Estas son las cuatro ideologías que pugnan por el poder en EEUU (y ya están en España)
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Ramón González Férriz

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Estas son las cuatro ideologías que pugnan por el poder en EEUU (y ya están en España)

Partidarios del libre mercado, progresistas de clase alta, nacionalistas empobrecidos y jóvenes de izquierda posmoderna se disputan la hegemonía cultural y política

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Celebraciones del 4 de julio en Washington. (Reuters)

Tradicionalmente, la política estadounidense estaba dividida en dos bloques formados en torno a los partidos republicano y demócrata. Nunca fueron dos bandos homogéneos: como todos los grandes partidos occidentales, contaban con distintas corrientes, incluso contrapuestas, pero su ideología general, y los relatos que emanaban de ella, era el modelo del conservadurismo y el progresismo.

Sin embargo, en las últimas décadas, estos dos bloques se han fracturado por dentro. La causa, según el escritor George Packer, uno de los mejores retratistas de la sociedad estadounidense, es una desigualdad que ha minado la fe de los estadounidenses en una democracia que pueda funcionar en todos los planos. “La era posindustrial ha concentrado el poder político y económico en pocas manos y ha arrebatado a la gente común la capacidad de controlar su vida. Abrumados por fuerzas inconmensurablemente grandes, los estadounidenses ya no son capaces de pensar y actuar como conciudadanos”, escribe en su último libro, 'Last Best Hope. America in Crisis and Renewal'.

Eso se traduce en una serie de relatos que fragmentan la tradicional distinción entre la izquierda y la derecha. “Al igual que los individuos, las naciones cuentan historias para entender quiénes son, de dónde vienen y qué quieren ser. Los relatos nacionales, como los personales, tienden al sentimentalismo, el agravio, el orgullo, la vergüenza y la incapacidad de verse a uno mismo. Nunca hay solo uno, hay varios que compiten entre sí y cambian constantemente”. Estos son los cuatro relatos que, a decir de Packer, se disputan ahora la hegemonía cultural y el poder en Estados Unidos. Debemos prestarles atención: en los últimos años, la política española y la europea están siendo en gran medida una trasposición retardada de la estadounidense.

Foto: Foto: Guillermo Riveros. (Farrar, Straus and Giroux)

-América libre: según este relato, Estados Unidos se forjó gracias al individualismo de hombres y mujeres acostumbrados a luchar por sí mismos, a levantar sus proyectos sin ayuda del Gobierno, como hicieron los pioneros en las llanuras. Personas conformadas por la moral cristiana y las convicciones conservadoras. Es el relato del republicanismo optimista que ve en el libre mercado la solución a casi todos los problemas. “Los americanos, que siempre han sabido que la burocracia excesiva es el enemigo de la excelencia y la compasión, quieren un cambio en la vida pública; un cambio que ponga al Gobierno a trabajar para la gente”, dijo Ronald Reagan, la encarnación de esta versión de la historia. “Aspiran a la visión de una América mejor, la visión de una sociedad que libera la energía y el ingenio de nuestra gente al mismo tiempo que muestra compasión por los solitarios, los desesperados y los olvidados”. Esa compasión no pasaba por las ayudas estatales —mucho menos si se destinaban a grupos que no las merecían—, sino por poner a todo el mundo a trabajar y a competir.

-América lista: son hombres y mujeres que han ido a buenas universidades, viven en grandes ciudades y se sienten cómodos en un mundo globalizado. Son liberales progresistas: tienen convicciones feministas, antirracistas y creen que el Gobierno tiene un papel relevante a la hora de asegurar que nadie acabe en la pobreza o marginado. Pero, en esencia, son meritocráticos y consideran irremediables los cambios tecnológicos y culturales y, por lo tanto, que haya gente que se quede atrás. Viven obsesionados con que sus hijos no sean los perdedores de ese proceso y no caigan en lo que consideran las lacras de la clase baja: “La comida procesada, la obesidad, el divorcio, las adicciones, las estafas en internet, los sueldos estancados, la creciente morbilidad”. De modo que harán todo lo que esté en sus manos para llevarlos a las mejores escuelas, rodearlos de amigos parecidos a ellos, pagar clases extraescolares, leerles cuentos por la noche. Es la América para la que Obama es el ejemplo de que, pese a todos sus problemas, el país puede mejorar, puede ser justo sin dejar de ser competitivo.

