Una boda católica y un libro sobre Shakespeare: a Boris los escándalos le sientan bien
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Ramón González Férriz

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Una boda católica y un libro sobre Shakespeare: a Boris los escándalos le sientan bien

El primer ministro no solo se ha acostumbrado a vivir rodeado de polémicas matrimoniales, económicas o sobre decoración, sino que le benefician electoralmente

placeholder Foto: Carrie Symonds y Boris Johnson, en su boda. (Getty)
Carrie Symonds y Boris Johnson, en su boda. (Getty)

El sábado pasado, Boris Johnson se casó con su novia, Carrie Symonds. Symonds fue asesora de comunicación del Partido Conservador, tiene 24 años menos que Johnson y ha sido la primera pareja de un primer ministro que vive en la residencia oficial de Downing Street sin estar casada con él. Pero lo que más ha llamado la atención es que su boda se celebró por el rito católico.

Johnson fue bautizado católico al nacer, pero cuando ingresó en Eton, la escuela de la que tradicionalmente salen las élites conservadoras del país, abandonó el catolicismo y se hizo anglicano, la religión oficial inglesa. Luego se casó y divorció dos veces, ha tenido 'por lo menos' seis hijos —uno de ellos fuera del matrimonio, pero nunca ha querido confirmar si son más— y ha dicho públicamente que su relación con la religión es tenue y que no es practicante.

Foto: Allegra Mostyn-Owen, primera pareja de Boris Johnson, en Oxford en 1987

Dos preguntas surgieron de inmediato: ¿cómo alguien con ese historial pudo casarse por la Iglesia católica, cuando esta rechaza unir de nuevo a las personas divorciadas? Porque, al no ser católicos los dos matrimonios previos, la Iglesia los considera nulos, respondieron las autoridades eclesiásticas. Y si Johnson ha regresado al catolicismo, ¿es esta la primera vez en la historia que el primer ministro británico es católico?

Una curiosidad histórica

La pregunta no tiene mucho más valor que el de la curiosidad histórica. El hecho de que una de las naciones de Reino Unido tenga una iglesia propia, que la reina sea su jefa y sus obispos y arzobispos tengan asientos reservados en la Cámara Alta de la Unión, la Cámara de los Lores, es un anacronismo más o menos encantador, según quién lo mire. Resulta casi irrelevante en términos políticos. Y los conflictos políticos que Reino Unido pudo tener en el pasado por razones religiosas —no ya con el Vaticano o la Europa católica, sino con Irlanda y sus propias minorías— hace tiempo que dejaron de tener una explicación divina.

Foto: Boris Johnson, tras la votación de aprobación del acuerdo de Brexit. (EFE) Opinión

Sin embargo, uno de los rasgos más característicos de Johnson es lo bien que se mueve en ese mundo poblado por élites nobles, apostasías —Tony Blair fue oficialmente anglicano mientras sirvió como primer ministro, pero se convirtió al catolicismo en cuanto abandonó el puesto—, hijos ilegítimos y escándalos periodísticos. Para Johnson, la mejor manera de reconocer el valor de las tradiciones es saltárselas, adoptarlas con ironía, tomárselas muy en serio interpretándolas con total excentricidad. Es un gestor mediocre y sus ideas son volátiles, pero esa personalidad resulta absolutamente seductora para muchos votantes conservadores y, como está descubriendo con consternación el Partido Laborista, para muchos que no lo son.

Un libro para pagar las deudas

Una muestra más de su habilidad para utilizar la idiosincrásica tradición inglesa en su favor es otro escándalo reciente, este relacionado nada menos que con la literatura. Johnson es autor de numerosos libros: una novela paródica con un protagonista que se le parece mucho, titulada 'Setenta y dos vírgenes', un libro sobre la Roma clásica —afirma que el mundo romano y el griego son sus mayores inspiraciones políticas— y una biografía de Winston Churchill, su héroe personal. Tras el éxito de esta última, su editorial le pidió en 2015, años antes de ser nombrado primer ministro, que escribiera una biografía de Shakespeare, el gran autor nacional y modelo literario de la élite conservadora. Le entregó 88.000 libras de adelanto y se comprometió, según se ha especulado, a pagarle 400.000 más cuando entregara el libro. Pero Johnson nunca lo acabó.

Foto: Boris en una videoconferencia. (EFE)

Sin embargo, como ha reconocido públicamente, ahora el primer ministro tiene problemas de dinero: con el sueldo de su cargo —160.000 libras— no le llega para mantener a sus hijos, pagar su último divorcio y llevar la vida a la que está acostumbrado (el 'Daily Telegraph' le pagaba 260.000 libras anuales por escribir una columna semanal, trabajo que compatibilizó con el de alcalde de Londres y el de parlamentario, y algunos años llegó a facturar 400.000 libras por dar discursos). La oposición británica cree que su inacción durante las primeras semanas de la pandemia se debió a que se había retirado a una casa de campo para terminar el libro, entregarlo cuanto antes y poder cobrarlo. Por eso, dicen sus críticos, se saltó reuniones del comité de emergencia para la lucha contra el covid y no viajó a una región afectada por una inundación. Un portavoz ha negado que su ausencia se debiera a esto, pero ha reconocido que escribe el libro en horas sueltas porque le “relaja”.

Foto: Un manifestante frente al Parlamento británico. (EFE)

Lo cual es admirable. Benjamin Disraeli, primer ministro durante la era victoriana, también se ganó la fama antes como escritor que como político, y Churchill no solo publicó una cantidad inusitada de libros debido a sus muchas necesidades económicas (era un hombre extremadamente manirroto), sino que obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Pero escribir una biografía de Shakespeare mientras se gestiona una pandemia casi parece un logro aún mayor. Como lo es, probablemente, cambiar de religión, casarse y provocar, además, un enorme escándalo por pedir dinero prestado a su partido para reformar la parte privada de la residencia de Downing Street, con cuya disposición y decoración él y su hoy esposa no se sentían cómodos.

Nada de esto pasará factura a Johnson. Y menos después de que, tras meses de una gestión caótica, la vacunación de la población esté siendo rápida y exitosa y se espere una rápida recuperación económica en el país. El Partido Conservador ha iniciado los trámites parlamentarios para devolver al primer ministro la capacidad de disolver la Cámara de los Comunes y convocar elecciones —desde 2011, las legislaturas son fijas y de cinco años, como en los sistemas presidenciales—. El temor del Partido Laborista es que las convoque en 2023, cuando el país se haya recuperado plenamente de la pandemia. Si fuera así, es probable que Johnson arrasara, no a pesar de sus excentricidades sino, en parte, gracias a ellas. Y uno pensaría que, quizás en 2023, Johnson ya haya vuelto a desencantarse con la religión y entregado y cobrado su libro sobre Shakespeare.

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