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Fernando Primo de Rivera

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Trump y amigos: pusilanimidad y deserción

La pusilanimidad con la que se contempla la nueva legislatura Trump llega hasta el pardillismo, el entreguismo, o incluso, la más pura deserción del interés europeo

Foto: El presidente electo de EEUU, Donald Trump. (EFE/EPA/Pool/Allison Robbert)
El presidente electo de EEUU, Donald Trump. (EFE/EPA/Pool/Allison Robbert)

Finalmente, aconteció y Trump aterrizará en la Casa Blanca a mitad de enero del año entrante. Un acontecimiento histórico por el derrumbe potencial de los cimientos de la democracia liberal anclados en la separación de poderes, el repliegue en materia de política exterior y la vituperación de los principios básicos ortodoxos sobre los que se debe gestionar una economía. Y no en un sitio cualquiera, en el epicentro del sistema financiero internacional. Toda la algarabía que ha provocado el evento en el espectro ideológico de las derechas por el lado cultural, que ven refutados años de neurosis política identitaria woke, por fin, chirría sonadamente con la estupefacción sumisa en la recepción por parte de circuitos más formales de una agenda de política económica anclada en la confrontación y la erosión de intereses europeos. Como si no fuera con nosotros esto del euro y Europa.

Viva el aquelarre ideológico. Se blanquean y hasta celebran en círculos mediáticos financieros patrios medidas que atentan a nuestro empleo, nuestro crecimiento, nuestras multinacionales y nuestro capital. Regocijo afín encontramos en el elenco de patriotas europeos, eufemismo que encubre los nacionalismos populistas de los Orbán, Le Pen o Vox, reaccionarios amigos de Putin que vitorean una vuelta de tintes mesiánicos: “La historia está de nuestro lado”, dicen.

La derecha económica y la derecha política populista a menudo se abrazan pueril e inconscientemente en esta Europa nuestra -y me sobran amigos en este espectro-. La pusilanimidad con la que se contempla la nueva legislatura Trump llega hasta el pardillismo, el entreguismo, o incluso, la más pura deserción del interés europeo.

Economic warfare es lo que está en la mesa. Una agenda de política comercial a base de tarifas agresivas que sepulta definitivamente la globalización abierta y en base reglas, a la que Europa está más expuesta. Una política industrial del America First diseñada para atraer capital, inversiones y empleo a sus costas, ¿de dónde? O una política fiscal de bajadas de impuestos con un déficit estructural del 7%, tirando de crédito hasta niveles obscenos y que absorbe capital del resto del mundo.

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Son las prerrogativas del régimen dólar: los niveles de déficit comerciales y fiscales sin penalización en mercados financieros en forma de mayores costes. El desafío inherente a las leyes y principios de mercado ocurre porque, sencillamente, no hay competencia viable a la vista. Eso sancionan los mercados.

Mira por dónde que un documento mandato para la Comisión Europea, el Plan Draghi, presenta como propuesta clave para el próximo quinquenio la emisión conjunta o el eurobono, citado más de una veintena de veces. La tímida y cauta recepción que ha recibido es parte de la misma pachanga anodina que obvia dónde está nuestro interés -y aun denunciando el plan una decadencia secular de décadas-. Un euro íntegro va precisamente de competir en toda regla con otras monedas.

Lo de principios es crítico y esa ortodoxia que se tiene por tal, no debiera olvidarlo. Acuñan una tradición de experiencia a la larga inexorable, por eso son principios. Y cuando se vulneran con la transgresión de límites, ya no hay vuelta atrás. “Esta vez es diferente”. A esto llegan los excesos:

Ahí están los incrementos de deuda incurridos en los últimos cinco años y el impacto en tipos de interés que han pasado de cercanos al 1% hasta el 5%. Pero hay más. Han despreciado la ortodoxia keynesiana que han practicado con rigor los últimos 40 años, la que aboga por mejorar las cuentas públicas cuando la economía va bien y el desempleo está cercano a mínimos, como es el caso (4.1%). Buena parte del crecimiento mágico es esta política.

