El que la UE vaya a estar más o menos cerca de los Estados Unidos dependerá de si los vínculos basados en valores compartidos de democracia y liberalismo eran realmente irrompibles o fueron, más bien, un espejismo de cuando fuimos aliados en la OTAN
Ursula von der Leyen, Justin Trudeau y Antonio Costa. (Europa Press)
Estados Unidos, después de más de dos décadas de superpotencia única y con resultados insuficientes en su cruzada por democratizar y liberalizar el mundo, vio en la China que se empezaba a perfilar como superpotencia el rival que le permitiría focalizar su atención y dar nuevos bríos a su sentido de misión. La idea de la Administración Obama era ir soltando lastre en Europa y Oriente Medio al tiempo que conservaba relaciones estrechas con los aliados, a los que se les pedía mayor autonomía y esfuerzo en su seguridad, y mayor implicación en la contención de China.
En lo que se refiere a Europa, estas exigencias vieron su primera plasmación pública en la declaración de la cumbre de la OTAN de 2014, en que los aliados se comprometieron a alcanzar un gasto en defensa equivalente al 2% de su PIB. El acuerdo fue facilitado por la constatación de que la Rusia de Putin se convertía de nuevo en una amenaza para la integridad territorial de otros países europeos, como quedó de manifiesto meses antes con la anexión de Crimea y el apoyo a los grupos prorrusos separatistas en la región del Donbás. Esta hostilidad creciente de Rusia obligó a Estados Unidos a seguir más involucrado de lo que hubiera querido en asuntos europeos, así como la llamada Primavera Árabe y sus derivadas —incluida, sobre todo, la eclosión del califato islámico— le impidió bajar la guardia en Oriente Medio. El principal logro en esta última región con vistas a una retirada paulatina fue el acuerdo sobre el programa nuclear con Irán (JCPOA, de 2015), que se suponía sería el punto de inflexión del status de Irán, que pasaría a convertirse de principal enemigo desde la revolución islámica a interlocutor necesario para pacificar de manera duradera la región, esperando fomentar en dicho país una actitud constructiva para abordar los dos grandes focos de inestabilidad: el conflicto israelo-palestino y la tensión entre sunníes y chiíes.
La llegada de Trump a la presidencia en 2017 aceleró el pivote a Asia. Su énfasis en algunas actuaciones y no otras le dio un sesgo particular: desde luego, todo resultaba más claro y transparente; además, se aceleraba la retirada parcial de las regiones que ya no eran prioritarias; y se activaban nuevos mecanismos y alianzas para visualizar la prioridad indiscutible de los Estados Unidos. Fue Europa la región que sufrió la mayor sacudida: los toques de atención a los aliados europeos para que dedicasen suficientes recursos a la defensa se hicieron cada vez más perentorios e imperiosos. La Unión Europea fue la peor parada durante el primer mandato Trump, quien apoyó sin embozo el Brexit y animó a otros países europeos a que siguieran el ejemplo británico. Los europeos comprobaron atónitos cómo, por primera vez, la integración europea había dejado de ser un objetivo fomentado desde Washington. En el frente de Oriente Medio, la retirada se limitó al escenario en que se combatía el yihadismo: continuó la retirada de efectivos militares en Afganistán, Irak y el Norte de Siria, controlado por los kurdos. En cambio, Israel recuperó un especial trato de favor, lo que fue particularmente visible en el abandono estadounidense del JPCOA y en el fomento de los acuerdos de Abraham con los países árabes. Arabia Saudí tampoco salió mal parada en la primera Administración Trump, quien eligió dicho país como su primer viaje internacional y se esforzó por superar la crisis que generó el caso Khashoggi.
El principal legado del primer mandato de Trump en lo que a contención de China se refiere fue la activación de un foro estratégico informal entre Estados Unidos, Australia, India y Japón, conocido con la abreviatura de Quad, que remonta sus orígenes a 2007, pero que había caído en desuso tras la salida de Australia al año siguiente. Se relegó, en cambio, un enfoque inspirado en el poder blando que había sido privilegiado por la Administración Obama, cual fue el acuerdo comercial amplio llamado TPP (Trans-Pacific Partnership), firmado en 2016 por los Estados Unidos con otros once países del Pacífico (Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam), que no fue ratificado por el Congreso y del que la Administración entrante de Trump se retiró.
La Administración Biden perseveró en el pivote a Asia: a finales de 2021 se hizo público un acuerdo tripartito entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS) para un programa conjunto de desarrollo de un submarino nuclear, que supuso la cancelación de un contrato de compraventa de submarinos convencionales franceses a Australia, y que generó una crisis diplomática de Francia con los tres países. Asimismo, el presidente Biden ordenó la salida definitiva de las tropas americanas de Afganistán entre mayo y agosto de ese mismo año. El mensaje y los objetivos estaban claros, pero dos circunstancias sobrevenidas impidieron a la Administración Biden aligerar su presencia en Europa y Oriente Medio: la invasión rusa de Ucrania de marzo de 2022 y la guerra de Gaza, con derivadas en Líbano y Yemen, que provocó el ataque terrorista de Hamás el 7 de octubre de 2023.
