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La nueva palabra que puede acabar con la economía global tal como la conocemos
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Ramón González F

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La nueva palabra que puede acabar con la economía global tal como la conocemos

Bajo su apariencia atractiva, el 'friend-shoring' evidencia una noción que marcará los próximos años: la geopolítica será cada vez más relevante para la economía

Foto: La secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen. (Reuters/Jonathan Ernst)
La secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen. (Reuters/Jonathan Ernst)
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Los boicots no son nada nuevo. Se han hecho innumerables llamadas a no consumir productos de Israel para castigar sus políticas con los palestinos. Cada cierto tiempo, se exige boicotear el petróleo saudí o venezolano, porque su consumo no hace más que fortalecer las dictaduras que gobiernan esos países. En el pasado, se boicoteó el comercio con Sudáfrica debido al 'apartheid', y los productos de Estados Unidos por su belicismo.

En los últimos meses, la conversación sobre este tipo de acciones ha cambiado un tanto. Por supuesto, las sanciones impuestas a Rusia han constituido un caso extremo de castigo económico a un país por su comportamiento violento y la ruptura de todas las reglas establecidas. Pero más allá de eso, sobre todo con China en mente, se ha empezado a discutir si este tipo de castigos no debería consistir en algo más que dejar de comprar productos fabricados en un país u otro. Si no se debería dejar de instalar en ciertos países una parte de las cadenas logísticas. Dejar de invertir en aquellos que, por su sistema político, podrían utilizar el poder que les dan las inversiones extranjeras para luego perjudicar a esos intereses extranjeros.

Foto: Foto: Reuters.

Hace unas semanas, Janet Yellen, la secretaria del Tesoro estadounidense, le puso un nombre elegante a esta idea: 'friend-shoring', es decir, externalizar solo en países amigos. A principios de esta semana volvió a ella: “Durante la pandemia, nos dimos cuenta de que nuestras cadenas logísticas eran muy frágiles y les faltaba capacidad de resistencia”. Y añadió: “Los países que apoyan una serie de valores comunes sobre el comercio internacional y el comportamiento en la economía global deberían comerciar y obtener los beneficios del comercio, de modo que tengamos múltiples fuentes de abastecimiento y no dependamos en exceso del suministro de artículos cruciales procedente de algunos países, sobre todo de aquellos con los que tenemos conflictos geopolíticos”.

La idea suena bien: las democracias formaríamos un club comercial rico y liberal y dejaríamos que las dictaduras y los países que amenazan nuestra supremacía y nuestros valores comerciaran entre sí y se fueran empobreciendo lentamente. Nosotros recuperaríamos las fábricas que externalizamos hace décadas, o las pondríamos en países amigos un poco más pobres. Quien quisiera optar a nuestras inversiones tendría que portarse bien y adoptar nuestros valores, lo que supondría un fuerte incentivo para la democracia. Pero, probablemente, sería un desastre.

Foto: El presidente de Rusia, Vladímir Putin, y el de Estados Unidos, Joe Biden, en la cumbre entre EEUU y Rusia de junio de 2021 en Ginebra, Suiza. (Getty/Peter Klaunzer)

Lo sería por varias razones. En el plano político, supondría un regreso a lo peor de la Guerra Fría: la creación de bloques (¿dos, tres?) que apenas mantendrían relaciones amistosas entre sí y cuyo único vínculo sería la competición por aumentar su influencia en terceros países. Habría que escoger un bloque al que pertenecer y plegarse a los valores e intereses de su líder: Estados Unidos, China o unos nuevos 'países no alineados' encabezados por India (la Unión Europea intentaría mantener su autonomía, pero en ese contexto hipotético acabaría siendo rehén de Estados Unidos). Es probable que el intento de evitar tratos con países con los que se tienen conflictos geopolíticos acabara en un aumento de estos conflictos: si Estados Unidos y China no están ahora más cerca de la guerra es por su mutua dependencia económica.

En el plano económico, esto supondría poner las consideraciones políticas por delante de la eficiencia. Según un estudio reciente de la Organización Mundial del Comercio, aunque no se formaran bloques definidos y explícitos, si las empresas intentaran minimizar los riesgos políticos reubicando sus cadenas logísticas en países amigos, el PIB global se reduciría un 5%, se restringiría la competencia y disminuiría la innovación. En consecuencia, la inflación actual en Occidente podría convertirse en un fenómeno más o menos estructural y muchos productos serían bastante más caros para los consumidores ricos.

Foto: EC Diseño.

Sin embargo, también hay razones morales para rehuir el 'friend-shoring' como norma. Se piense lo que se piense de la globalización comercial y el aumento de las inversiones extranjeras, es un hecho innegable que ese proceso ha servido para sacar a miles de millones de personas de la pobreza, sobre todo en China e India, pero también en otros países asiáticos como Vietnam y Bangladés. Sin duda, para lo que no ha servido la globalización es para que algunos de ellos se democraticen. China, por ejemplo, se ha ido convirtiendo en una dictadura más férrea y represiva a medida que se enriquecía. Pero tal vez sus ciudadanos no deban sufrir la doble condena de empobrecerse y, además, vivir bajo un régimen terrible.

Esto último, por supuesto, suscita innumerables ambigüedades: ¿acaso no podríamos utilizar este mismo argumento para levantar las sanciones a Rusia y dejar de perjudicar a una ciudadanía que, aunque apoye mayoritariamente a un Vladímir Putin cada vez más dictatorial, no tiene responsabilidades directas en la guerra? También es cierto que la UE y Estados Unidos harían bien en depender menos de China para el suministro de semiconductores, que son cruciales en muchos sectores de la industria, la sanidad y la automoción, o de las tierras raras que se utilizan para fabricar baterías de litio y vehículos eléctricos.

Yellen ha insistido en que el 'friend-shoring' no es una medida proteccionista y que no añadirá presiones inflacionarias a la economía de EEUU

Es un equilibrio difícil. Yellen ha insistido en que el 'friend-shoring' no es una medida proteccionista y que no añadirá presiones inflacionarias a la economía estadounidense, cuyos precios subieron en mayo un 8,6% anual (en la eurozona, lo hicieron un 8,1%). Es posible, incluso, que el 'friend-shoring”' no sea más que un eslogan para referirse a tendencias que ya existían (hace años que Estados Unidos y China quieren depender menos el uno del otro), darle una pátina democratizadora al 'America First' o transmitir que el Partido Demócrata sigue siendo un promotor de la democracia en el exterior.

Al final, puede que esta palabra de nuevo cuño no sea clave en el proceso de lenta, confusa y dudosa desglobalización que vivimos. En cualquier caso, bajo su apariencia atractiva, seguramente es una mala idea, pero que evidencia una noción que marcará los próximos años: la geopolítica será cada vez más relevante para la economía.

Los boicots no son nada nuevo. Se han hecho innumerables llamadas a no consumir productos de Israel para castigar sus políticas con los palestinos. Cada cierto tiempo, se exige boicotear el petróleo saudí o venezolano, porque su consumo no hace más que fortalecer las dictaduras que gobiernan esos países. En el pasado, se boicoteó el comercio con Sudáfrica debido al 'apartheid', y los productos de Estados Unidos por su belicismo.

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