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Llevemos lo más lejos posible la libertad de expresión (y asumamos los riesgos)
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Ramón González Férriz

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Llevemos lo más lejos posible la libertad de expresión (y asumamos los riesgos)

El intento de asesinato de Rushdie nos ha recordado por qué la libertad de expresión es importante y por qué nadie se la toma demasiado en serio cuando cree que perjudica a sus intereses

Foto: Salman Rushdie. (Reuters/Archivo/Dylan Martinez)
Salman Rushdie. (Reuters/Archivo/Dylan Martinez)
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Hay consensos que son tan bienvenidos como falsos. Todo el mundo, aparentemente, cree en la libertad de expresión. Los periódicos hablan de ella, los políticos la celebran, las redes se rebelan cuando parece que se pone en entredicho e incluso quien pretende suprimir una opinión dice hacerlo en nombre de la libertad. La clave, sin embargo, es la primera palabra que decimos tras afirmar “creo en la libertad de expresión”. Si esa palabra es un 'pero', es mejor, como recomendaba Salman Rushdie, dejar de escuchar: esa persona no cree en la libertad de expresión.

El intento de asesinato de Rushdie nos ha recordado por qué la libertad de expresión es importante y por qué nadie se la toma demasiado en serio cuando cree que perjudica a sus intereses. Nuestro tribalismo nos empuja a pensar que, si bien nosotros y los nuestros hacemos un uso responsable de la libertad de expresión, el bando contrario abusa de ella o la entiende mal. Ofender a los demás es una muestra de libertad si lo hacemos nosotros; un ataque injustificado si los otros nos lo hacen a nosotros. Muchos sectores de la sociedad creen que ellos deberían estar al margen del riesgo que supone la libertad de expresión: no solo una parte importante de los creyentes de una u otra religión, que en muchos casos han llegado a conseguir que se dediquen leyes especiales para blindarles de la ofensa, sino también partidos políticos —Vox y Podemos han liderado en España los ataques a la prensa libre— y famosos que se dedican a abusar del sistema judicial cada vez que se sienten insultados por alguien. Muchas veces, estas instituciones e individuos cuentan con la cobertura de intelectuales y periodistas, que creen en la libertad de expresión, pero, como decía Rushdie, añaden peros a esta: “Creo en la libertad de expresión, pero la gente debería contenerse”, “pero no deberíamos enfadar a nadie”, “pero no llevemos las cosas demasiado lejos”. Esas afirmaciones, por supuesto, solo se hacen cuando el perjudicado es el bando propio.

Foto: El escritor Salman Rushdie, siendo trasladado a un hospital. (Reuters)

Pero no hay que entender la libertad de expresión, y los múltiples problemas que ocasiona, como un derecho sagrado o un altar en el que depositar nuestros insultos, sino como un precio razonable que pagamos por vivir en una sociedad libre. A diferencia de otros columnistas y escritores políticos, no estoy demasiado interesado en ofender, la provocación me parece un recurso perezoso para hacerse oír y no tengo nada en contra de la prudencia. Sin embargo, eso son límites que cada uno debe ponerse, al mismo tiempo que asume que en las sociedades libres los demás se pondrán los suyos y que esos límites no serán los mismos. Es desagradable escuchar o leer las toneladas de estupideces que se publican a diario. Pero créanme: es mucho más desagradable prohibirlas. Sobre todo, porque en esto los Estados no suelen legislar en favor del bien general, sino bajo la presión de determinados grupos que quieren eximirse de los riesgos que implica vivir en sociedades liberales sin renunciar a sus beneficios. El Gobierno actual no ha derogado ni cambiado la llamada ley mordaza del PP: ha descubierto que puede utilizarla de una manera distinta y acorde con sus intereses.

Esta defensa de la libertad de expresión no es fruto de una ensoñación libertaria: bienes como la libertad no son absolutos, sino que están en fricción constante con otros, como la igualdad, el honor o la intimidad. Y eso hay que reconocerlo. Pero esos choques, que son propios de las sociedades pluralistas, no pueden ser siempre una excusa para dar la razón a los partidarios de reducir cada vez más los campos en los que poner en práctica esa libertad. Muchos la utilizan para hacer el mal, abusar del débil y humillar al derrotado. Muchas veces, uno tiene la tentación de restringir precisamente ahí la libertad, y no es un impulso necio. Pero las consecuencias de hacerlo siempre son peores que el hastío y el asco que produce la estupidez.

Foto: Foto de archivo, Salman Rushdie durante una entrevista en Londres. (Reuters/Dylan Martinez )

La recuperación de Rushdie es una victoria para quienes entendemos la vida de una manera parecida a la suya. Así la describió en un artículo que escribió en 2001 en el 'Washington Post': “Para demostrar que el fundamentalista se equivoca tenemos que saber primero que se equivoca. Tenemos que estar de acuerdo en qué es importante: besarse en público, los bocadillos de beicon, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas”.

Su caso inauguró para nuestra generación una horrible costumbre: como han reconocido años después algunos líderes musulmanes británicos que alentaron su acoso, como Iqbal Sacranie, ellos sabían que la condena a muerte de Rushdie era excesiva. Pero se dieron cuenta de que la sensación de ofensa que tenían algunos musulmanes, encauzada por ellos, serviría para cohesionar a los musulmanes en todo el mundo y darles poder para influir en la política de Occidente. Su arma sería la utilización de esa ofensa.

Ese mecanismo de invocar ofensas terribles para coartar la libertad de expresión de los demás se ha convertido en un mecanismo habitual

El caso de Rushdie y de la fatua, por supuesto, fue el más trágico. Pero ese mecanismo de invocar ofensas terribles (a veces reales, a veces imaginarias) para conseguir más poder y coartar la libertad de expresión de los demás se ha convertido en un mecanismo habitual en nuestra vida pública. A pesar de ese mecanismo ubicuo, o precisamente debido a él, deberíamos ampliar al máximo la libertad de expresión. Sabemos que hay cuestiones ambiguas y sabemos que lo más difícil es identificarlas para mantener la violencia a raya y, al mismo tiempo, no coartar la libertad de nadie, empezando por la de nuestros adversarios políticos. Pero déjenme dar un consejo sencillo: cuando se dude entre un poco menos de libertad de expresión y un poco más, apostemos siempre por un poco más. Cuando tengamos dudas sobre si una ofensa ha ido más allá de lo razonable, asumamos que puede ser así, pero que peor ofensa sería suprimirla. Cuando dudemos sobre dónde debería estar la línea roja, digámonos siempre: lo más lejos posible o en ninguna parte. No por gusto: sino porque lo contrario es peor.

Hay consensos que son tan bienvenidos como falsos. Todo el mundo, aparentemente, cree en la libertad de expresión. Los periódicos hablan de ella, los políticos la celebran, las redes se rebelan cuando parece que se pone en entredicho e incluso quien pretende suprimir una opinión dice hacerlo en nombre de la libertad. La clave, sin embargo, es la primera palabra que decimos tras afirmar “creo en la libertad de expresión”. Si esa palabra es un 'pero', es mejor, como recomendaba Salman Rushdie, dejar de escuchar: esa persona no cree en la libertad de expresión.

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