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Intereses y valores en la guerra de Ucrania
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Juan González-Barba Pera

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Intereses y valores en la guerra de Ucrania

Cuando decimos que en esta guerra tenemos que vencer a la Rusia de Putin, en realidad queremos decir que esperamos que la victoria propicie una evolución de los valores rusos similar a la que décadas antes hemos experimentado

Foto: Desfile del Día de la Victoria en Moscú. (EFE EPA/MAXIM SHIPENKOV)
Desfile del Día de la Victoria en Moscú. (EFE EPA/MAXIM SHIPENKOV)

La política exterior, se dice, es una mezcla de intereses y valores. En realidad, esto se puede predicar para toda política, que consiste en la elección continua entre las distintas opciones que afronta una comunidad humana en cualquier ámbito. Los intereses se relacionan con los bienes materiales y los valores con los intangibles o espirituales. De los primeros se ocuparía principalmente, pero no solo, la economía y de los segundos otras ramas del saber como la religión, la filosofía o el derecho. Una política acertada —y se incluye aquí toda política exterior— es aquella que alcanza un equilibrio entre intereses y valores.

Contra lo que pudiera parecer a primera vista, los valores han pesado más que los intereses en la política exterior de los Estados desde su nacimiento en la Edad Moderna, especialmente en momentos de emergencia. Tanto el sentimiento nacional de las élites durante la Edad moderna como el de las masas a partir del nacionalismo de los siglos XIX y XX ha tenido, desde luego en Occidente, un fuerte componente religioso en sus orígenes.

En la Guerra de los Cien Años, en que se vislumbra por primera vez una protoidentidad francesa e inglesa a partir del magma identitario cristiano, se produce por primera vez un trasvase del concepto de pueblo elegido veterotestamentario propio de los judíos a las nuevas naciones que emergían. Estas nacían así con un sentimiento de misión, a cuya consecución supeditaban cualquiera otra consideración, y si no se tiene aquel en cuenta no se puede llegar a entender por qué la España de Felipe II sacrificó su riqueza luchando en los Países Bajos, o la Francia de Napoleón arruinó su incipiente imperio europeo con el intento de conquista de Rusia, o los Estados Unidos de George W. Bush emprendieron una guerra en Irak con un coste exorbitado para su país a la vista del triste balance.

En la época soviética, la ideología de la Tercera Roma se transmutó en la de la exportación y defensa de la revolución proletaria

La defensa del catolicismo por la España filipina, la expansión del legado revolucionario de igualdad, libertad y fraternidad por la Francia napoleónica o el destino manifiesto norteamericano, en este caso ligado a la democratización del mundo árabe a partir del caso iraquí, son factores —no los únicos— que ayudan a explicar decisiones incomprensibles desde un punto de vista exclusivamente material. La actual guerra de Ucrania da pie a una reflexión sobre el dilema entre intereses y valores que experimentan sus actores principales —Rusia, Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea—, que incluye el mismo concepto de valor.

Sin saber aún cuánto se prolongará la guerra, se puede constatar que, desde el punto de vista material, ha sido una decisión ruinosa para Rusia. La descapitalización y el coste económico de las sanciones, el éxodo de decenas de millares de rusos muy cualificados, además del gasto militar, en ningún caso justificaban una decisión de este calado. Pero Putin —y quienes lo siguen— son rehenes de un sentido de misión, que se remonta al menos a Iván el Terrible: tras la caída de Constantinopla o Segunda Roma, quiso el destino que Moscú recogiera la antorcha del doble legado imperial romano y de defensa de la Cristiandad en tanto que Roma rediviva. En la época soviética, la ideología de la Tercera Roma se transmutó en la de la exportación y defensa de la revolución proletaria. El neoconservadurismo de Putin es un nuevo avatar de la ideología primigenia, soporte del imperio antaño y de las zonas de influencia hoy día. El valor supremo que sostiene a la nación rusa, según esta concepción, exige extirpar el 'error identitario' ucraniano incluso si, como se ha visto en Mariúpol, la extirpación implica arrasar y vaciar a ciudades enteras de sus habitantes.

Ucrania, cuya economía se contraerá al menos un 45% este año, no ha dudado en plantar resistencia al agresor con un coste terrible en vidas y destrucción física. El valor de la pervivencia de su identidad, de su independencia y de un modelo democrático de gobernanza ha podido mucho más que cualquier consideración material. Por ello, a oídos de un ucraniano, producen inmediato rechazo los consejos bienintencionados de terceros que los animan a deponer las armas para evitar mayor destrucción en una guerra de invasión que Rusia ha iniciado.

La actual Administración sigue viendo a los Estados Unidos como adalid del mundo democrático

En el caso de los Estados Unidos, el dilema entre valores e intereses tiene otras características. La actual Administración sigue viendo a los Estados Unidos como adalid del mundo democrático. La guerra de Ucrania ha reverdecido su sentido de misión que, si en la Segunda Guerra Mundial llevó al país a combatir los totalitarismos nazi y fascista y en la Guerra Fría el soviético, ahora acude de nuevo al auxilio de Europa ante la violencia del irredentismo ruso de corte autoritario. Es cierto que Estados Unidos deriva algunos beneficios materiales de su intervención, como un incremento de las exportaciones a Europa de gas natural, aunque incurre en gastos militares y, sobre todo, sufre las consecuencias de la dislocación que para la economía y comercio mundiales ha traído aparejada la guerra, especialmente gravosas después de los estragos del covid. Pero podría no haber sido así.