Llegamos así al arranque de la segunda Administración Trump, en que la claridad de sus primeras propuestas e iniciativas permite sacar conclusiones provisionales. El pivote a Asia se consolida como la gran prioridad de política exterior norteamericana. Después de dos décadas sin un rival con que medirse, la superpotencia estadounidense ha encontrado en China la horma de su zapato.
En el caso de América del Norte, se ha producido una suerte de revitalización de la doctrina Monroe, con el foco puesto en el Ártico, región donde se va a ventilar la siguiente gran pugna geoestratégica mundial a causa del progresivo deshielo, que permitirá abrir nuevas rutas comerciales, así como extraer y explotar nuevos recursos, energéticos y también de materias raras. Canadá y, sobre todo, Groenlandia/Dinamarca se están viendo forzadas a una negociación bajo presión que está destruyendo la imagen de Estados Unidos entre dos de los aliados más estrechos en el seno de la OTAN. Las declaraciones del presidente Trump en relación con la recuperación del control del canal de Panamá revelan parecidas inquietudes sobre uno de los pasos más importantes del comercio marítimo internacional.
En lo que se refiere a Europa, además de lo que afecta directamente a Dinamarca, son dos las cuestiones en las que lo abrupto del pivote a Asia tendrá mayores consecuencias.
La primera es el desenlace de la guerra de Ucrania. La agresión de marzo de 2022 dio al traste con los planes de la Administración Biden de seguir desplazando atención y recursos al escenario indo-pacífico. Prevaleció el reflejo de apoyar a los europeos en la hora más difícil del continente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin el liderazgo norteamericano, la ayuda prestada por los occidentales a Ucrania no hubiera permitido frenar la ofensiva rusa, garantizando una situación sobre el terreno que haga posible un alto el fuego que salve una parte sustantiva del territorio soberano ucraniano. Esta implicación norteamericana sin duda iba a retrasar el pivote a Asia, pero se aseguraba a largo plazo una actitud europea mucho más colaborativa en su rivalidad con China. El hecho de que China, como consecuencia del estrechamiento de relaciones con Rusia desde la agresión de Ucrania, haya facilitado, al menos desde el punto de vista económico, el esfuerzo bélico ruso, enturbia el porvenir de las relaciones políticas y económicas entre europeos y chinos, abriendo un interrogante sobre el futuro de la iniciativa de cooperación institucionalizada entre China y Estados de la Europa central y oriental (llamada 17+1, y ahora 14+1 después de que los tres bálticos se retiraran), o la predisposición a seguir aceptando inversiones chinas o tecnología en redes de infraestructuras sensibles, como el caso de Huawei en el 5G, etc.
Aunque aún es prematuro para señalar cuál será la actitud de la nueva Administración Trump en este dossier, las primeras declaraciones del presidente, el vicepresidente y los secretarios de Estado y de Defensa sobre el particular dan pie a intuir un enfoque radicalmente opuesto, a saber, acelerar el pivote a Asia a mucho más corto plazo, introduciendo una cuña entre Rusia y China a costa de los intereses europeos. Nos encontraríamos, así, con una jugada que evocaría la de Nixon y Kissinger en los setenta, pero con diferente táctica: si entonces China era percibida como el eslabón débil de la pareja, ahora lo sería Rusia; si entonces se llevó a buen puerto la maniobra con el establecimiento de relaciones diplomáticas y el reconocimiento de que era la China comunista en vez de la nacionalista la que ocuparía el asiento a ella reservada en el Consejo de Seguridad, ahora la moneda de pago a Rusia sería un alto el fuego y perspectivas de paz en el conflicto de Ucrania, a costa de los intereses de esta última y de la seguridad del resto de los europeos. Un gambito de este tipo supondría una herida mortal para la OTAN, ya magullada con las amenazas de anexión, incluso por la fuerza, del territorio de un aliado como Dinamarca y por la tensión que afecta a otro aliado, Canadá, cuyo jefe de Estado es, además, el mismo que el del Reino Unido.
La segunda es la propia Unión Europea. Su propia existencia es vista como una amenaza existencial por la Rusia de Putin, que aspira a diluirla y sustituirla por una relación bilateral con sus Estados miembros, lo que sería mucho más beneficioso para los intereses rusos. Infinitamente más grave para la supervivencia de la UE sería que los Estados Unidos compartieran esta visión. Ya dio alguna prueba Trump en su primer mandato, cuando alentó el Brexit. Precisamente lo que más podría resentir de la UE es la capacidad autónoma de actuación en los ámbitos en que la integración es mayor, especialmente en todo lo relativo a mercado interior (que da lugar a lo que se conoce como "efecto Bruselas", en lo que se refiere a la influencia extraeuropea de sus estándares y regulaciones), la política de competencia (con la posibilidad de imponer multas multimillonarias a multinacionales que operan en suelo europeo, entre las que figuran las de los tecno-oligarcas que apoyan al presidente Trump) y la política comercial (no solo por la mayor fuerza negociadora como bloque frente a los EEUU; asimismo, los acuerdos comerciales con México, Chile y, aun sin ratificar, con Mercosur, levantan en algunos círculos de Washington suspicacias reminiscentes de las injerencias contra las que se pronunció la doctrina Monroe). No es en este sentido muy halagüeño el que uno de los interlocutores europeos privilegiados por la nueva Administración sea el actual primer ministro húngaro, ni que el nuevo director del departamento de eficiencia gubernamental de la Casa Blanca, Elon Musk, esté favoreciendo a través de X a aquellas fuerzas políticas contrarias a la integración europea, como AfD en Alemania, o atacando a gobiernos que, como el británico, pretenden estrechar relaciones con una UE que abandonaron en 2020.
