Si quiere hacer algo radical, sea un moderado
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Ramón González Férriz

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Si quiere hacer algo radical, sea un moderado

Joe Biden está implementando unas medidas económicas transformadoras que habrían sido rechazadas si las hubiera propuesto alguien sin su fama de centrista

placeholder Foto: Joe Biden. (Diseño: Pablo López Learte)
Joe Biden. (Diseño: Pablo López Learte)

Si su objetivo en la política, o en la vida, es romper con la ortodoxia y hacer cambios drásticos que nadie espera de usted, péinese, vístase y compórtese como un aburrido moderado.

Ese es el mensaje que parece transmitir el improbable trío que está revolucionando la economía global: Joe Biden, Janet Yellen y Jerome Powell. El primero, presidente de Estados Unidos, votó en su día a favor de la desregulación de Wall Street, el Tratado de Libre Comercio y la guerra de Irak. La segunda, miembro del ala más centrista del Partido Demócrata, recibió el apoyo de casi todos los senadores republicanos cuando fue nombrada consejera de la Reserva Federal. El tercero fue banquero de inversión, trabajó para el Gobierno de George Bush y, cuando llegó a la presidencia del banco central, se hizo conocido por no tener ideas muy sólidas sobre política monetaria. Los tres han sido emblemas casi perfectos del consenso neoliberal.

Foto: Imagen de archivo de una protesta contra el cambio climática en Washington. (Efe: Jim Lo Scalzo)

Y ahora aquí les tienen: el Gobierno estadounidense ha aprobado un paquete de ayudas de 1,9 billones de dólares. La ley detalla que este incluye 1.400 dólares de ayuda directa a casi todos los adultos estadounidenses, 300 dólares semanales adicionales para los desempleados con subsidio, 350.000 millones de ayuda para los gobiernos estatales y los ayuntamientos, y un aumento de las desgravaciones fiscales por tener niños. Esto, dijo Yellen tras su aprobación, “finalmente, nos permitirá hacer lo que la mayoría de nosotros ansiaba cuando se incorporó al Gobierno: no solo apagar fuegos y resolver crisis, sino construir un país mejor”.

Powell bendijo el proceso desde la Fed: “Lo que ya estamos viendo es una economía en un punto de inflexión, y eso se debe a la vacunación masiva y el fuerte apoyo fiscal, el fuerte apoyo monetario”. Las cosas habrían ido mucho peor sin esas ayudas, dijo. “El Congreso sustituyó los ingresos de la gente… Fue heroico”. Pocas veces un banquero central habrá utilizado en público esa palabra.

Foto: El presidente estadounidense, Joe Biden, habla con los medios durante una visita a Newcastle, Delaware. (Reuters) Opinión

Pero eso no ha sido todo. En Pittsburgh, en un centro de formación profesional para carpinteros, Biden anunció un plan de infraestructuras que parece propio de otros tiempos: 621.000 millones de dólares en carreteras, puentes, transporte público y aeropuertos; 174.000 millones para el fomento del coche eléctrico; 100.000 millones para modernizar la red eléctrica; 200.000 millones para hacer que las viviendas, las escuelas y los hospitales sean más eficientes energéticamente. Habló, incluso, de 400.000 millones de dólares para las residencias de ancianos. Si se aprueba, dijo Biden, la magnitud de la inversión solo será comparable a la construcción de la red nacional de autopistas o la carrera espacial. La deuda nacional está en el 130% del PIB. Este plan la aumentaría considerablemente, por mucho que se suban los impuestos a las grandes empresas.

Morir en una cruz grande

Biden, que es católico, suele repetir una frase que atribuye a su padre: “No tiene sentido morir en una cruz pequeña. Si vas a morir, que sea en una grande”. Pero estas inmensas medidas de estímulo —que incluso algunos demócratas creen que implican grandes riesgos de sobrecalentar la economía y provocar inflación— son algo más que una cruz grande. Biden no es el primer presidente que se ha visto radicalizado por unas circunstancias adversas. Roosevelt era un hombre moderado y de inclinaciones aristocráticas hasta que puso en marcha el New Deal. Pero el caso de Biden es, en muchos sentidos, más llamativo. Es el último de su generación —una que en los sesenta ya era demasiada vieja para participar en las revueltas 'hippies' y creerse su utopismo izquierdista— que gobernará. Los políticos de esa generación aún recuerdan un tiempo —antes de la presidencia de Clinton— en que el Partido Demócrata y el Republicano podían aprobar leyes conjuntas. Pertenece a esa especie que instintivamente mira hacia al centro y que, de hecho, ganó las primarias de su partido y las elecciones por su centrismo. Era tan difícil presentarle como un radical que incluso su adversario, Donald Trump, renunció a hacerlo, acusándole en cambio de ser tan débil que se dejaría manipular por los radicales.

Foto: Angela Merkel y Emmanuel Macron, en una videoconferencia reciente. (Reuters) Opinión

Pero nadie piensa que sea eso lo que está pasando. Biden ha decidido, contra todo pronóstico, reajustar de manera abrupta la economía estadounidense, el uso de la energía, las relaciones laborales y hasta la noción misma del papel del Estado en todo ello. Muchos lo han celebrado como el fin del neoliberalismo. Pero, a pesar de su repentina conversión, instigada por la pandemia y las circunstancias políticas que auparon el trumpismo, dudo que Biden se haya salido del consenso neoliberal. Creo más bien que ha ampliado sus márgenes. Ha convertido en algo aceptable para él lo que hasta ahora no lo era. Eso solo podía hacerlo un hombre de apariencia moderada al que nadie puede acusar de comunismo sin que se oigan risas enlatadas. Y solo podía hacerlo alguien de su edad y aspecto patricio. Si Obama hubiera planteado algo siquiera parecido, se le habría recordado su juventud. Si lo hubiera hecho un hipotético presidente Sanders o una hipotética presidenta Warren, las bolsas se habrían despeñado.

El economista de izquierdas Adam Tooze, cada vez más influyente, afirmó en un artículo en 'Foreign Policy': “Durante más de una generación, desde 1993 y la Administración Clinton, el sesgo de las decisiones tecnocráticas ha sido el contrario. En política fiscal y monetaria, se ha preferido siempre pecar del lado de la precaución, de escatimar cuando se trata de estímulos y de subir los tipos de interés de manera preventiva”. Ese sesgo lo ha roto un hombre que parecía incapaz de romper nada, con dos escuderos que hasta hace poco habrían firmado con los ojos cerrados su adhesión a ese sesgo tecnocrático. Solo ellos podían hacer que este enorme cambio de filosofía política fuera creíble: si lo hubieran propuesto Syriza, Podemos o el Partido Socialista francés, nos habríamos echado las manos a la cabeza. Pero esa ha sido la intuición genial de Biden y su Gobierno: soy tan moderado que puedo hacer algo radical.

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