Es una incógnita cómo habría sido la actuación de una hipotética segunda Administración Trump, quien había hecho del 'America First' la brújula de su actuación en política exterior, además de cultivar afinidades con el régimen de Putin. Si los recursos humanos y financieros empleados en apoyo de Ucrania se hubieran considerado una distracción del gran desafío norteamericano del siglo XXI, la confrontación con China, a lo mejor se habría reaccionado de otro modo. Incluso algunos exponentes del realismo en las relaciones internacionales del mundo académico norteamericano poco sospechosos de simpatizar con el trumpismo han preconizado otra política a la vista del reto chino.

Si se podían albergar dudas respecto a cómo articularía la Administración Biden el juego de valores e intereses norteamericanos respecto a esta guerra, en el caso de la Unión Europea se daba por sentado —desde luego, así lo debía de ver Putin— que esta sería inoperante, sencillamente porque hablar de valores en su proyección exterior era pura retórica. La UE podría destinar parte de su presupuesto en acción exterior a la promoción de los derechos humanos, o a la igualdad de género, o, de manera más amplia, al apoyo de la agenda 2030, por citar algunos valores en el corazón del proyecto europeo, pero eso no significaba que los valores pudieran pesar más que los intereses en su acción exterior. Entre otras razones, se daba por descontado que la UE no tenía acción exterior digna de este nombre, sino una política comercial, otra de cooperación al desarrollo y la vertiente externa de otras políticas comunitarias (pesca, energía, medio ambiente, etc.).

Foto: Tranvía destrozado en Mariúpol tras la invasión rusa. (Reuters/Alexander Ermochenko)

La acción exterior efectiva de una comunidad política exige una coordinación de las distintas políticas sectoriales con impacto en terceros países, acompañada de una política exterior y de defensa comunes. En el caso de la UE, estas últimas son incipientes, con una toma de decisiones sometida al veto de cualquiera de los Estados Miembros. Putin debía de contar con que una vez decidida la guerra a gran escala, al igual que ocurrió cuando invadió Crimea o lo que sucedió en relación con los diferentes conflictos y crisis originados a raíz de la Primavera Árabe —o incluso anteriores, como el israelo-palestino—, la UE quedaría fuera de juego, incapaz de encontrar un valor aglutinante de los intereses divergentes de sus Estados Miembros.

Y aquí sucedió la gran sorpresa, porque la UE es algo más que la suma de los 27 Estados miembros. Es también la Europa de los ciudadanos, que se expresan periódicamente en las elecciones al Parlamento Europeo, y que han generado una opinión pública europea que ha condenado de manera abrumadora una guerra de agresión que se funda en valores que la UE rechaza. La mayoría de los países que hoy integran la UE tuvieron también como supremo valor la conquista de territorio para colmar el sueño irredento de sus naciones en algún momento de su historia, inclusive la más reciente. Muchos fueron gobernados por regímenes autoritarios que atizaban entre sus nacionales el honor y prestigio propios en demérito del vecino. La UE podría así calificarse como el despertar colectivo de la pesadilla que en parte fue su historia: una guerra constante de naciones con ambiciones que se solapaban. Y esta fase, que se inició para unas naciones europeas tras la Segunda Guerra Mundial y para otras tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, se caracterizó también por el valor supremo de la democracia.

El análisis de la guerra de Ucrania permite constatar la evolución de los valores a lo largo del tiempo

Solo cuando sus dos valores superiores —la convivencia pacífica entre vecinos y la democracia— han corrido riesgo extremo, la UE ha reaccionado como solo los Estados habían sabido hacer hasta la fecha: anteponiendo sus valores colectivos a los intereses individuales. Lo significativo no es que más de dos meses después del inicio de la guerra de Ucrania la UE no haya incluido entre sus sanciones el embargo al petróleo y gas rusos, sino que la presión de la opinión pública europea haya convertido en insoslayable una desconexión que, aunque tarde aún unos meses, provocará un perjuicio material cierto para las economías más dependientes de dichas fuentes energéticas. Desde esta perspectiva, la guerra de Ucrania es también el acta de nacimiento de la Unión geopolítica, marcando el momento en que la UE, como comunidad política, ha sabido supeditar sus intereses a un valor colectivo superior. Solo cuando se ha dado este paso es factible empezar a hablar de una acción exterior digna de tal nombre, sustentada en una política de exterior y de defensa comunes, que sin duda conocerán en los próximos años un desarrollo inusitado.

El análisis de la guerra de Ucrania permite constatar la evolución de los valores a lo largo del tiempo. Cualquier conocedor de la historia europea aprecia un decalaje de varias décadas entre el valor en que ha sustentado Putin la decisión de una invasión a gran escala de Ucrania y el valor o valores en que ha basado la UE su reacción de apoyo irrestricto a dicho país.

Con Rusia nos unen muchas cosas al resto de los europeos, pero nos diferencia algo esencial, a saber, el valor que hace de clave de bóveda de las respectivas comunidades políticas. Si estos valores fueran inmutables, estaríamos condenados a un enfrentamiento perpetuo pero, como se ha visto en el caso de la UE, también los valores evolucionan. Cuando decimos que en esta guerra tenemos que vencer a la Rusia de Putin en realidad queremos decir que esperamos que la victoria propicie una evolución de los valores rusos similar a la que décadas antes hemos experimentado en el resto del continente.

La política exterior, se dice, es una mezcla de intereses y valores. En realidad, esto se puede predicar para toda política, que consiste en la elección continua entre las distintas opciones que afronta una comunidad humana en cualquier ámbito. Los intereses se relacionan con los bienes materiales y los valores con los intangibles o espirituales. De los primeros se ocuparía principalmente, pero no solo, la economía y de los segundos otras ramas del saber como la religión, la filosofía o el derecho. Una política acertada —y se incluye aquí toda política exterior— es aquella que alcanza un equilibrio entre intereses y valores.

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