Si se cumpliera el peor de los vaticinios para los europeos, y una relación de alianza de muchas décadas se sacrificara en aras de una aceleración del pivote a Asia, ello sería doloroso y extremadamente grave para los intereses europeos, pero comprensible y aceptable para la actual Administración y la mitad de la población que apoyó su programa. MAGA (Make America Great Again) significa, entre otras cosas, que son los intereses nacionales la única y exclusiva prioridad, según los entiendan y expongan los propios norteamericanos. Los europeos habíamos creído que había una gran convergencia entre dichos intereses y los nuestros, pero, en su caso, no tendremos más remedio que acomodarnos a una nueva realidad que se desdice de una doctrina consabida. Sin embargo, algo falla en la coherencia del pivote a Asia, y es la aparente falta de apetito por desentenderse de similar manera de Oriente Medio. Ya se mencionó cómo se ha producido una retirada del escenario en que se entró como consecuencia de la lucha contra el yihadismo (Afganistán, Irak y Norte de Siria). Es posible que las relaciones con Arabia Saudí se conviertan en mucho más transaccionales, especialmente con la perspectiva de una transición energética que disminuya la importancia de los combustibles fósiles. Y, sin embargo, ¿por qué no se detecta una tendencia similar en relación con Israel, sino más bien al contrario? O formulada la pregunta de otra manera, ¿por qué MAGA es compatible y se refuerza con una involucración norteamericana aún mayor en el conflicto israelo-palestino, más bien según una agenda nacional religiosa israelí?
El intento de responder a esta pregunta desborda el contenido del artículo. Quede al menos apuntado que conceptos como el de destino manifiesto y el de pueblo elegido, así como distintas interpretaciones del Apocalipsis con una larga tradición en Occidente, ofrecen una pista interesante a explorar.
La rivalidad entre Estados Unidos y China marcará —lo estamos viendo ya— el siglo XXI. Puede ocurrir que una de las dos superpotencias se imponga a la otra, o que se alcance un equilibrio y se afiance una bipolaridad distinta a la que conocimos durante la Guerra Fría. La gran cuestión es la que resumía Graham Allison hace unos años con la expresión "la trampa de Tucídides", rememorando el desafío ateniense a Esparta en la Grecia clásica, esto es, si la disputa por la hegemonía lleva inevitablemente a la guerra o no. ¿Y la Unión Europea? ¿Está condenada a ser el convidado de piedra en este duelo de titanes? La respuesta estará en función de si el partido republicano estadounidense se habrá convertido en el repositorio de la ideología trumpista después de Trump, con un claro sesgo anti UE. En caso afirmativo, la UE tendrá como principal prioridad luchar por su propia supervivencia, con poderosos enemigos que se valen de las fuerzas europeas contrarias al proyecto de integración. Incluso si en Estados Unidos se volviera al republicanismo clásico, el pivote a Asia es un giro estratégico decidido y compartido por los demócratas. La gran prioridad europea sería en todo caso procurar que el enfrentamiento de las superpotencias se desarrolle por cauces pacíficos, haciendo de su lema en el interior de la UE —nunca más guerras como instrumento de resolución de controversias— su guía de navegación en las procelosas aguas del Indo-Pacífico. El que la UE vaya a estar más o menos cerca de los Estados Unidos en la que conciben como su gran misión en el siglo XXI no dependerá tanto de los europeos, sino de los propios norteamericanos, esto es, si los vínculos basados en valores compartidos de democracia y liberalismo eran realmente irrompibles, o fueron más bien un espejismo de cuando fuimos estrechos aliados en el seno de la OTAN.
*Juan González-Barba, diplomático y ex secretario de Estado para la UE (2020-21).
Estados Unidos, después de más de dos décadas de superpotencia única y con resultados insuficientes en su cruzada por democratizar y liberalizar el mundo, vio en la China que se empezaba a perfilar como superpotencia el rival que le permitiría focalizar su atención y dar nuevos bríos a su sentido de misión. La idea de la Administración Obama era ir soltando lastre en Europa y Oriente Medio al tiempo que conservaba relaciones estrechas con los aliados, a los que se les pedía mayor autonomía y esfuerzo en su seguridad, y mayor implicación en la contención de China.