La demografía no solucionará los problemas políticos
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Ramón González Férriz

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La demografía no solucionará los problemas políticos

La actitud de Sturgeon refleja una tendencia dominante ahora mismo en Occidente: la sensación de que la política no es más que un reflejo de la población

Foto: La primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon. (Reuters)
La primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon. (Reuters)

Hace unos días, la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, afirmó que quería celebrar cuanto antes un nuevo referéndum de independencia de Reino Unido. A diferencia de lo que sucedió en Cataluña, sin embargo, Sturgeon quiere hacerlo con el beneplácito del Gobierno del país y aseguró que, pese a que tiene prisa, esperará hasta contar con él. En la entrevista, decía: “Probablemente tengo el tiempo de mi lado. Si miras la demografía del apoyo a la independencia…”.

La actitud de Sturgeon refleja una tendencia dominante ahora mismo en Occidente: la sensación de que la política no es más que un reflejo de la demografía, y de que esta acabará resolviendo los dilemas que los políticos no saben o no quieren solucionar.

Foto: Foto: EFE. Opinión

No es una tendencia nueva. En 2013, después de que Obama ganara por segunda vez las elecciones presidenciales estadounidenses, el Partido Republicano elaboró un informe, conocido ominosamente como 'la autopsia', que auguraba que el Partido Demócrata prevalecería en el país por causas demográficas. “América se está transformando demográficamente y, a menos que los republicanos seamos capaces de resultar más atractivos, esos cambios inclinan la balanza aún más en favor de los demócratas”.

El partido, afirmaba, debía “centrar sus esfuerzos en ganar nuevos partidarios y votantes en las siguientes comunidades demográficas: hispanos, originarios de las islas de Asia y el Pacífico, afroamericanos, indoamericanos, nativos americanos, mujeres y jóvenes”. Si el partido no abordaba el problema, “perderemos las futuras elecciones: los datos lo demuestran”.

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La derecha nativista occidental —de los gobiernos polaco y húngaro a Vox y Le Pen— también cree que los datos demuestran que el declive de la natalidad en las naciones ricas conlleva de manera inevitable una sustitución de la población local por la inmigrante y, en consecuencia, una sustitución cultural y el auge de los partidos islámicos y de los progresistas que se alíen con ellos. Algunos partidarios de la reunificación entre Irlanda e Irlanda del Norte creen que la demografía la hace imparable. En Israel, la mayor tasa de natalidad entre los ciudadanos musulmanes es vista como una señal de que, con el tiempo, los judíos podrían llegar a ser una mayoría pequeña, o incluso una minoría, en el Estado que se fundó para albergarles precisamente a ellos.

También entre los independentistas catalanes, como entre los escoceses, existe la convicción de que la demografía hace que la independencia sea imparable. Los contrarios a la independencia piensan algo parecido: inevitablemente, la cohorte de niños educados en un ambiente escolar proclive a la independencia se traducirá en una mayoría de adultos independentistas y eso hará irreversible el proceso.

Los jóvenes que se proclaman acérrimos independentistas pueden cambiar de parecer

Por suerte o por desgracia, todas estas predicciones basadas en datos demográficos apenas tienen validez a corto plazo, son exageradas o directamente falsas. Tres años después de que el Partido Republicano augurara su propio declive, Donald Trump ganó las elecciones presidenciales sin necesidad de apelar a algunas de las minorías que los conservadores consideraban indispensables para volver al poder.

La teoría del reemplazo nació en Francia hace más de un siglo y, como se ha visto, sus predicciones se han incumplido de manera sistemática. Ahora, está ganando popularidad justo cuando la llegada de población inmigrante a Europa tiende a estabilizarse o incluso disminuye: en la Unión Europea, hay actualmente más o menos el mismo número de nacidos en el extranjero, alrededor del 8%, que en un país como Rusia, mucho más cerrado.

Foto: Foto: Pixabay. Opinión

La demografía puede decir lo que quiera, pero incluso quienes en el pasado abogaban por una reunificación de las Irlandas son ahora mucho más cautos: el entusiasmo por integrar un país próspero y un territorio mucho más pobre y conflictivo ha disminuido. Y en Cataluña, pese a todos los augurios, el número de partidarios de la independencia más bien ha tendido a disminuir en los últimos años.

Afirmar que la demografía es el destino se ha convertido en un tópico. No es así. Y no lo es por muchas causas. Los politólogos tienen razón al ver patrones de comportamiento debidos a nuestro origen social y, por lo tanto, a considerar la política un reflejo de la composición social. Pero hay algo que no suele tenerse en cuenta por el simple hecho de que es más difícil incluirlo en un modelo: la gente cambia de opinión. Los jóvenes que hoy se proclaman acérrimos independentistas pueden cambiar de parecer en los próximos años; de hecho, yo apuesto a que lo harán: el futuro de la juventud es la vejez y, con ella, una cierta moderación de las expectativas. Las sociedades, además, tienen una gran capacidad de adaptación.

Foto: Foto: iStock. Opinión

Es cierto que, si continúa la tendencia descendente de la natalidad, países como España deberán hacer reformas profundas en sus sistemas laboral, fiscal o de pensiones. Pero, aunque muchas veces los políticos piensen o quieran hacer pensar lo contrario, quizá sea más fácil hacer esas reformas que convencer a las mujeres de que tengan más hijos de los que desean (es cierto que muchas no tienen, o no tienen más, por las condiciones laborales o económicas). Por lo que respecta a las actitudes religiosas, las sociedades modernas empujan a todo el mundo hacia al laicismo, también a los hijos de padres musulmanes.

La obsesión de la política occidental con la demografía es la expresión de una impotencia: la constatación de que estamos renunciando a convencer a los demás y esperamos que sea la demografía la que haga ese trabajo. Es una derrota de los principios democráticos de persuasión y de igualdad entre los ciudadanos independientemente de su origen, creencias o clase. Pero, ante todo, es un espejismo. Cada vez que oiga a un político decir que tal o cual realidad demográfica hace inevitable tal o cual consecuencia política, sea escéptico: es probable que sea solo propaganda.

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