Disminuir la ayuda humanitaria no es solo un fracaso moral frente a la infancia, es también un error de cálculo estratégico
Si fallamos en reaccionar y responder al sufrimiento, la inestabilidad o las crisis, solamente generaremos más inseguridad, más desplazamientos, más crisis económicas y más conflicto
Un hombre junto a un niño camina en busca de refugio en Puerto Príncipe. (EFE/Archivo/Mentor David Lorens)
Cuando reflexiono sobre lo que orienta mi trabajo, pienso en cómo, desde esta organización, podemos marcar una diferencia en las vidas de millones de niños y niñas en todo el mundo. El principio básico de que todas las vidas humanas tienen el mismo valor es una firme creencia para mí y para todos mis compañeros de trabajo. Sin embargo, vemos cómo en estos últimos meses nos encontramos ante el dilema extremo de elegir qué vidas dejar atrás. ¿Es asumible esta tesitura? Sin duda, no podemos ni debemos aceptarlo.
No hemos elegido esta posición, pero las decisiones políticas internacionales de cambios radicales en las prioridades y subsecuentes recortes en la ayuda humanitaria nos están arrastrando a tener que tomar estas decisiones imposibles. La realidad es que uno de cada 11 niños y niñas en el planeta requiere de asistencia humanitaria y nos vemos en la obligación de priorizar una crisis sobre otra, una comunidad sobre otra y, en definitiva, la vida de un niño sobre otra. Ya hemos tenido que tomar decisiones desgarradoras y detener programas que salvan vidas, bien porque aportan tratamiento a niños y niñas gravemente desnutridos o líneas médicas vitales para recién nacidos en zonas de guerra. No se trata simplemente de un reto logístico, sino de una crisis ética, porque son nuestros principios los que están bajo amenaza.
Las crisis mundiales son cada vez más graves: las guerras, el cambio climático y la inestabilidad económica se interrelacionan y generan retos muy difíciles de afrontar. Y mientras nos encontramos un mundo cada vez más hostil a los derechos humanos, a naciones que incumplen compromisos y principios de derecho y solidaridad internacional. Y aquí es donde nos encontramos con un error de cálculo estratégico, porque si fallamos en reaccionar y responder al sufrimiento, la inestabilidad o las crisis, solamente generaremos más inseguridad, más desplazamientos, más crisis económicas y más conflicto. No son problemas que respeten fronteras, su onda expansiva llega a todos los rincones del planeta.
Cuando damos la espalda a las personas más vulnerables, sembramos las semillas de crisis futuras que acabarán repercutiendo en nuestras propias sociedades. Y los niños y niñas siempre se llevan la peor parte. El año 2024 marcó un récord en el número de personas desplazadas: 120 millones, el equivalente a la población de Japón, tuvo que abandonar su hogar para huir de guerras, violencia y persecución. De media, estas personas tardarán una década en volver a sus casas, a pesar de decirnos que su gran sueño siempre es volver cuanto antes. La ayuda es crítica para permitir este retorno.
Uno de los argumentos que sostienen las decisiones de recortar la ayuda es su ineficiencia. Los números muestran que se trata de un argumento incorrecto que manipula la opinión pública.
Hoy en día hay 190 millones de personas en 32 países que necesitan ayuda para sobrevivir. Una ayuda que, de media, supone invertir 235 dólares por cada una de estas personas al año, que son 20 dólares al mes o 65 céntimos al día. Esto es lo que cuesta hoy evitar que la gente más vulnerable muera. ¿Debemos aceptar sin indignarnos que existan prioridades por encima de salvar vidas?
Cuando damos la espalda a los más vulnerables, sembramos las semillas de crisis futuras que acabarán repercutiendo en nuestras sociedades
En Gaza, Haití y Sudán, nuestros equipos se ven desbordados por la enorme cantidad de niños y niñas, muchos aún en edad escolar, que necesitan apoyo psicosocial tras haber presenciado horrores que nadie debería soportar. En la República Democrática del Congo, los grupos armados persiguen y secuestran deliberadamente a niños y niñas para reclutarlos. No podemos ignorar estas realidades. Invertir en desarrollo y ayuda humanitaria no es caridad, es una obligación moral, pero también es un imperativo estratégico.
El riesgo es retroceder en décadas de avance en la protección de la vida y dignidad de las personas, así como en el respeto del Derecho Internacional Humanitario. Es una amenaza crítica. La cuestión no es si podemos permitirnos sostener la ayuda, la cuestión es si podemos permitirnos no hacerlo, y el dilema moral al que nos enfrentamos, las decisiones imposibles que nos vemos forzados a tomar, pueden ayudar en esa reflexión. Save the Children siempre ha creído que todas las vidas tienen el mismo valor y nuestro compromiso con cada niña y niño del mundo no es negociable.
*Isla Ramos, directora general de Save the Children España.
Cuando reflexiono sobre lo que orienta mi trabajo, pienso en cómo, desde esta organización, podemos marcar una diferencia en las vidas de millones de niños y niñas en todo el mundo. El principio básico de que todas las vidas humanas tienen el mismo valor es una firme creencia para mí y para todos mis compañeros de trabajo. Sin embargo, vemos cómo en estos últimos meses nos encontramos ante el dilema extremo de elegir qué vidas dejar atrás. ¿Es asumible esta tesitura? Sin duda, no podemos ni debemos aceptarlo.