Tras haber analizado la influencia sobre el poder político de los sentimientos de nostalgia y miedo colectivos, concluyo la serie con unas consideraciones sobre la esperanza social, que es el sentimiento colectivo más propicio para el desenvolvimiento del poder político. La esperanza es la que saca el mejor potencial de lanostalgia colectiva, y contribuye a que, ante el miedo por tal o cual amenaza o daño, se tomen las decisiones adecuadas que contribuyan a mitigarlos o desactivarlos, ya por exagerados, ya afrontando de manera efectiva la amenaza o daño en cuestión, sin exacerbarlos. La esperanza colectiva establece una relación especial entre gobernante y gobernados, como si estos últimos, además del mandato explícito tras una elección si se trata de un régimen democrático, dieran otro implícito, basado en la confianza de que se tomarán las decisiones apropiadas que redundarán en beneficio de toda la sociedad. El mandato implícito es mucho más indefinido que el explícito, en el tiempo y en sus contornos. Y también más fugaz y quebradizo: el periodo de gracia puede romperse en cualquier momento, ya por rasgos menos favorables del gobernante o gobernantes que salen a la luz en el ejercicio del poder, ya por circunstancias sobrevenidas que alteran el estado anímico confiado de la sociedad.
Si esto es así, interesa saber qué condiciones fomentan la aparición de la esperanza y, una vez surgida, cuáles facilitan su máxima prolongación posible. En Occidente, la esperanza estuvo ligada en sus orígenes al cristianismo. Con el anuncio de que el Reino de Dios no era de este mundo, la fe en el próximo contribuyó a sobrellevar las penalidades del presente, iluminándolo de manera especial en los periodos en los que cundía la impresión de que, por la justicia y prosperidad relativas imperantes, anticipaban la gloria celestial. La secularización alteró esta percepción, y la esperanza se ligó a un nuevo concepto, el progreso: se confiaba en que los avances técnicos y sociales asegurarían la prosperidad de toda la sociedad, disminuyendo las disparidades entre los más y menos favorecidos y, sobre todo, evitando los conflictos violentos. El anhelo de paz, justicia e igualdad permeó buena parte del siglo XIX europeo, pero la carrera colonial y demás disputas territoriales terminaron por frustrar las expectativas esperanzadas de la peor manera posible: las dos guerras mundiales posiblemente fueron el periodo más negro de la humanidad, desde luego de Occidente. Pero la esperanza no es patrimonio exclusivo del occidente cristiano o secularizado: un sentimiento parecido a la esperanza se vivió en determinadas épocas anteriores a la aparición del cristianismo, como se interpretó desde Gibbon el periodo de los llamados cinco emperadores buenos (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio). Otro tanto ha ocurrido en otros ámbitos de civilización distintos de la cristiana o de raíz cristiana, como, por ejemplo, se recuerda en el islam el tiempo del esplendor de Al Andalus.
La esperanza tiene que ver con las expectativas, como sucede con el miedo: si este genera una angustia ante una amenaza, riesgo o daño reales o imaginarios, aquella nutre la confianza en que el futuro será mejor. Y eso equivale a decir, básicamente, que las necesidades básicas estarán mejor cubiertas, las disparidades se reducirán y, sobre todo, especialmente a partir de la Edad Contemporánea, que los conflictos que estas y otras causas generan no se solucionarán de manera violenta, sino pacífica. Dependiendo de la civilización de que se trate, se valorará más o menos que todas estas expectativas no sean impuestas por el gobernante, sino libremente decididas en el seno de la sociedad.
En una primera aproximación, épocas de prosperidad y crecimiento económico son más proclives a que prevalezca un clima de esperanza en vez del miedo que conlleva una crisis económica, especialmente las de mayor envergadura, que alteran radicalmente las expectativas básicas de la población. Sin embargo, hay ocasiones en que la economía crece y, no obstante, la percepción ambiente no es esperanzadora. Sin ir más lejos, es lo que estamos viviendo en la actualidad en la mayoría de los países occidentales, instalados en un miedo difuso por un cúmulo de causas de diferente naturaleza, unas imaginarias o sobredimensionadas, pero otras muy reales.
