De Ceuta a Varsovia: Europa no quiere otra crisis de refugiados
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Ramón González Férriz

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De Ceuta a Varsovia: Europa no quiere otra crisis de refugiados

La prioridad es que no se repita una crisis parecida a la de los años 2015-2016, en la que más de un millón de refugiados procedentes sobre todo de Siria​ entró en el continente

placeholder Foto: La gente espera fuera del aeropuerto Hamid Karzai en Kabul, Afganistán. (Reuters)
La gente espera fuera del aeropuerto Hamid Karzai en Kabul, Afganistán. (Reuters)

La Unión Europea quiere blindarse ante la llegada de refugiados procedentes de Afganistán. Aceptará a traductores, guías y otros afganos que cooperaron con los ejércitos occidentales sobre el terreno. Es probable que también a otros que simplemente huyan de los talibanes. Pero la prioridad es que no se repita una crisis parecida a la de los años 2015-2016, en la que más de un millón de refugiados procedentes sobre todo de Siria entró en el continente. Más allá de la retórica solidaria, esta es la prioridad política. Y lleva años siéndolo.

La crisis de 2015 fue aleccionadora para los líderes europeos. En muchos sentidos, más que la crisis financiera de los años previos. Fue la entrada de cientos de miles de refugiados en Alemania, autorizada por Angela Merkel, lo que provocó el inmenso auge de la derecha autoritaria de Alternativa por Alemania, hoy el principal partido de la oposición en el país, aunque en claro declive. La decisión de Hungría de no dejar pasar a los refugiados, que solo pensaban utilizar el país como tránsito hacia otros, y de levantar vallas o detener a quienes consiguieran entrar, estableció la actual seña de identidad política del Gobierno de Viktor Orbán: la preservación de la homogeneidad étnica del país y el rechazo al supuesto intento de desnacionalizarlo orquestado por la UE, George Soros, las feministas y la coalición de todos ellos con los musulmanes. La Liga no se habría convertido en el partido más popular de Italia de no haber sido por la llegada masiva de inmigrantes procedentes de Libia al sur del país.

Foto: Inmigrantes caminan hacia la frontera con Hungría en territorio rumano. (Reuters)

Fue esa crisis, y la decisión de la UE de externalizar el problema a Turquía, a la que daría dinero a cambio de que no dejara que los refugiados cruzaran el mar Egeo, lo que dio a su autoritario líder, Recep Tayyip Erdogan, un enorme poder de negociación en otros asuntos. En España, Vox no creció durante lo peor de la crisis económica, la derecha estadounidense no llegó al poder en 2012, el Brexit triunfó tras años y años en los que parecía un suceso impensable: todo eso solo fue posible después de que la inmigración se convirtiera en el principal tema de preocupación política para los países ricos.

De Ceuta a Varsovia

Por eso Marruecos entendió tan mal el momento político cuando, en mayo de este año, decidió permitir la entrada de 8.000 inmigrantes irregulares en Ceuta para conseguir réditos políticos de España. Ceuta es una frontera con Europa, y ahora mismo la UE quiere que todos sus límites estén blindados y prestará la mayor ayuda posible a los países miembros para que así sea: su apoyo a España, aun cuando esta está empleando mecanismos dudosos para devolver a los inmigrantes menores, es absoluto. Un caso aún más extremo es el de las fronteras con Bielorrusia, que ha respondido a las sanciones europeas por sus prácticas autoritarias patrocinando vuelos desde Bagdad —hasta cuatro a la semana— cuyos pasajeros eran luego llevados a la frontera para que pasaran a Polonia y Lituania de manera irregular.

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal. (EFE)

La UE respondió llamando al Gobierno iraquí y amenazando con denegarle cualquier ayuda si esos vuelos persistían. Bagdad les puso fin. Pero esto forma parte de una tendencia que los países fronterizos con la UE quieren explotar: el uso de los inmigrantes como armas de presión política. Esos países saben que ahora mismo nada desestabiliza tanto a las políticas nacionales como la posibilidad de una inmigración masiva. Y quieren aprovecharlo para sacar réditos. Sin embargo, la UE aprendió unas cuantas lecciones de la crisis de 2015 y no va a permitir que se salgan con la suya. Quienes lo van a pagar son muchos afganos desesperados.

Externalizar la gestión de la inmigración

El pasado lunes, tras el fin de semana en el que los talibanes se hicieron con el control de Kabul, Emmanuel Macron dio un discurso televisivo en el que afirmó que “la desestabilización de Afganistán amenaza con generar flujos migratorios irregulares”. Francia seguirá protegiendo “a los más amenazados”, dijo, pero “Europa por sí sola no puede asumir las consecuencias de la situación actual”. Armin Laschet, sucesor de Angela Merkel al frente de los democristianos alemanes y posible nuevo canciller tras las elecciones del mes que viene, afirmó que “no deberíamos enviar la señal de que Alemania puede recibir a todo aquel que lo necesite”.

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La idea de los líderes europeos es incentivar que países como Turquía, Irán y Pakistán se queden con el mayor número posible de refugiados y le ahorren el impacto a Europa. Por supuesto, esos países se lo cobrarán y lo utilizarán en su favor en futuras negociaciones sobre otros asuntos políticos. Puede que sea una solución tolerable para todos, aunque resulte moralmente turbia. Sin embargo Europa, y por supuesto Estados Unidos, han contraído una gran deuda con los afganos que ahora ven horrorizados cómo se desvanece la posibilidad de tener una vida mínimamente democrática, laica y tolerante.

Por eso, aunque en Europa el clima político sigue manifestando un enorme rechazo a la inmigración, la UE y los países miembros deben ser generosos. En contra de lo que dirá esa derecha autoritaria que prosperó con la crisis de 2015, quienes pidan refugio en Europa no serán terroristas, sino los que huyen del terror. Las imágenes de la caída de Kabul han evocado las de la caída de Saigón en 1975, tras la fallida guerra estadounidense en Vietnam. Entonces, dos millones y medio de indochinos que huían del sistema comunista fueron acogidos, en distinta proporción, en Estados Unidos, Canadá, Europa y Australia. Hoy el tono político es distinto. Occidente se equivoca al blindarse ante los refugiados y la inmigración, pero es cierto que los políticos no pueden ignorar que ese estado de opinión es real y les constriñe. Aun así, tampoco pueden olvidar las obligaciones morales para con quienes solo quieren una vida digna y sin miedo.

La Unión Europea quiere blindarse ante la llegada de refugiados procedentes de Afganistán. Aceptará a traductores, guías y otros afganos que cooperaron con los ejércitos occidentales sobre el terreno. Es probable que también a otros que simplemente huyan de los talibanes. Pero la prioridad es que no se repita una crisis parecida a la de los años 2015-2016, en la que más de un millón de refugiados procedentes sobre todo de Siria entró en el continente. Más allá de la retórica solidaria, esta es la prioridad política. Y lleva años siéndolo.

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