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Juan González-Barba Pera

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Europa y la guerra

La época sin guerras en el vecindario y bajo la protección militar norteamericana ha llegado a su fin. El continente ha de ser autónomo para defender su proyecto de integración y sus valores

Foto: Producción de un tanque Leopard en una fábrica de Rheinmetall. (EFE)
Producción de un tanque Leopard en una fábrica de Rheinmetall. (EFE)

La propuesta para el rearme de la UE ante la doble circunstancia del tercer aniversario de la guerra de agresión rusa en Ucrania y el cambio de posición de la nueva Administración norteamericana ha merecido el rechazo de los pacifistas europeos. Las razones que les asisten en su negativa son muy poderosas, que resumiría en tres:

Miedo. La guerra es objetivamente un mal. Destruye vidas y propiedades. Acarrea dolor y sufrimiento. Nadie la quiere para sí ni para sus seres queridos. El miedo tiende a ser egoísta: busca la salvación de uno mismo y de los más próximos sacrificando, si hubiera menester, a los más alejados. Esta actitud, aplicada tanto a personas como a comunidades, se llama apaciguamiento. Se busca evitar el mal inmediato en la esperanza de que el agresor se contente con lo que tiene y desista de agredir de nuevo en el largo plazo. Se trata de una actitud humana, todo lo criticable que se quiera, pero comprensible. No es casualidad que, cuanto más alejado se esté de la frontera oriental de la UE, más abunda este tipo de razonamiento.

Persuasión. El experimento de la UE ha funcionado. Nunca, desde su fundación, sus Estados miembros han vuelto a guerrear entre sí. La integración europea, promovida en sus inicios por los Estados Unidos, podría verse como un innovador ejercicio de prevención de conflictos, en la medida que trataba de cortar de raíz la mera posibilidad de una nueva guerra. Es impensable para, por ejemplo, un español o un francés recurrir de nuevo a las armas para ventilar nuestras diferencias, que han sido tantas en nuestra historia compartida. Y no solo porque hemos proscrito el uso de las armas en las relaciones mutuas, sino porque décadas de cooperación en el seno de la UE han dado la vuelta a un viejo adagio de la política internacional: el enemigo de mi enemigo es mi amigo, siendo el enemigo por antonomasia el vecino, con el que se tiene los mayores roces por la naturaleza de las cosas.

En la UE, en cambio, el vecino es aquel con el que se comparte más elementos en común y con quien más se coincide en las votaciones sobre los distintos dosieres. De hecho, han surgido grupos informales donde los Estados miembros de la misma subregión coordinan sus posiciones, como el V4 o el MED9. Ante la evidencia de esta transformación casi milagrosa, la acción exterior de la UE ha consistido en buena medida en fomentar uniones regionales, que promuevan la cooperación entre sus miembros y destierren la guerra de sus relaciones. Como la comunidad internacional sigue articulada en torno a Estados nación, asociados, como mucho, en uniones de menor nivel de integración que la UE, esta última tiende a verse desde otras capitales como ingenua en su afán de recrear su experimento en otras regiones del mundo.

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Convicción íntima. Esta es fruto no solo de la persuasión generada por el éxito de la UE, sino también de la convergencia de un principio instalado en el subconsciente europeo, deudor del cristianismo y sus enseñanzas básicas. Me refiero al rechazo incondicional a la violencia (“pon la segunda mejilla”), que la Iglesia sostuvo a rajatabla durante sus primeros siglos de existencia. Desde la cristianización del Imperio romano, sin embargo, empezó un proceso gradual de aceptación, primero, y sacralización, después, de la violencia. La secularización en Europa revirtió esta situación, y tanto la Iglesia católica y otras iglesias, como personas alejadas de ellas, pero en cuyas conciencias se había depositado el poso secularizado del mensaje evangélico, han abrazado el principio de la no violencia de manera incondicional.

Existe una cuarta razón, a la que no doy la relevancia de las otras tres por lo espurio de su fundamento, a saber, que Rusia decidió ir a una guerra preventiva en legítima defensa ante el incumplimiento de las supuestas promesas occidentales de que Ucrania permanecería en la órbita de influencia rusa. La guerra finalizaría pronto -sostienen los defensores de esta tesis- si se reconociera a Rusia lo que le pertenece, evitando así Ucrania y sus aliados occidentales incrementar innecesariamente el número de víctimas. Incluso si diéramos por bueno el argumento, no puede ser calificado de pacifista porque justificaría la violencia inicial ejercida por Rusia en el ejercicio de su supuesto derecho de defensa.

