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Renunciar al petróleo ruso debe ser solo el principio
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Ramón González Férriz

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Renunciar al petróleo ruso debe ser solo el principio

Para la UE, prescindir de ese crudo será difícil. Pero es factible y debe abrir la puerta a la independencia energética y el fin de la dependencia de países autocráticos

Foto: Refinería de petróleo de Lukoil, en Volgogrado. (Reuters)
Refinería de petróleo de Lukoil, en Volgogrado. (Reuters)
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En la crisis del petróleo de los años setenta, provocada por el embargo petrolero a los países que habían apoyado a Israel en su guerra contra Egipto, muchos creyeron ver una señal: el mundo y Oriente Medio solo se pacificarían si se acababa con la dependencia del petróleo. Con los precios disparados, se buscaron alternativas al crudo: la energía eólica, la solar, la hidráulica. Incluso la nuclear. Los resultados son conocidos: en los años ochenta y noventa surgió un mercado global de la energía y el petróleo se convirtió en un activo financiero más con cuyo precio especular. El mundo siguió siendo adicto al petróleo. La paz no llegó a Oriente Medio.

La situación hoy es distinta. Para empezar, al mundo le preocupa menos Oriente Medio y la lucha contra el cambio climático ha hecho que nos esforcemos mucho más en encontrar fuentes de energía alternativas. Pero por si eso fuera poco, ha vuelto la guerra, esta vez a Ucrania, lo que ha provocado que ayer la presidenta de la Comisión Europea anunciara el veto al petróleo ruso en la UE. Este será gradual: se vetará la importación de crudo dentro de seis meses y los productos refinados a finales de año. “Nos aseguraremos de que la eliminación del petróleo ruso se produzca de manera ordenada, de modo que nos permita a nosotros y a nuestros socios asegurar rutas de suministro alternativas y minimizar el impacto en los mercados globales”, dijo Von der Leyen. Según los cálculos europeos, esto acelerará la independencia energética de Europa con respecto a Rusia, pero también privará a esta de su principal fuente de financiación, con la cual puede mantener una invasión ruinosa y criminal. Gracias al aumento del precio del petróleo, y a pesar del descenso de las ventas debido a las sanciones, este año el Kremlin obtendrá alrededor de 180.000 millones de dólares en ingresos fiscales derivados del petróleo.

Foto: Vladímir Putin, durante una rueda de prensa. (Reuters/Camus) Opinión

La desconexión europea del petróleo ruso es complicada y potencialmente devastadora. Podría suponer un aumento aún mayor de los precios de la energía y, como no ha dejado de recordar el Gobierno alemán en las últimas semanas, dar un fuerte golpe a la economía europea. Además, es posible que ni siquiera acabe con la invasión de Ucrania. Por un lado, Rusia podrá seguir vendiendo parte de sus excedentes a India o China, aunque sea a precios más baratos. Por otro, es perfectamente verosímil que el Gobierno de Vladímir Putin sacrifique el bienestar de sus ciudadanos, a los que ya somete a una represión y censura dictatoriales, para seguir financiando un delirio nacionalista con el que Putin parece haber hipotecado no solo su mandato, sino su legado y casi la supervivencia de su país.

Aun así, el embargo vale la pena. Ucrania debe decidir hasta cuándo quiere luchar y en qué condiciones aceptaría un acuerdo de paz o, más probablemente, un alto el fuego provisional. Mientras tanto, la primera obligación de Occidente es ayudarla con armas y dinero. Pero la UE y la OTAN tienen una segunda obligación: esbozar un esquema de seguridad para el futuro que impida a Rusia repetir sus delirios expansionistas en la próxima generación. Eso pasa, ahora mismo, por aislarla económicamente de sus principales clientes —Occidente consume alrededor del 70% del petróleo y los productos derivados que exporta Rusia— y no levantar las sanciones ni siquiera con un futuro armisticio.

Foto: Un soldado ucraniano dispara un misil Javelin en Ucrania. (Reuters)

Pero a medio plazo, pasa también por independizar por completo a los países europeos de los combustibles rusos, que Putin ha utilizado durante dos décadas para sobornar a los miembros de la élite europea, asegurarse de que la UE no reaccionaba tras su anexión de Crimea y partes del Donbás en 2014 y ocupar un lugar en la toma de decisiones globales que no le corresponde por su economía ni, por supuesto, sus credenciales democráticas. La seguridad de la frontera este de Europa solo estará garantizada si los países europeos no necesitan carbón, petróleo y, en última instancia, gas rusos. Quizás Hungría piense lo contrario, pero como han experimentado recientemente Polonia y Bulgaria con el corte del suministro del gas, Rusia no se siente obligada a cumplir sus contratos.

Quitar a un tirano para poner a otro

Por supuesto, esto implica una paradoja difícil de aceptar moralmente: para contener a un tirano vamos a recurrir, al menos en parte, al petróleo de países gobernados por otros dictadores, como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Debemos asumirlo. Pero a largo plazo, y tras un periodo en el que es probable que aumenten los costes energéticos, este podrá ser otro motivo para acelerar la independencia energética de Europa y potenciar las energías limpias.

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En ese largo plazo, y por razones tanto climáticas como políticas, el objetivo debería ser no depender más de la mayoría de los países productores de petróleo. La política de los países donde el petróleo es abundante está envenenada: como exponen numerosos estudios, los petroestados tienden a ser dictaduras, a tener economías ineficientes y corruptas, a educar peor a sus niños y a generar muchos más conflictos políticos y militares. Por muy realistas que seamos, o precisamente porque debemos serlo, no deberíamos querer como socios preferentes a países así, ni darles casi libertad absoluta para actuar de acuerdo con sus caprichos financiados por nosotros. Hace dos meses, era impensable siquiera plantear un veto como el que ahora plantea la UE.

El embargo del petróleo ruso, si finalmente se produce, será un proceso doloroso para nuestras economías, pero factible. Tal vez nosotros no lleguemos a ver la independencia total del petróleo y, sin duda, esta no asegurará la paz, ni en Oriente Medio, ni en el Este de Europa ni en ninguna parte. Pero ahora el objetivo principal es defender el liberalismo, los sistemas de convivencia y la democracia tal como los entendemos en Europa. Eso implica, en este momento, reforzar nuestra seguridad. Y hacer eso es mucho más fácil si para encender la luz de casa o poner en marcha una fábrica no dependes de un régimen autocrático.

En la crisis del petróleo de los años setenta, provocada por el embargo petrolero a los países que habían apoyado a Israel en su guerra contra Egipto, muchos creyeron ver una señal: el mundo y Oriente Medio solo se pacificarían si se acababa con la dependencia del petróleo. Con los precios disparados, se buscaron alternativas al crudo: la energía eólica, la solar, la hidráulica. Incluso la nuclear. Los resultados son conocidos: en los años ochenta y noventa surgió un mercado global de la energía y el petróleo se convirtió en un activo financiero más con cuyo precio especular. El mundo siguió siendo adicto al petróleo. La paz no llegó a Oriente Medio.

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