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Ucrania, 20 años de la revolución fallida y 10 de la primera invasión
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Jesús López-Medel

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Ucrania, 20 años de la revolución fallida y 10 de la primera invasión

Putin, nostálgico del zarismo​ y de la etapa soviética, ha venido exponiendo claramente su enfoque en el que Ucrania forma parte, incluso militarmente, de su concepción totalizadora de lo que estima que es suyo

Foto: Una joven sostiene en brazos a un perro tras un ataque con misiles en Kiev. (EFE/Sergey Dolzhenko)
Una joven sostiene en brazos a un perro tras un ataque con misiles en Kiev. (EFE/Sergey Dolzhenko)

La desintegración de la Unión Soviética en 1991 fue acaso el mayor acontecimiento geoestratégico de la segunda mitad del siglo XX. Las costuras muy antiguas ya debilitadas que unían a ese gran imperio, se resquebrajaron definitivamente e implosionó. Eso causó unas heridas enormes en la población que, prefiriendo las seguridades a las libertades, echaron enseguida en falta el proteccionismo que daba el comunismo en cuanto les garantizaban calefacción gratuita y esas cosas más elementales.

Pero el imperio crujió pues estaba asentado en un centralismo absurdo donde las principales decisiones de todo tipo se tomaban desde Moscú y el comité central soviético. Las tensiones y la fragilidad de un poder central contribuyeron también a que un golpe de Estado fallido (el dirigido contra Mijaíl Gorbachov) desembocase, pese a su fracaso, en algo inaudito: la desaparición del propio Estado.

En ello, tuvo especial importancia que Ucrania fuese la primera República (dejando a un lado los países bálticos) que decidiese seguir su propio camino. El referéndum de independencia del 1 de diciembre de 1991 abrió el camino a que los demás siguiesen ese rumbo (salvo las repúblicas huérfanas de Asia Central). Esto fue anotado en el Kremlin.

Esa posición de liderazgo de Ucrania entonces, nunca se olvidaría por los nostálgicos de un imperio, aunque intentase este ser reformulado. Pero ese odio hacia el país también eslavo, el más importante junto al ruso, incrementaría mucho con ocasión de la revolución naranja de finales de 2004, hace 20 años. Yo tuve la oportunidad de visitar en brevísimo tiempo cuatro veces el país. Y pude observar cómo Ucrania era una pieza codiciada del tablero mundial. Pude observar las injerencias de Putin en favor del candidato Kuchman, como también percibí que, en el mismo o mayor sentido, occidente estaba movilizándose abiertamente en favor de llevar a ese gran país, también geográficamente y con dos almas, hacia Europa.

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Las elecciones se hubieron de repetir nada menos que el 26 de diciembre de ese 2004, hace ahora 20 años. Me resultó inolvidable vivir el día de Navidad allá, impulsado desde mi espíritu activista ilusionante de DDHH. Viktor Yushchenco sería elegido en esa repetición electoral. Todos lo celebramos porque las elecciones fueron muy limpias. Pero algunos ya apreciábamos que el país estaba muy lejos de estándares democráticos y con una gran corrupción fruto en parte del veneno inoculado durante tantos años.

Ese tiempo de ensoñación ficticia duró poco, pues la revolución se quedó sin gas (metafóricamente el que dependía de Moscú) y las naranjas sin vitaminas. Pero esa implicación como revolución de colores, ya fue debidamente anotada desde el Kremlin, como también lo había sido la de las rosas blancas en Georgia el año antes y cuya situación actual se ha dado absolutamente la vuelta ahora hacia un Gobierno prorruso.

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Volviendo a Ucrania, el candidato prorruso, V. Yanukovich, ganaría limpiamente las elecciones en 2010, pero se deslizó hacia una única visión de Ucrania no plural y cada vez más autoritaria. Los hechos sangrientos del Maidan en 2014 dieron lugar a su huida y al inicio de una nueva etapa. Pero ya entonces, hace diez años, la reacción inmediata de Moscú fue la invasión de Lugansk y Donetsk, zonas geográficamente próximas a Rusia y el zarpazo de Crimea.

En varios de estos momentos históricos y lugares pude repetir varias presencias, conformando mis convicciones y también mis dudas sobre el tablero tan difuso que es la zona tan límite y fronteriza a su vecina Rusia. Putin, nostálgico del zarismo y de la etapa soviética, ha venido exponiendo claramente su enfoque en el que Ucrania forma parte, incluso militarmente, de su concepción totalizadora de lo que estima que es suyo, vulnerando el principio básico de respeto a la integridad de los Estados.

De esos hechos hace veinte y diez años, vienen lo que vivimos y se sufre allí y que pronto se cumplirán tres años de lo que es una guerra abierta en la que no podrá existir un vencedor único.

*Jesús López-Medel, expresidente de la Comisión de Derechos Humanos y Democracia de la OSCE y Observador internacional en 10 Misiones en Ucrania y Rusia.

La desintegración de la Unión Soviética en 1991 fue acaso el mayor acontecimiento geoestratégico de la segunda mitad del siglo XX. Las costuras muy antiguas ya debilitadas que unían a ese gran imperio, se resquebrajaron definitivamente e implosionó. Eso causó unas heridas enormes en la población que, prefiriendo las seguridades a las libertades, echaron enseguida en falta el proteccionismo que daba el comunismo en cuanto les garantizaban calefacción gratuita y esas cosas más elementales.

Conflicto de Ucrania
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