¿Se pueden crear unas élites de calidad y cercanas al pueblo? Macron quiere intentarlo
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Ramón González Férriz

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¿Se pueden crear unas élites de calidad y cercanas al pueblo? Macron quiere intentarlo

Ha anunciado el cierre de la elitista escuela en la que se formaban muchos altos cargos. Ha prometido sustituirla por otra más meritocrática. Es probable que sea una promesa vacía

placeholder Foto: Macron, en una videoconferencia en la que explica el fin de la ENA. (Reuters)
Macron, en una videoconferencia en la que explica el fin de la ENA. (Reuters)

Cuando, en 1945, Charles De Gaulle creó la École Nationale d’Administration, quería que ese centro de estudios de élite para licenciados universitarios se convirtiera en una fábrica de altos funcionarios y políticos. Debía ser un lugar racional, puramente meritocrático, del que saliera una élite llamada a la 'noble' causa del servicio público y la Administración del Estado. En muchos sentidos, fue un éxito. De los ocho presidentes que ha tenido Francia en los últimos 60 años, cuatro estudiaron en la ENA (el último de ellos, Emmanuel Macron). También lo hicieron nueve de los 23 primeros ministros y un 15% de los ministros. Así como gobernadores del banco central, jefes del servicio de Inteligencia y presidentes de compañías públicas. Su impronta no solo ha sido perceptible en sus ideales republicanos, la ideología tecnocrática y la sofisticación intelectual. Casi se puede identificar a un 'enarqué' por la manera en que viste y habla.

Pero Emmanuel Macron, que se graduó en ella a principios de este siglo, ha anunciado que va a cerrarla. Hay buenas razones para hacerlo. En los últimos años, lo que pretendía ser una institución basada en el mérito únicamente resulta accesible para los hijos de la élite económica del país, que disponen del tiempo y el dinero suficiente para preparar un bizantino proceso de selección. Otras instituciones educativas también son fábricas de élites, como las universidades de Harvard, Yale o Princeton en Estados Unidos y Oxford y Cambridge en Reino Unido. Pero si estas últimas suelen admitir cada una a varios miles de alumnos todos los años, la ENA solo acepta a 80. Y mientras las instituciones estadounidenses tienen un generoso programa de becas, el número de estudiantes en la ENA con orígenes humildes ha pasado de ser escaso en sus inicios a casi inexistente en las últimas décadas. Los alumnos que terminan allí su formación tienen asegurado un puesto en la Administración que se les asigna de acuerdo con sus resultados, lo cual convierte los estudios en una competición despiadada.

Foto: Michel Foucault. Opinión


Macron —que, tras salir de la ENA, obtuvo uno de los puestos más codiciados, en la Inspection Générale des Finances, de donde luego pasó al banco de inversión Rothschild & Cie— anunció su desaparición hace dos años, en mitad de la crisis de los chalecos amarillos. En un acto prototípico de una élite que sería acusada de ignorar por completo las verdaderas preocupaciones de la gente mientras vive encerrada en un par de barrios ricos de París, el Gobierno había subido los impuestos a los combustibles fósiles. Parecía una buena idea para quienes vivían en las ciudades y querían incitar al uso del transporte público, pero generó un enorme malestar en zonas rurales dependientes del coche. Esa ira podía propiciar un crecimiento de la derecha autoritaria del Rassemblement National de Marine Le Pen —que el año que viene volverá a enfrentarse a Macron en unas elecciones presidenciales más reñidas de lo habitual—, pero sus implicaciones iban más allá de lo puramente electoral. Porque, efectivamente, la élite parisina ha dejado de entender a una parte importante de Francia y se comporta con una seguridad arrogante que en ocasiones parece una caricatura.

El inicio de la rectificación

El presidente se dio cuenta de esto y rectificó. De repente, el hombre emblema de la élite parisina, que era capaz de citar a Hegel en un discurso, quiso demostrar que entendía las preocupaciones del pueblo. Por ejemplo, en materia climática. La élite francesa, reconoció, le había dicho a la gente que tenía que trabajar y comprarse una casa. Pero como estas eran caras, la gente se las compraba a “40, 50 o 60 kilómetros de la gran ciudad”, dijo Macron en una entrevista. “El modelo de éxito es tener tu propio coche', y compraron dos coches. Se les dijo: ‘Para ser una familia, a los hijos hay que criarlos correctamente, tienen que ir al conservatorio y luego al club deportivo’, así que el sábado hacían cuatro viajes para llevar a sus hijos”. Ahora, seguía Macron, las mismas personas que les habían dictado esa forma de vida les decían a esas familias: “Sois grandes contaminadores. Tenéis una casa mal aislada, tenéis un coche y os hacéis 80, 100, 150 kilómetros. Al mundo nuevo no le gustáis”. La irritación era comprensible. Un primer paso, pues, era eliminar la ENA.

Foto: Foto de archivo del presidente francés, Emmanuel Macron. (EFE)

Y la semana pasada lo hizo oficial en una videoconferencia con 600 altos cargos del Estado: prefectos, embajadores, rectores de universidad... Es decir, la misma élite que Macron había reconocido que se equivocaba. El país debía seleccionar a sus jóvenes “a imagen de la sociedad”, les dijo, “en función de su mérito y no de su origen social o familiar”. El Estado debía mostrarse “más humano y más cercano a los ciudadanos”, dijo otra fuente de la presidencia. “Entre los problemas vitales de Francia, está uno que se constata todos los días, la ruptura absoluta entre la base de la sociedad —los que trabajan, los jubilados, los desempleados, los jóvenes, los estudiantes— y la supuesta élite”, dijo François Bayrou, un aliado de Macron.

El conflicto irresoluble

¿Y ahora? Ahora la ENA cerrará y será sustituida por el Institut de Service Public, una institución que se parece mucho a la ENA, pero que, según Macron, será realmente meritocrática y estará abierta a todas las clases sociales y orígenes culturales. La respuesta de Macron a las presiones contra los 'enarqués' no ha sido asumir el desprecio por las élites que propugna la derecha autoritaria, sino reconocer que el sistema social está roto y que es necesario que la élite merezca serlo y sea permeable a personas que en principio le son ajenas. Es dudoso que lo consiga. Francia, como todos los países occidentales, necesita élites y necesita que estas entiendan los problemas de quienes no forman parte de ellas, y necesita que las élites tengan recursos para solucionarlos de forma que no irriten a la gente. Es un conflicto tan difícil que, probablemente, ni siquiera un alumno brillante de la ENA sepa resolverlo. Tampoco sabrá resolverlo la derecha autoritaria. Y ese conflicto es, probablemente, el que marcará los próximos años.

Cuando, en 1945, Charles De Gaulle creó la École Nationale d’Administration, quería que ese centro de estudios de élite para licenciados universitarios se convirtiera en una fábrica de altos funcionarios y políticos. Debía ser un lugar racional, puramente meritocrático, del que saliera una élite llamada a la 'noble' causa del servicio público y la Administración del Estado. En muchos sentidos, fue un éxito. De los ocho presidentes que ha tenido Francia en los últimos 60 años, cuatro estudiaron en la ENA (el último de ellos, Emmanuel Macron). También lo hicieron nueve de los 23 primeros ministros y un 15% de los ministros. Así como gobernadores del banco central, jefes del servicio de Inteligencia y presidentes de compañías públicas. Su impronta no solo ha sido perceptible en sus ideales republicanos, la ideología tecnocrática y la sofisticación intelectual. Casi se puede identificar a un 'enarqué' por la manera en que viste y habla.

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