europa puede sacar de las elecciones de Estados Unidos

La táctica electoral de Trump (afirmar que él era la última barrera ante la llegada de una coalición de radicales de izquierda que pretende socavar los principios de la familia) no es nada nuevo

placeholder Foto: Manifestantes en favor de Biden, en la embajada de EEUU en Berlín. (Reuters)
Manifestantes en favor de Biden, en la embajada de EEUU en Berlín. (Reuters)

La política europea es muy distinta de la estadounidense por muchas razones: desde una mayor homogeneidad racial hasta los sistemas electorales, por no hablar de la tradición cultural. Pero los intelectuales, los asesores de comunicación y los políticos europeos viven tan obsesionados con Estados Unidos, y adoptan en tal medida sus técnicas y sus estados de ánimo, que tiene sentido pensar que las tendencias que ahora estamos viendo allí se reproducirán pronto en el seno de la Unión Europea. Estas son algunas de las lecciones que puede sacar Europa de las elecciones de este 3 de noviembre.

- La polarización funciona. La táctica electoral de Donald Trump, consistente en afirmar que él era la última barrera ante la llegada de una coalición de radicales de izquierda, antirracistas totalitarios y feministas que pretende socavar los principios de la familia, es cualquier cosa menos nueva. Lleva funcionando desde, por lo menos, los años sesenta. La noticia es que sigue haciéndolo con gran eficiencia: en este caso, como Biden es un hombre moderado, el argumento de Trump ha sido que su moderación es en realidad una forma de debilidad, que permitirá que le impongan una agenda radical si llega a presidente (en el momento de escribir esto, parece que ha ganado las elecciones). En las sociedades muy polarizadas, como son cada vez más las europeas, la derecha puede utilizar este mecanismo con eficacia, ya que muchas personas de clase media prefieren un Gobierno un poco más conservador, pero respetuoso con las formas de vida mayoritarias y reacio aunque no represivo frente a las minorías, que el riesgo de lo que perciben como un autoritarismo de izquierdas. Hoy en día, en España, el apoyo a Vox de antiguos liberales es la mejor muestra de ello.

Foto: Un simpatizante de Donald Trump viste careta con la bandera estadounidense. (EFE) Opinión

- El peor enemigo de la izquierda es la izquierda radical. Movimientos como Black Lives Matter y las discusiones sobre los matices de la cishomonormatividad, la elección del pronombre por el que se quiere ser llamado o el baño que deben utilizar las personas de género no binario pueden tener sentido. En Estados Unidos, la minoría negra sigue siendo desproporcionadamente pobre, con todo lo que ello acarrea, y el principio básico del liberalismo dice que uno debe poder escoger su identidad y que esta debe ser protegida por el Gobierno en la misma medida que la identidad de la mayoría. Pero justificados o no, lo cierto es que estos movimientos provocan un enorme rechazo retórico en algunos sectores del conservadurismo, del centro e incluso de la izquierda, y motiva su voto. Este rechazo se debe en parte a las ramificaciones violentas, muy minoritarias pero reales, de algunas de estas expresiones: algunas de las manifestaciones de Black Lives Matter derivaron en disturbios. Pero, además de eso, estos movimientos deben ser conscientes de que ese rechazo genera motivación y que se produce un contraataque que no es solo cultural, sino también electoral y político. Es posible que la postura radical anti-Trump (o su equivalente europeo) genere gente que se sienta, más que pro-Trump, anti-anti-Trump. No intentaré convencer a ningún radical para que deje de serlo: le diré que, aun en caso de que tenga razón, es probable que esté reforzando a sus adversarios.

- Todos queremos leer, ver y escuchar informaciones y opiniones que refuercen nuestros prejuicios. Es humano. Pero cuando las empresas periodísticas solo aspiran a llegar a un determinado perfil ideológico —lo cual es comprensible en términos de negocio— y no se esfuerzan por tener algo que decir a todos los ciudadanos, independientemente de su ideología, las consecuencias pueden ser catastróficas para el funcionamiento de la democracia. Y, algo más simple, para el de la convivencia. Un informe del Centro de Investigación Pew muestra que dos tercios de los votantes republicanos confían en la cadena televisiva conservadora Fox, mientras que dos tercios de los demócratas desconfían de ella; los porcentajes son parecidos, aunque inversos, en el caso de la CNN, una cadena progresista. 'The New York Times' hace un esfuerzo por buscar la ecuanimidad al contar con columnistas conservadores y contrarios a la línea editorial del periódico, pero es dudoso que eso sirva de algo. Otros medios ni siquiera lo intentan. Los medios se deben a sus clientes. Es comprensible. Pero tienen una responsabilidad mayor, especialmente en tiempos de las redes sociales, que tienden a amplificar las 'campanas de eco' (lugares donde solo resuenan unas ideas y no otras) que constituyen muchos medios. Si no lo hacen los periódicos, deben hacerlo los ciudadanos: comprométase a leer cada día algo con lo que no esté de acuerdo pero que pueda no odiar.

Manifestantes gritan su rechazo a Trump en Washington

- Yascha Mounk es un brillante politólogo estadounidense. En un artículo reciente, contaba que, hace años, presentó un trabajo universitario sobre la manera en que se degradaban las democracias y, en particular, la estadounidense. Su mentor le regañó: las instituciones democráticas de Estados Unidos y Europa, le dijo, eran sólidas y parecía disparatado que “muchos ciudadanos se puedan desengañar con el sistema o que eso pueda suponer un riesgo” para las instituciones. Un artículo de 'The New York Times' le llamó “la persona más pesimista” en el debate sobre la cuestión. Con todo, decía Mounk, ahora que todo el mundo es pesimista ante el daño que puedan haber sufrido las instituciones estadounidenses tras la presidencia de Donald Trump, o el que puedan sufrir si rechaza el resultado electoral, él era optimista. El ejército y la judicatura seguían siendo independientes, los gobernadores locales controlaban las elecciones, la prensa era libre. “No estamos al borde de la guerra civil. Si el ganador de las elecciones sigue sin estar claro durante muchos días o semanas, aumentará la tensión, y podrían producirse confrontaciones violentas (...). Pero por trágicos y terribles que puedan ser los próximos días, un puñado de confrontaciones no son una guerra civil”, afirmaba. En esa paradoja se mueven también los países europeos: por un lado, la constante vigilancia del uso que hace el Gobierno de las instituciones, porque este puede resultar muy dañino; por el otro, la constatación, tras muchos gobiernos de todos los partidos, de que las instituciones aguantan razonablemente bien aunque los mandatarios quieran destruirlas. Y en Europa hay muchos que quieren hacerlo. Así que debemos hacer algo paradójico: defenderlas al mismo tiempo que repetimos que son fuertes.

La política europea es muy distinta de la estadounidense por muchas razones: desde una mayor homogeneidad racial hasta los sistemas electorales, por no hablar de la tradición cultural. Pero los intelectuales, los asesores de comunicación y los políticos europeos viven tan obsesionados con Estados Unidos, y adoptan en tal medida sus técnicas y sus estados de ánimo, que tiene sentido pensar que las tendencias que ahora estamos viendo allí se reproducirán pronto en el seno de la Unión Europea. Estas son algunas de las lecciones que puede sacar Europa de las elecciones de este 3 de noviembre.

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