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Merz es la derecha que Europa necesita. Pero lo tiene todo en contra
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Ramón González Férriz

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Merz es la derecha que Europa necesita. Pero lo tiene todo en contra

Mañana se convertirá en el nuevo canciller. Le gusta el riesgo más que a sus predecesores, pero se le acumulan los problemas. El último: Alternativa para Alemania ha sido declarada grupo extremista

Foto:  Friedrich Merz en el Congreso del PPE en Valencia. (Reuters)
Friedrich Merz en el Congreso del PPE en Valencia. (Reuters)
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Mañana, el Bundestag nombrará canciller a Friedrich Merz. Es una elección propicia. Alemania se encuentra en una profunda crisis después de que, en los últimos años, haya quedado claro que se equivocó en sus tres principales apuestas estratégicas: depender militarmente de Estados Unidos, energéticamente de Rusia e industrialmente de China. El perfil de Merz parece idóneo para sacudir una política que lleva décadas siendo demasiado conservadora y consensual. Sin embargo, suscita mucho más entusiasmo fuera de su país que dentro.

Merz tiene dos caras. Inició su carrera como un tradicional político de la democracia cristiana. Descendiente de una familia patricia, católico y abogado, a los diecisiete años se afilió a las juventudes de la CDU, trabajó en la gran industria química, fue eurodiputado y a finales de los noventa se convirtió en líder del grupo parlamentario del partido y en uno de los principales representantes de su ala más derechista.

Pero a partir de ahí su perfil se volvió heterodoxo. Tras perder ante la mucho más moderada Angela Merkel en la lucha por el liderazgo del partido, volvió al sector privado y triunfó como ejecutivo y consejero en grandes compañías estadounidenses y alemanas. Se hizo rico y se sintió al margen de las convenciones políticas del país. Merz es mucho más osado y amante del riesgo que sus dos predecesores, Merkel —tras cuya retirada en 2018 volvió a la política— y el saliente Olaf Scholz. Lleva años defendiendo mercados más desregulados, menos rigidez en la transición energética y una discusión más vigorosa sobre la inmigración, la cultura nacional o la educación. Es muy proclive a meterse en líos.

Merz ha confirmado muchos de esos rasgos ya antes de ser canciller. Ha impulsado nuevas leyes que permitirán poner fin a una austeridad económica que se había convertido en una malsana obsesión nacional, quiere invertir mucho dinero en unas infraestructuras envejecidas y una defensa precaria, y ha dicho que su objetivo es que Alemania se independice de Estados Unidos en materia de política exterior y se implique aún más en la UE.

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Su carácter novedoso también se ha plasmado en la configuración del Gobierno que tomará posesión mañana. La ministra de economía, que dirigirá los planes para sacar a la industria de su crisis, será una ex ejecutiva de Eon, un gigante energético. Su ministro de digitalización y modernización del Estado será el ex consejero delegado de Ceconomy, una gran empresa de la electrónica de consumo que opera, entre otras marcas, MediaMarkt. El nuevo ministro de agricultura, que sustituirá a un miembro del partido de los Verdes conocido por su defensa del vegetarianismo, fue carnicero antes de dedicarse a la política.

Todo esto podría hacer pensar que su Gobierno romperá con los precedentes. Es cierto solo en parte. Merz liderará una Gran Coalición con los socialdemócratas que ya ha diluido su carácter pro-business y sus ambiciones desreguladoras. Por mucho que él esté siempre dispuesto a asumir riesgos y a romper consensos, la política alemana está diseñada para contener las novedades. Y ya son demasiadas las ocasiones en las que los europeos hemos dado por sentado que Alemania nos iba a rescatar de la falta de liderazgo para que, al final, todo quedara en nada. De hecho, Merz tiene mejor reputación en Europa que en su propio país, donde conocen bien su falta de paciencia y su tendencia a cometer errores innecesarios.

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Un contexto endiablado

Pero por si todo esto fuera poco, anteayer cayó una nueva bomba en la política alemana. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución, el servicio de inteligencia interna del país, declaró que Alternativa para Alemania (AfD) es una formación extremista por su constante agitación contra determinados individuos y la violación del principio constitucional de la igualdad, y que, por lo tanto, puede ser sometida a una vigilancia especial.

Durante mucho tiempo, políticos centristas y medios de comunicación mayoritarios han debatido sobre la posible ilegalización de AfD. Es una discusión teóricamente válida, dado que la constitución alemana pone mayores límites a la actividad ideológica que, por ejemplo, la española. Pero ahora es un problema enorme, siquiera contemplarla. AfD es el primer partido de la oposición, cuenta aproximadamente con uno de cada cinco escaños y según las encuestas lidera la intención de voto.

Merz no quiere ni oír hablar de esa ilegalización, y los socialdemócratas son cautos, pero reconocen que no se puede considerar a una organización extremista como un partido más. Sin embargo, ilegalizar a AfD no haría más que darle más atractivo a sus ideas antiliberales. Y, de hecho, es preferible que no se ilegalice. Pero la mera discusión dificultará enormemente la tarea de reformar las principales estrategias políticas, económicas y culturales del país, mientras él, en ocasiones imprudente, Merz juguetea con hacer volar por los aires las convenciones que rigen la vida pública en Alemania.

¿Puede triunfar el nuevo canciller? Solo una persona como él, heterodoxa, pero que conoce a fondo la política alemana, y que no tiene miedo a romper esquemas, puede hacerlo. De hecho, es lo que Europa necesita. Pero lo cierto es que lo tiene casi todo en contra. Incluso a su propio carácter.

Mañana, el Bundestag nombrará canciller a Friedrich Merz. Es una elección propicia. Alemania se encuentra en una profunda crisis después de que, en los últimos años, haya quedado claro que se equivocó en sus tres principales apuestas estratégicas: depender militarmente de Estados Unidos, energéticamente de Rusia e industrialmente de China. El perfil de Merz parece idóneo para sacudir una política que lleva décadas siendo demasiado conservadora y consensual. Sin embargo, suscita mucho más entusiasmo fuera de su país que dentro.

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