El giro europeísta de Salvini: una victoria para la UE y una molestia para los eurobeatos
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Ramón González Férriz

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El giro europeísta de Salvini: una victoria para la UE y una molestia para los eurobeatos

Esta semana, Salvini no solo ha mostrado su apoyo al nombramiento de Draghi como primer ministro de Italia, sino que ha afirmado: "Queremos que Italia sea protagonista en Europa"

Foto: Matteo Salvini acude a una reunión con el presidente italiano, Sergio Mattarella. (Reuters)
Matteo Salvini acude a una reunión con el presidente italiano, Sergio Mattarella. (Reuters)

Cuando Mario Draghi presidía el Banco Central Europeo, Matteo Salivini, el líder de la Liga, apareció en varias ocasiones con una camiseta que rezaba 'Basta euro' y participó en actos con ese lema. Esta semana, sin embargo, no solo ha mostrado su apoyo al nombramiento de Draghi como primer ministro de Italia, sino que ha afirmado: “Queremos que Italia sea protagonista en Europa. Nos interesa que se defienda el interés nacional en la UE”. Preguntado si, de repente, se había convertido al europeísmo, Salvini afirmó que no le interesaban las etiquetas políticas. “Soy pragmático”, dijo.

Es un cambio sorprendente. Y, en buena medida, puramente interesado. Es posible que Draghi nombre ministro a Salvini. Sin duda, a medio plazo, el objetivo de Salvini es que su partido se convierta en la gran formación italiana de centro derecha, para lo que necesita moderar su imagen y asumir el europeísmo más o menos resignado con el que se identifica la mayor parte de los italianos. Para lograrlo, incluso abrió la posibilidad de que en el Parlamento Europeo su partido abandone el grupo Identidad y Democracia —una alianza de euroescépticos a la que también pertenece el partido de Marine Le Pen— para pasarse al de los conservadores moderados —el del PP español—. En todo caso, sabe bien que Italia necesita los 200.000 millones de euros de los fondos europeos de recuperación, y que necesita gestionarlos mejor que los fondos ordinarios.

Foto: Mario Draghi acepta el encargo de formar Gobierno. (EFE) Opinión

Este giro forma parte, pues, de una estrategia electoral. Pero también dice algunas cosas de la evolución de la derecha autoritaria en Europa occidental y de su percepción de la UE. En una entrevista de octubre de 2020, Santiago Abascal se mostraba crítico con las políticas migratorias y la tendencia federalizante de la UE, pero afirmaba: “Nosotros no estamos planteando en ningún caso la salida de la Unión Europea ni del euro, no estamos planteando una posición antisistema”. La posición oficial de Reagrupamiento Nacional, el viejo Frente Nacional francés, ya no es la convocatoria de un referéndum de salida de la UE, sino convertir esta en una “alianza de naciones”, y en lugar de abandonar el euro, habla de que “quizá podamos establecer alguna forma de protección económica para nuestros países”.

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal. (EFE) Opinión

Ciertamente, Alternativa por Alemania considera que su país debe abandonar la zona euro, pero hoy en día su modelo es exactamente el que no debe seguir un partido autoritario si quiere llegar al poder, ya que AfD está en un declive que parece difícilmente reversible. En Países Bajos, el partido tradicionalmente contrario a la Unión Europea, el PVV de Geert Wilders, ha perdido buena parte de su atractivo y, si hace cuatro años se pensaba que podía ser la formación más votada (no lo fue), ahora, a un mes de las elecciones, está a más de 10 puntos de distancia de los liberal-conservadores y europeístas, a pesar de su renuencia a las políticas fiscales expansivas. El FvD, el nuevo partido que aspiraba a sustituir al PVV en el extremo derecho, ha implosionado después de generar unas expectativas enormes.

El país en el que mejor articulado estaba el euroescepticismo, Reino Unido, ya está fuera de la UE. El resultado de su salida es, por el momento, mediocre y el país se enfrenta ahora a un desmembramiento interno. Este está provocado, en parte, porque Escocia quiere volver a la UE como país independiente, y porque Irlanda del Norte puede acabar estrechando lazos con la República de Irlanda, miembro de la UE, y alejarse de Reino Unido.

El euroescepticismo no va a desaparecer de la UE. Pero el giro de Salvini y otros va a tener consecuencias dispares

Lo cual no significa que el euroescepticismo vaya a desaparecer de la UE. Pero sí es probable que implique dos cosas. La primera es que se ha hecho realidad una de las grandes obsesiones de los europeístas tradicionales: que el proyecto de la UE y el euro fueran vistos como procesos irreversibles y realidades políticas y económicas duraderas. Después de superar la crisis de la moneda en 2015, evitar que algún país saliera del euro y proponer un plan de recuperación del covid-19 que ningún país, por sí solo, podría haber diseñado, resulta prácticamente imposible imaginar una disolución a medio plazo de la Unión o del euro, o siquiera la salida de otro país. El hecho de que el euro se perciba como una realidad perdurable hace que se convierta en eso, lo cual, a su vez, lo hace más benéfico y deseable, incluso para quienes hasta ahora lo habían criticado con diferentes argumentos: por ejemplo, los italianos, que sostenían que su país no se había beneficiado de él. Por eso, este giro mayoritario en los euroescépticos es, en casi todos los sentidos, una gran noticia, aunque los motivos por los que se ha producido hayan sido tácticos.

La segunda es que esto no gustará demasiado a los eurobeatos. Sin embargo, deben asimilarlo. La UE necesita críticas internas que no sean tachadas de manera desdeñosa como fanáticas, nacionalistas y contrarias a la UE. La pésima gestión de las vacunas por parte de la Comisión de Ursula von der Leyen y el antiestético resultado del viaje de Josep Borrell a Moscú son solo dos casos recientes que evidencian que la UE necesita una oposición no tan distinta de la que existe en los parlamentos y los sistemas políticos y mediáticos nacionales. Incluso el proyecto general de la UE, sus grandes líneas maestras, requiere críticas duras, profundas y exigentes. No confío en que Abascal, Le Pen o Salvini puedan convertirse, ejerciendo el papel de opositores internos, en sus salvadores. Pero una vez ha quedado claro su compromiso con el proyecto, aunque sea porque lo perciben como irreversible, sus palabras deberían atenderse. Abascal se equivoca de pleno al creer que, ahora, la Europa del Tratado de Niza sería mejor que una con rasgos federalizantes, pero es una crítica legítima que quienes defendemos la federalización paulatina debemos saber responder.

El giro de Salvini es un triunfo para la UE. En muchos sentidos, es casi mejor que lo haya dado por 'pragmático' que por 'europeísta'. Porque eso significa que incluso los extremos identifican la UE como la solución práctica a nuestros problemas. Ahora, lo que debemos hacer es escuchar sus críticas sin hacer aspavientos.

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