Precisamente es esta razón, vuelta del revés, la que nos asiste a los que creemos que Ucrania, como agredida, tiene derecho a defenderse y a solicitar auxilio de otros Estados socios en su defensa. Ninguna guerra es eterna. Desde su mismo inicio, los contendientes están pensando en su resolución, para la que, mejor pronto que tarde, tendrá que haber una negociación. Pero esta, una vez iniciada la guerra, dependerá de las realidades sobre el terreno. En otras palabras, una solución negociada, sea la que sea, dependerá, en el caso del agredido, de cómo hayas logrado defenderte ante una agresión.

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Europa, ante el giro dado por la Administración Trump en su interpretación del conflicto, ha entendido que debe ser lo más autónoma posible en la defensa de su proyecto ante esta o futuras agresiones. De lo contrario, el proyecto europeo peligraría y una de las razones principales en favor del pacifismo europeo –la persuasión de que la integración europea ha desterrado la violencia de Europa- se evaporaría. Esto, además, pondría fin a todo intento de exportar el modelo europeo de negociación permanente al resto del mundo. Esa luz de esperanza que es la Unión Europea –para los europeos desde luego, pero también para los no europeos inspirados en su ejemplo- se habría apagado para siempre.

La Comisión y la Alta Representante presentaron en marzo unas propuestas preliminares para una Europa de la Defensa, en el que el énfasis está en el rearme, identificando siete ámbitos en los que las capacidades europeas han de fortalecerse: defensa aérea y de misiles; sistemas de artillería; municiones; drones y sistemas anti-dron; movilidad militar; aplicaciones de inteligencia artifical, computación cuántica, sistemas electrónicos avanzados y capacidades cibernéticas con incidencia en la defensa; e infraestructura crítica.

Aunque a la opinión pública europea haya llamado la atención la parte del rearme, en realidad sobre ello se llevaba trabajando desde hacía un tiempo –la Agencia Europea de Defensa se creó en 2004, con énfasis en la innovación y, sobre todo, en la racionalización de la industria europea de defensa, fomentando la cooperación y las economías de escala en ella-. Lo novedoso en lo que armamento se refiere es la financiación comunitaria que se le dedicará (150 millones de euros mediante, entre otras posibilidades, emisión conjunta de deuda) y las facilidades que se dan para que se incremente la financiación nacional mediante la activación de la cláusula de escape, esto es, que los gastos en defensa no computen a efectos de cálculo del déficit.

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Pero más novedoso aún es el cambio de mentalidad que se propugna, aunque no se diga de modo explícito. Se trata de que el europeo incorpore la dimensión de defensa al resto de sus actividades, si bien es cierto que, además de Ucrania, los Estados miembros fronterizos con Rusia no han dejado de hacerlo desde el final de la URSS. Esto, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, era lo habitual. Es más, hasta finales del siglo XVIII el dirigente político era, salvo contadas excepciones, un militar. Durante el siglo y medio siguiente fue infrecuente que el político no tuviera experiencia militar. De hecho, dos de los políticos occidentales más famosos durante la Segunda Guerra Mundial, de Gaulle y Churchill, fueron militares o participaron en campañas militares. Es en la Europa de la posguerra donde empieza a disociarse el oficio de político de personas con experiencia militar, tendencia que se acentuó a medida que los veteranos de la Segunda Guerra Mundial iban cumpliendo años. Cuando cayó el muro de Berlín, sólo Bush padre, entre los grandes protagonistas de esa época, sabía de primera mano lo que era la guerra. En las últimas décadas, la incorporación de la perspectiva militar en Europa había quedado reservada a los militares profesionales, una vez eliminado en muchos países europeos el servicio militar obligatorio.

El objetivo no es “militarizar” las sociedades europeas, sino el que todos, incluso los que estamos más alejados de la amenaza rusa, seamos conscientes de que el éxito del proyecto europeo le ha granjeado poderosos enemigos, empezando por Rusia. Para su visión irredentista, la unidad europea es el principal escollo en la consecución de sus objetivos. La defensa del proyecto de integración europea se ha convertido en un imperativo para la supervivencia de la UE, y esta también pasa por medios militares, en un sentido amplio.

"Seamos conscientes de que el éxito del proyecto europeo le ha granjeado poderosos enemigos, empezando por Rusia"

No se trata, sin embargo, de crear un Ejército europeo -si acaso en el larguísimo plazo, porque ningún aliado europeo quiere renunciar hoy día a la OTAN-, sino de incrementar la cooperación entre los distintos Ejércitos nacionales, incluidas las misiones conjuntas. Es pues, una tergiversación oponerse a la defensa europea para no mandar a los hijos al frente. La experiencia ucraniana nos da una pista de qué sucedería si se produjera una nueva invasión de un país europeo: son sus propios nacionales los que arrostrarían el grueso de las responsabilidades en el campo de operaciones, pues sólo a nivel nacional está el patriotismo lo suficientemente maduro y desarrollado como para estar una persona dispuesta a dar la vida por su país si es invadido.