Entre las últimas, descuella el conflicto violento. En comparación con los progresos técnicos registrados en numerosos ámbitos, como la industria, agricultura, medicina, ingeniería o urbanización, que han mejorado objetivamente las condiciones de vida de la población en su conjunto, aunque no en igual medida, hemos evolucionado mucho menos en la gestión armoniosa de la convivencia humana. Los conflictos en Ucrania, Oriente Próximo, el Sahel o el Cuerno de África nos recuerdan cada día cuánto queda por hacer a la humanidad para lograr un mundo en que prevalezca la paz. Por eso, no es casualidad que las épocas más esperanzadoras que jalonan la historia sean las que sigan inmediatamente a las guerras más devastadoras, a poco que la paz negociada a su término no se dictara con espíritu de revancha hacia los perdedores, sino de reconciliación.
En la historia europea y occidental, la paz de Westfalia de 1648 que puso término a la guerra de los Treinta Años es un buen ejemplo. Otro son los distintos arreglos que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, aunque la esperanza fue pronto empañada por la época de tensión bipolar internacional conocida como Guerra Fría. De nuevo, con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, se abrió una nueva época de esperanza, cuyo fin coincide grosso modo con la llegada de Putin al poder. Situaciones de “guerra fría” en el interior de países que conocieron guerras civiles o graves enfrentamientos internos sin que a su término prevaleciera el espíritu de reconciliación, dieron paso en ciertos casos, al cabo de los años, a transiciones pactadas que desembocaron en democracias liberales, como en España, Sudáfrica o Chile, marcando el inicio de un periodo lleno de esperanza. Pareciera que el sino del hombre fuera una alternancia de periodos conflictivos hasta llegar a una cima de destrucción máxima, con catarsis colectivas plenas de esperanza, desgraciadamente mucho más breves que los primeros, pues pronto empezaban las desavenencias y tensiones que empañaban la concordia.
De ahí que uno de los retos de nuestras sociedades y de la comunidad internacional sea, si no lograr el objetivo utópico de un mundo en paz, sí al menos conseguir estirar lo más posible el tiempo de catarsis y de concordia, hasta que supere el tiempo de conflictos y violencia. Un elemento central en esta estrategia ha sido crear estructuras institucionales que fuercen a todas las partes, incluidos los enemigos de ayer, a un proceso continuo de pactos, o al menos de negociaciones, o, como mínimo, de diálogo. El ejemplo más conocido es el de Naciones Unidas, a la que se critica a menudo por su inoperancia en materia de paz y seguridad, pero en su defensa hay que aducir que, sin la labor de sus enviados especiales y sus fuerzas de mantenimiento de paz, el número de conflictos desde su creación habría sido mayor, así como la intensidad y duración de los que ha habido, por no hablar del gran número de acuerdos internacionales en innumerables ámbitos alcanzados en sus foros.
Las iniciativas de establecimiento de estructuras institucionales de ámbito regional han sido más efectivas. El ejemplo paradigmático es el de la Unión Europea, en el continente que, a lo largo de su historia, ha registrado mayor conflictividad bélica y que fue el foco e inicio de las dos guerras mundiales. Se podría así definir a la UE como elemento estructural / institucional de mantenimiento de la esperanza.
Junto a estos elementos estructurales ideados para prolongar la duración de la esperanza colectiva, hay factores coadyuvantes de la esperanza: su desarrollo propicia y fomenta esta última, por lo que su vitalidad contribuye a mantener viva la llama de la esperanza. Enumero brevemente los que, a mi juicio, son más relevantes:
El diálogo interreligioso: en un mundo crecientemente secularizado, las religiones han dejado de ser el instrumento principal portador de esperanza. Pero no debemos olvidar que, a lo largo de la historia, han sido a menudo las principales aliadas del poder político y militar a la hora de justificar violencias de todo tipo. El que las grandes religiones estén comprometidas con el ecumenismo y que hayan aceptado el principio de que hay caminos distintos hacia la salvación y perfección del hombre es algo radicalmente transformador.
