El optimismo de Europa por el triunfo de Biden puede ser un error caro
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Ramón González Férriz

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El optimismo de Europa por el triunfo de Biden puede ser un error caro

La Comisión Europea, los gobiernos europeos e incluso el de EEUU ya están haciendo planes para reconstruir las relaciones rotas durante la presidencia de Trump, pero los peligros son numerosos

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Angela Merkel y Emmanuel Macron, en una videoconferencia reciente. (Reuters)

Como era de prever, todo son alegrías en el viejo Occidente. Así lo destacan informes, declaraciones y filtraciones recientes, en Washington y las capitales europeas. Pero quizás ahora que está a punto de empezar la fiesta, sea un buen momento para cerrar la barra libre.

Hace unos días, el European Council on Foreign Relations, uno de los 'think tanks' liberales más importantes de Europa, publicó con indisimulado alivio un informe sobre las relaciones entre la UE y Estados Unidos tras la presidencia de Trump. “La elección de Joe Biden marca una nueva era en la relación transatlántica”, decía. “Para mantener el orden liberal, a Estados Unidos le conviene una Europa que sea un socio soberano, no uno dependiente e incapaz”. La UE debe ayudar a EEUU en su rivalidad con China, decía, al tiempo que asume más responsabilidades en Europa del Este, Oriente Medio y África. “Los años de Trump han galvanizado los esfuerzos europeos para fortalecer su soberanía”. Pero los europeos deben llevar a cabo un “cambio fundamental de mentalidad”, reprimir “toda nostalgia por el viejo orden y decidir cómo pueden contribuir a crearlo de nuevo”.

Foto: Manifestantes en favor de Biden, en la embajada de EEUU en Berlín. (Reuters) Opinión

Ayer, en una entrevista con el 'New York Times', Biden parecía dar la razón al ECFR y a la mayor parte de los actores europeos en las relaciones internacionales. “La mejor estrategia con China, creo, es aquella en la que todos nuestros aliados —o, al menos, quienes antes eran nuestros aliados— están de acuerdo. En las primeras semanas de mi presidencia, volver a ponernos de acuerdo con nuestros aliados será una prioridad fundamental”, decía. Su entrevistador, Thomas Friedman, añadía: “Los líderes de China tenían sus discrepancias con Trump, pero sabían que mientras él fuera presidente, Estados Unidos no sería capaz de galvanizar una coalición global contra ellos. La estrategia de Biden, si logra desarrollarla, no será una buena noticia para China”.

La UE y EEUU tienen una oportunidad “que solo se da una vez cada generación” para reafirmar su alianza y enfrentarse al “reto estratégico” de China

Pero eso no es todo. La Comisión Europea también ha elaborado un documento, 'Una nueva agenda UE-EEUU para el cambio global', en el que asegura que la relación entre los dos países requiere “mantenimiento y renovación” para que el mundo democrático pueda hacer frente a los “poderes autoritarios” y a las “economías cerradas que explotan la apertura de la que dependen nuestras sociedades”. La UE y EEUU tienen una oportunidad “que solo se produce una vez cada generación” para reafirmar su alianza y enfrentarse al “reto estratégico” que representa China. La cooperación, dice el informe, debe abarcar todos los aspectos imaginables, del control de la inversión extranjera a la lucha contra el 'hackeo'. “El borrador refleja el optimismo y el alivio de Bruselas”, dijo el 'Financial Times', el medio al que se filtró inicialmente el documento, “pero también preocupación, porque los años de ásperas relaciones transatlánticas han dado la iniciativa política a Pekín”.

De modo que todo bien para la vieja alianza atlántica, ¿verdad? Con un poco de suerte, podremos repetir los años de la Guerra Fría. Estados Unidos protege a Europa, pero le insiste en que espabile con el gasto en defensa y no abandone sus 'zonas de influencia' tradicionales. Frente al rival comunista, los dos son aliados, pero el primero es el policía malo y el segundo, el bueno. Los alemanes insisten en la inevitabilidad de este pacto, el impetuoso líder francés (ayer De Gaulle, hoy Macron) se revuelve porque quiere mayor protagonismo en este esquema y, al mismo tiempo, más independencia de Europa con respecto a EEUU. España dice que sí a todo para no meterse en líos.

Foto: Donald Trump. (Reuters) Opinión

Aunque pueda sonar paródico, no es un mal plan. Sin duda, es preferible a la pelea de todos contra todos que aparentemente promovía Trump, y es más prudente que la plena 'autonomía estratégica' que algunos desearíamos para la UE. Por encima de todo, es un plan tranquilizador. Hace un par de años, el que será el secretario de Estado de Joe Biden, Antony Blinken, escribió en el 'Washington Post': “Debemos insistir en la competencia dentro de un sistema basado en reglas que protejan a nuestra gente del agresivo capitalismo de Estado de las autocracias modernas. Deberíamos utilizar nuestro poder de mercado para establecer los estándares más elevados para la protección de los trabajadores, el medioambiente, la propiedad intelectual y los salarios de la clase media, al mismo tiempo que insistimos en la transparencia y la reciprocidad comercial básica. En otras palabras: os trataremos tal como vosotros nos tratéis a nosotros”. En un escenario sin Angela Merkel, que se marcha en septiembre del año próximo, es lo más parecido a un arrullo. El mundo es distinto, inevitablemente no todo irá bien, pero volvemos a un territorio conocido. Uno en el que la información más relevante ya no será conocer de qué humor se ha levantado el líder estadounidense ni la pista más fiable su cuenta de Twitter.

El primer riesgo es que la nueva situación induzca a la pereza intelectual y el exceso de optimismo

Pero todo esto tiene enormes riesgos, más allá de la nostalgia que señalaba el informe del ECFR. Y el primero es que induzca a la pereza intelectual y el exceso de optimismo. Aunque esa alianza histórica se renueve y refuerce, lo que es del todo deseable, no está claro que dispongamos de las herramientas necesarias para hacer frente a una amenaza de nueva naturaleza como es el auge de China. Seguimos sin saber qué tipo de globalización viable volvería a beneficiar económicamente a la mayoría de los trabajadores occidentales. No tenemos una idea precisa de la clase de capitalismo —con mayor control estatal, políticas monetarias ultralaxas y un endeudamiento sin precedentes en tiempos de paz— en el que vamos a vivir. No hay manera de saber en qué direcciones evolucionará una tecnología que, como todas las que la precedieron, tiende a adoptar vida propia y a escapar de los objetivos iniciales para los que fue concebida.

El alivio es comprensible. El optimismo es bienvenido. Pero en los próximos meses, también vamos a necesitar una cantidad razonable de aguafiestas para que el entusiasmo no se nos suba a la cabeza.

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