La "gente común trabaja con las manos", no en las élites tecnocráticas y artificialmente intelectualizadas

-América real: una vieja tradición tan vieja como Estados Unidos afirma que el país de verdad, y su compromiso democrático, está en la “gente común que trabaja con las manos”, no en las élites tecnocráticas y artificialmente intelectualizadas. Para conducirse en una democracia no hace falta “ningún conocimiento especial, solo la sabiduría inherente del pueblo”, dice este relato. La hostilidad manifiesta hacia la aristocracia, presente en los orígenes de la Constitución, “se convirtió en una suspicacia general hacia quienes tenían una educación y eran sofisticados. Los ciudadanos más formados, en realidad, estaban menos capacitados para liderar: los mejores políticos procedían de la gente ordinaria y seguían siendo fieles a esta”, dice Packer. Se podía ganar dinero sin traicionar con ello la pertenencia a esa clase de gente común y seguir encarnando sus valores. Siempre y cuando, eso sí, no se pensara que la riqueza concedía privilegios o hacía a alguien distinto de los demás. Es la América de Sarah Palin y Donald Trump: puede que no fueran grandes gestores, pero su primer compromiso político consistió en aplastar la arrogancia de las élites tradicionales y marginarlas del Gobierno. Y eso es preferible a todo lo demás.

-América justa: todos estos relatos de lo que es y lo que debe ser América tienen su atractivo, piensa una generación más joven de estadounidenses que va ocupando puestos en la universidad, el mundo editorial y los medios de comunicación. Pero todos se construyen sobre la opresión: primero, la esclavitud; después, el machismo; en última instancia, el propio capitalismo. La historia de América es una historia de injusticia y violencia que luego el poder edulcora: en realidad, ideas como la objetividad, la racionalidad, la ciencia o la libertad individual son formas de explotación. Todo, absolutamente todo —desde los libros que se consideran clásicos a la manera en que se trabaja o se hace el amor— es fruto de la opresión. Esa opresión es física, pero también las palabras hieren, también las narraciones son herramientas para infligir sufrimiento, y por eso no hay que tener demasiada piedad con quien las utiliza para marginar y humillar. Antes de pasar a cualquier otro asunto, América debe sanar esa inmensa herida, cueste lo que cueste. Solo entonces se podrá pensar en hacer política de otra manera. Es la América 'woke', que considera que los progresistas liberales son unos vendidos.

Foto: Montaje: Irene de Pablo.

Estos cuatro relatos compiten entre sí. Se entrecruzan y transforman. Pero, juntos, conforman el mejor retrato ideológico de un país muy polarizado y politizado que, dice Packer, se ha dado cuenta de que no es una democracia excepcional, inmune a los males que antes atribuía a otros países. Estos relatos están apareciendo ahora en la competición política y cultural española. La correspondencia no es directa: el PP no es exactamente el partido de la 'España libre', ni Vox, en absoluto, el de la 'España real', ni el PSOE el de la 'España lista' ni Podemos el de la 'España justa'. Pero la analogía no es del todo inexacta. Packer dice que no quiere vivir en ninguna de las Américas que reflejan estos relatos por separado. Aspira a una 'América igual' que recupere el mito fundacional del país: la estricta igualdad de todos los ciudadanos, su capacidad para gobernarse y para debatir sin olvidar que tu adversario es tu conciudadano. Esa es una lección que también debería servirnos a nosotros.

Tradicionalmente, la política estadounidense estaba dividida en dos bloques formados en torno a los partidos republicano y demócrata. Nunca fueron dos bandos homogéneos: como todos los grandes partidos occidentales, contaban con distintas corrientes, incluso contrapuestas, pero su ideología general, y los relatos que emanaban de ella, era el modelo del conservadurismo y el progresismo.

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