Ahora la guinda en el pastel de la bajada de impuestos de Trump que muchos exponentes de nuestra derecha económica mediática encomian, propulsaría el déficit en un 2%, hasta niveles cercanos al 9 o 10%. Viva la revolución. Este gráfico abajo es antes de Trump.

Cuando esta burbuja de activos financieros estalle -y no es una cábala de mercados, sólo es cuestión de tiempo: una subasta incompleta, una desviación excesiva, una recesión- el capital acumulado en EEUU podrá, o no, tener un refugio alternativo en el primer mundo, es decir, una oferta competidora. A pesar de la orgía de deuda los últimos años, contamos en la UE con 30 puntos porcentuales de menor deuda sobre PIB y un déficit a la mitad frente a EEUU, tributo de los años difíciles, 2012-2020, recordarán.

El Plan Draghi tiene identificada la figura como la pieza de dovela para completar la Unión de Mercados de Capital, atraer capital de vuelta y liberar la capacidad de inversión del sector privada mediante la reducción de la prima de riesgo (págs. 280-296 Parte B). La cuestión crítica es su impacto formal en toda la arquitectura euro: un compromiso renovado de mejor disciplina (pág. 290). El cuánto y en qué se puede gastar es una cuestión posterior y que el plan también aborda con mano de cirujano.

En el plano político, el correlato más afín de esta pachanga y ensimismamiento que llevamos encima para desmerecer el interés propio, son las derechas nacionalistas de corte populista que claman contra “el globalismo” y pretenden soluciones reduccionistas desde el nacionalismo más rancio. Han alcanzado más de un 20% en el Parlamento Europeo y se relamen ante la llegada de Trump, cuyo objetivo será “dividir y vencer”.

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Cuando este país se alinee con la tendencia prevalente en Europa y nos deshagamos del desfalco a la nación de “la coalición progresista” y cuando en Alemania hagan lo propio con la pusilanimidad andante que es Scholz, la fisonomía política europea habrá cambiado definitivamente a la derecha. En el entendimiento entre la derecha clásica y los exabruptos nacionalistas, se cocerán los acuerdos. El entendimiento Meloni-Von der Leyen, a cuyas prescripciones en inmigración se ha acogido toda Europa, aporta puro pragmatismo.

Si en el plano cultural ha sido una salubre dosis de realismo la que ha permitido desenmascarar la neurosis del wokismo, que desde la identidad en modo histriónico afrenta la libertad de otros, cabe preguntarse si estas derechas reduccionistas seguirán un mismo criterio -realista- a la hora de afrontar problemas de naturaleza global y geopolítica. Sean inmigración, defensa, políticas comerciales, industriales, competencia monetaria. “Invertir en la verdad”, apuntaba recientemente en la Fundación del Pino, Álvarez de Toledo, como consigna política para la concertación. Pero no está nada claro. Entre pusilánimes, indolentes o peor aún, desertores, anda el juego.

Finalmente, aconteció y Trump aterrizará en la Casa Blanca a mitad de enero del año entrante. Un acontecimiento histórico por el derrumbe potencial de los cimientos de la democracia liberal anclados en la separación de poderes, el repliegue en materia de política exterior y la vituperación de los principios básicos ortodoxos sobre los que se debe gestionar una economía. Y no en un sitio cualquiera, en el epicentro del sistema financiero internacional. Toda la algarabía que ha provocado el evento en el espectro ideológico de las derechas por el lado cultural, que ven refutados años de neurosis política identitaria woke, por fin, chirría sonadamente con la estupefacción sumisa en la recepción por parte de circuitos más formales de una agenda de política económica anclada en la confrontación y la erosión de intereses europeos. Como si no fuera con nosotros esto del euro y Europa.

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