Biden mostró las líneas rojas a Putin
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Ramón González Férriz

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Biden mostró las líneas rojas a Putin

La cumbre de ayer entre los dos líderes puso de manifiesto sus muchas diferencias y reproches. Pero ambos reconstruyeron algunos espacios de cooperación

placeholder Foto: El presidente de EEUU, con su homólogo en Rusia. (EFE)
El presidente de EEUU, con su homólogo en Rusia. (EFE)

Joe Biden y Vladímir Putin se reunieron ayer en Ginebra, después de que en los últimos meses la relación entre Estados Unidos y Rusia haya sufrido un fuerte y rápido deterioro. Las dos partes tenían muchos reproches que hacerse, y aunque se mostraron corteses y bienintencionadas, estos acabaron siendo explícitos. Ambos líderes no concluyeron el encuentro con una rueda de prensa conjunta, como es habitual en estas cumbres bilaterales, sino con comparecencias separadas. Putin recordó que su país es una potencia nuclear, que Estados Unidos no puede dar lecciones de democracia y estabilidad tras el asalto violento al Congreso del pasado enero y que los ciberataques que Estados Unidos atribuye a su Gobierno no tienen nada que ver con este. Biden dijo que Estados Unidos nunca dejará de defender los derechos de los opositores encarcelados, como Alekséi Navalni, reiteró que no toleraría más ciberataques y afirmó que las continuas inferencias rusas en otros países estaban resultando contraproducentes.

Serenidad después del vodevil

Durante los cuatro años de presidencia de Donald Trump, las relaciones entre Rusia y Estados Unidos fueron una mezcla de vodevil y teatro del absurdo. Pero no fueron malas. Todos los días, la prensa estadounidense especulaba sobre las razones de la buena relación entre Trump y Putin. El motivo era que el primero quería construir uno de sus feos y lucrativos rascacielos en Moscú y sabía que necesitaba la aprobación política del Kremlin, se decía. O que, afirmaban otros, el Gobierno ruso había elaborado durante años un 'kompromat', un dosier con información sobre Trump potencialmente dañina que incluía la grabación de al menos un encuentro sexual en un hotel moscovita. No, decía la teoría más relevante políticamente y la única demostrada en parte: en las elecciones de 2016, una campaña de ciberataques impulsados por el Gobierno ruso habría interferido y propiciado la victoria de Trump, y este quería mostrarse agradecido con sus propiciadores. También se especulaba con una razón psicológica aún más profunda: Trump admiraba la capacidad de Putin de mantenerse indefinidamente en el poder, desmantelar las instituciones que podrían haberle controlado y eliminar a todos sus oponentes hasta convertir la democracia rusa en una dictadura unipersonal.

Foto: Sven Mikser, cuando era ministro de Exteriores de Estonia (EFE)

Joe Biden quiso cambiar esa dinámica especulativa y estéril desde el principio de su mandato y por eso propició esta cumbre. El presidente estadounidense creció políticamente durante la Guerra Fría, y en muchos sentidos la mentalidad que dominó durante ese periodo en los gobiernos estadounidenses —el reconocimiento de que existen rivalidades, incluso enemistades abiertas, pero que estas requieren unas reglas para no desembocar en la violencia explícita— es la que sigue rigiendo su visión de la política internacional. Por eso ayer habló de la necesidad de hacer que las relaciones entre ambos países sean de nuevo “predecibles y estables” y de mostrar las “líneas rojas” al presidente ruso. “He hecho lo que he venido a hacer. En primer lugar, identificar los ámbitos en los que podemos trabajar de manera práctica para avanzar nuestros intereses mutuos y también beneficiar al mundo. En segundo lugar, comunicar directamente, directamente, que Estados Unidos responderá a las acciones que obstaculizan nuestros intereses vitales y los de nuestros aliados”.