La universalización de los derechos humanos y la justicia internacional: aunque la interpretación de aquellos sea muy divergente y su aplicación deficiente en muchos países, y a pesar del alcance limitado de esta última, la consolidación del principio no tiene vuelta atrás.
La expansión del comercio: el comerciante, a lo largo de la historia, ha sido quien tendía puentes entre desconocidos, quien cultivaba la negociación sobre la base de la confianza, quien sellaba acuerdos mutuamente beneficiosos. El libre comercio, con todas las garantías que se quieran para evitar prácticas abusivas, es un signo de esperanza.
El progreso científico y técnico al servicio del hombre: todo avance científico y técnico ha entrañado beneficios, pero también efectos negativos colaterales. No hay rosas sin espinas o, en lenguaje cervantino, las cañas tienden a volverse lanzas. De ahí que uno de los debates más importantes en la actualidad sea minimizar los usos dañinos de la inteligencia artificial.
La eclosión del deporte y las competiciones deportivas nacionales e internacionales: no hay mejor sucedáneo de la hostilidad propia de la guerra, que sustituye al enemigo por el rival. Si las competiciones deportivas europeas suscitan tanto interés dentro y fuera de nuestro continente es porque ninguno tiene nuestro historial bélico y potencial de conflictos, que nos ha legado una rivalidad para mayor disfrute del deporte de competición.
El turismo de masas: en un artículo que publiqué recientemente en este medio, argumentaba por qué el turismo de masas, con un quinto de la población mundial desplazándose anualmente por razones turísticas, es muy importante para la interiorización personal de la diversidad del mundo, su aceptación, y la superación de la propensión histórica de conquista y control del vecino y no tan vecino (colonialismo) diferentes. El reto estriba en mantener la práctica asegurando su sostenibilidad.
En definitiva, la esperanza es flor delicada. Sabemos cuáles son los nutrientes que la favorecen. Sin ella, el poder tiende a volverse insoportable para los gobernados, y poderes rivales chocan incesantemente por acrecentar el suyo a costa del contrario. Casi nadie quiere la violencia, pero si la esperanza desaparece, aquella nos acechará indefectiblemente en cualquier recodo del camino.
*Juan González-Barba, diplomático y exsecretario de Estado para la UE (2020-21).
Tras haber analizado la influencia sobre el poder político de los sentimientos de nostalgia y miedo colectivos, concluyo la serie con unas consideraciones sobre la esperanza social, que es el sentimiento colectivo más propicio para el desenvolvimiento del poder político. La esperanza es la que saca el mejor potencial de lanostalgia colectiva, y contribuye a que, ante el miedo por tal o cual amenaza o daño, se tomen las decisiones adecuadas que contribuyan a mitigarlos o desactivarlos, ya por exagerados, ya afrontando de manera efectiva la amenaza o daño en cuestión, sin exacerbarlos. La esperanza colectiva establece una relación especial entre gobernante y gobernados, como si estos últimos, además del mandato explícito tras una elección si se trata de un régimen democrático, dieran otro implícito, basado en la confianza de que se tomarán las decisiones apropiadas que redundarán en beneficio de toda la sociedad. El mandato implícito es mucho más indefinido que el explícito, en el tiempo y en sus contornos. Y también más fugaz y quebradizo: el periodo de gracia puede romperse en cualquier momento, ya por rasgos menos favorables del gobernante o gobernantes que salen a la luz en el ejercicio del poder, ya por circunstancias sobrevenidas que alteran el estado anímico confiado de la sociedad.