Militares profesionales y voluntarios de otros países tendrían un papel muy secundario en la fase caliente del conflicto mientras no se desarrolle más el sentimiento patriótico europeo, aunque sí sería muy relevante en la fase de enfriamiento, integrando fuerzas supervisoras de eventuales alto el fuego. E igualmente lo sería en la fase previa que tiene por objeto evitar que el conflicto estalle, mediante una amenaza disuasoria creíble. Pero la guerra no es solo el combate armado o la supervisión del cese de hostilidades sobre el terreno, que exige una previa instrucción militar de quienes participen en ellos. Igualmente importantes son la industria de armamento –esto es, que se disponga cuando se necesite de armamento idóneo en calidad y cantidad, tanto para robustecer la capacidad de combate de un ejército como para proyectar disuasión-, la logística y administración militares, y la estrategia. Es en estos otros ámbitos de la guerra donde la cooperación y mentalización deben robustecerse para lograr una verdadera defensa común del proyecto europeo.

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En la logística, por ejemplo, es clave la movilización de tropas, armamento y población –en caso de evacuaciones-, para lo que las vías y medios de transporte y comunicaciones son esenciales. Hemos, pues, de repensar como europeos el uso militar que pueden tener infraestructuras destinadas primordialmente a uso civil en caso de que estalle un conflicto.

La estrategia militar ha sido identificada por los teóricos de la guerra como un elemento clave de ésta. En sentido estricto, esto es, el plan elegido para las operaciones militares, será tanto más exitoso cuanto mayor sea la información que se posea de los planes del enemigo y mayor sea la ocultación de los propios. La información es ingrediente esencial de toda estrategia, desde la inmediata en operaciones para elegir objetivos y desactivar ataques enemigos, a la focalizada en la fase preparatoria de los planes enemigos. El apoyo aliado en forma de tecnología y espionaje es vital para la conducta exitosa de la guerra.

Pero también se ha de tener en cuenta la estrategia lato sensu, que incluye gestiones diplomáticas para recabar apoyos internacionales, sanciones para socavar el potencial económico que sostiene el esfuerzo bélico del agresor o todo lo relativo a las actividades de propaganda y contrapropaganda o, si se quiere, desinformación. Grosso modo, operan en lo que se llama el frente interno o la retaguardia. Sociedades abiertas como la europea, donde no existe la censura y con una gran implantación de la cultura pacifista, son especialmente vulnerables cuando se enfrentan a regímenes autoritarios.

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En definitiva, los europeos hemos perdido la inocencia. La época sin guerras en el vecindario y bajo la protección militar norteamericana con preferencia de la propia europea ha llegado a su fin. El continente ha de ser autónomo para defender su proyecto de integración y sus valores, inclusive por medios militares lato sensu. El hincapié está en la defensa y no el ataque y quizá sea pertinente recordar que en la historia bélica europea –que es parte consustancial de su misma historia-, fue la guerra defensiva la que prevaleció sobre la ofensiva: siempre eran más los que se defendían que los que atacaban. Y, de hecho, el paisaje europeo es testimonio de esa época, lleno de castillos medievales cuando predominaba la guerra con armas blancas, completados en época renacentista y barroca por las ciudadelas y fortalezas estrelladas cuya construcción impuso la guerra con armas de fuego.

Sobre todo, no debemos caer en el pesimismo: tenemos los medios y hemos de templar la voluntad para prevalecer en este conflicto, que también afecta a la seguridad europea. Sin convicción nunca habrá verdadero espíritu de combate: no será Rusia quien destruya la democracia liberal que impera en el seno de la Unión Europea, sino que seremos nosotros los que consigamos, con nuestra resistencia y ejemplo, que el pueblo ruso se plantee si sus intereses están bien servidos con un gobierno autoritario, responsable de la mayor crisis de seguridad en Europa en el siglo XXI.

*Juan González-Barba, diplomático y ex secretario de Estado para la UE (2020-21).

La propuesta para el rearme de la UE ante la doble circunstancia del tercer aniversario de la guerra de agresión rusa en Ucrania y el cambio de posición de la nueva Administración norteamericana ha merecido el rechazo de los pacifistas europeos. Las razones que les asisten en su negativa son muy poderosas, que resumiría en tres:

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