Putin quiere respeto para Rusia

Putin también ha utilizado las palabras “predecibles y estables”, pero en realidad su estrategia es otra. Desde los tiempos de la Unión Soviética, el Kremlin piensa que la palabrería occidental sobre las reglas es una forma de hipocresía. En público, estas se establecen y halagan, en ocasiones se respetan y pueden ser útiles. Y de hecho, del encuentro de ayer salieron algunos acuerdos: la reanudación de las negociaciones para el control armamentístico, el regreso de sus embajadores a su puesto en Washington y Moscú e incluso el intercambio de nacionales encarcelados en el otro país. Pero a la hora de la verdad, sugiere siempre la retórica de Putin, las reglas y los acuerdos no se respetan y todo se somete a una competición en la que cada parte utiliza el poder del que dispone, sea de acuerdo con las normas o no. Lo máximo que pueden ofrecerse dos potencias es respeto mutuo. Y él sospecha que Estados Unidos no respeta a Rusia.

Foto: El actual presidente de Estados Unidos, Joe Biden (i), saluda al presidente de Rusia, Vladimir Putin (d), en una reunión entre ambos en Moscú cuando el primero era vicepresidente en la Administración de Barack Obama. (EFE)

Para Biden, esta manera de operar de Putin, como antes la de los líderes soviéticos, es una muestra de la debilidad rusa. Aunque desde que es presidente, Biden tiende a no salirse del guion diplomático y ha llamado a Putin un “digno rival” y a su país una "gran potencia", ayer se comportó con el claro convencimiento de que Rusia es un país en declive, débil económicamente y con una capacidad de influencia en el exterior muy inferior a la que presume.

Foto: Vladímir Putin, en una teleconferencia con su equipo de seguridad. (Reuters) Opinión

Biden volvió a mostrar el liderazgo tradicional de los presidentes estadounidenses, en el que la diplomacia y la cortesía se intercalan con la dureza y los reproches morales y políticos. Putin repitió sus viejas quejas hacia Occidente y evocó la retórica habitual de la política exterior rusa: nosotros no hemos hecho aquello de lo que se nos acusa, pero aún en caso de haberlo hecho, nuestros adversarios también lo hacen. Aun así, halagó el carácter de Biden y, como este, afirmó que las conversaciones habían sido francas y pragmáticas. Lo cual es un avance tras el espectáculo vacío de Trump.

Las relaciones entre Estados Unidos y Rusia no mejorarán sustancialmente, pero con un poco de suerte la enemistad se encauzará, sus consecuencias serán menos imprevisibles y los canales de comunicación entre ambos países serán más directos. La mentalidad de Guerra Fría de Biden hará que corteje a la UE para que sea más dura con Rusia, cosa que solo conseguirá en parte. Y Putin seguirá entrometiéndose en los antiguos países de la órbita soviética porque sabe que nadie quiere una guerra. No puede decirse, pues, que la cumbre haya sido un gran éxito. Pero al menos ahora hay algunas guías para regular la enemistad. Algo es algo.

Joe Biden y Vladímir Putin se reunieron ayer en Ginebra, después de que en los últimos meses la relación entre Estados Unidos y Rusia haya sufrido un fuerte y rápido deterioro. Las dos partes tenían muchos reproches que hacerse, y aunque se mostraron corteses y bienintencionadas, estos acabaron siendo explícitos. Ambos líderes no concluyeron el encuentro con una rueda de prensa conjunta, como es habitual en estas cumbres bilaterales, sino con comparecencias separadas. Putin recordó que su país es una potencia nuclear, que Estados Unidos no puede dar lecciones de democracia y estabilidad tras el asalto violento al Congreso del pasado enero y que los ciberataques que Estados Unidos atribuye a su Gobierno no tienen nada que ver con este. Biden dijo que Estados Unidos nunca dejará de defender los derechos de los opositores encarcelados, como Alekséi Navalni, reiteró que no toleraría más ciberataques y afirmó que las continuas inferencias rusas en otros países estaban resultando contraproducentes.

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