La sociedad francesa se está derechizando rápidamente. Macron también
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Ramón González Férriz

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La sociedad francesa se está derechizando rápidamente. Macron también

El presidente francés intenta responder a la creciente sensación de inseguridad, el miedo al terrorismo y la desconfianza ante la inmigración que siente la mayoría de los ciudadanos

placeholder Foto: Emmanuel Macron, tras una reunión con el presidente de Argentina. (Reuters)
Emmanuel Macron, tras una reunión con el presidente de Argentina. (Reuters)

Primero apareció en un pequeño blog. El mes pasado, la recogió una revista, 'Valeurs actuelles', vinculada a la derecha autoritaria. Se trataba de una tribuna incendiaria, firmada por centenares de militares franceses retirados y unos cuantos en activo, en la que avisaban del riesgo de una guerra civil. Se está produciendo un auge del “indigenismo y las teorías de la descolonización, (…) el islamismo y las hordas de la ‘banlieu” quieren convertir la nación en un “territorio que se someta a dogmas contrarios a nuestra Constitución”, decían. “¿Quién habría predicho hace diez años que un día un profesor sería decapitado al salir de su colegio?”, se preguntaban en relación con el asesinato de Samuel Paty a manos de un terrorista islamista el año pasado. Todo esto, sumado a la excesiva prudencia de los gobernantes y su “laxismo”, acabaría provocando “un estallido y la intervención de nuestros camaradas en activo en una peligrosa misión para proteger nuestros valores constitucionales y salvaguardar a nuestros compatriotas en el territorio nacional”. Parecía una llamada a un golpe de Estado.

Cabría pensar que la carta, titulada “Para que nuestros gobernantes recuperen el honor”, era la simple expresión irritada de un puñado de viejos militares vinculados a Agrupación Nacional, el partido de Marine Le Pen. Muchos están exasperados por la inmigración, el islamismo y, en última instancia, porque el presidente Emmanuel Macron ha iniciado un proceso para que su país reconozca las atrocidades cometidas por su ejército durante la ocupación y la guerra de independencia de Argelia hace sesenta años.

Nadie piensa que sea concebible un golpe de Estado militar en Francia, ni que su ejército haya dejado de ser la maquinaria apolítica y profesional bien engrasada que es desde hace décadas. Por supuesto, la alusión a una guerra civil es disparatada. Pero la tribuna apareció en un momento de creciente tensión social que los partidos están intentando movilizar en su favor: el mes que viene hay elecciones regionales en el país, y dentro de un año unas presidenciales en las que se espera que Emmanuel Macron tenga más problemas para ganar a Le Pen que hace cinco años.

Foto: Michel Foucault. Opinión

Preocupa más el terrorismo que el desempleo

De acuerdo con una encuesta reciente, los franceses están más preocupados por el terrorismo que por el desempleo. El año pasado, el jefe de la lucha antiterrorista reconoció ante los legisladores franceses su temor ante la vuelta a las calles del país de docenas de presos que habían cumplido penas relacionadas con el yihadismo. La semana pasada, un policía fue asesinado en Aviñón en una operación antidroga. Sus compañeros se han quejado reiteradamente de la falta de recursos, en medio de una sensación de inseguridad cada vez mayor provocada por el islamismo, el tráfico de drogas y la pequeña delincuencia. Marine Le Pen no solo apoyó el manifiesto de los militares, sino que afirmó que la presidencia de Macron ha estado marcada por el “caos terrorista”.

Ante esta situación, Macron, que llegó al poder afirmando que sus políticas no serían de izquierdas ni de derechas, ha dado un giro conservador. Está en marcha la aprobación de una nueva ley antiterrorista que aumentará la posibilidad de monitorizar a los yihadistas excarcelados, reforzará las llamadas “visitas domiciliarias” a sospechosos y la incautación de material informático si sus propietarios le niegan el acceso a la policía, y permitirá el uso de algoritmos para detectar amenazas. Algunas de estas medidas fueron consideradas inconstitucionales por el Consejo de Estado, que las vio como una vulneración de las libertades individuales. Esa será la batalla en los próximos meses: ¿hasta dónde se pueden proteger estas libertades cuando los ciudadanos están principalmente preocupados por la seguridad y hasta un 71% de los conservadores, según la Fondation Jean Jaurès, comparte las ominosas predicciones de los generales retirados?

Foto: Macron, en una videoconferencia en la que explica el fin de la ENA. (Reuters) Opinión

La 'droitisation' de Francia

Macron tiene incentivos para llevar adelante estas y otras propuestas. La 'droitisation' de la sociedad francesa está siendo rápida, tanto en términos electorales como culturales. Un 38% de los franceses se declara de derechas, frente a un 24% que lo hace de izquierdas, según la Fondation pour l’innovation politique. Y, en muchos casos, es difícil distinguir entre los valores de los votantes asociados a la derecha autoritaria y los de la derecha tradicional: su actitud ante cuestiones relacionadas con la seguridad, la lucha antiterrorista, el islamismo y el trabajo policial es prácticamente la misma.

Lo anterior no es fruto de la paranoia. Los franceses tienen motivos de sobra para preocuparse, a lo que ha contribuido una gestión errática de la pandemia. Además, desde hace décadas, la sensación de declive nacional y de que el laicismo, el republicanismo y el orden están constantemente amenazados es un rasgo más, si no el principal, de la compleja y fascinante cultura francesa. La izquierda no solo no ha sabido responder a ninguna de esas preocupaciones, sino que las ha atizado hasta tal punto que hoy el partido socialista es irrelevante.

La única discusión importante ahora es si las políticas de derechas se harán respetando el Estado de derecho y los principios liberales o se dejarán llevar por el impulso autoritario de Le Pen. Y esa es la tarea importante de Macron. Puede que algunos veamos con recelo su giro derechista. Pero si eso es lo que le pide la sociedad, quizá no tenga más remedio que hacerlo. No debería renunciar, sin embargo, a los principios liberales con los que llegó al cargo: el equilibrio entre la seguridad y la libertad individual siempre es precario, pero considerar que lo segundo es secundario cuando se aplica a según quién es el principio del fin del liberalismo. Debería tenerlo en cuenta mientras intenta calmar a sus conciudadanos y ganar unas elecciones en las que el debate sobre la seguridad está donde Le Pen quiere que esté.

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