Como demuestran los últimos procesos electorales, en muchos países la lucha por el poder ya no se da entre el centro-izquierda y el centro-derecha, sino entre la derecha tradicional y la radical. En bastantes de ellos, el bipartidismo es conservador
A veces nos cuesta entender las grandes tendencias políticas europeas porque España es una excepción. Aquí gobierna la izquierda tradicional. La izquierda radical es aún fuerte. Los dos principales partidos son los mismos que hace treinta años. El gran partido de la oposición es moderado. La derecha radical no pasa del 15% de los votos.
Se trata de una rareza en Europa, donde la norma empieza a ser otra. En un número creciente de países, la gran competición por el poder ya no se da entre un gran partido de centro-izquierda y otro de centro-derecha, sino entre uno de centro-derecha y otro de derecha iliberal. Así lo muestran los últimos procesos electorales.
En las recientes elecciones presidenciales rumanas contendieron un liberal y un derechista radical. Lo mismo sucederá en la segunda ronda de las presidenciales polacas de la semana que viene. En Chequia, en las elecciones de octubre de este año competirán por el poder el partido nacional-populista y una coalición de centro-derecha.
Se podría pensar que es un rasgo propio de países excomunistas. Pero no es el caso. En Alemania, el partido más votado en las elecciones de febrero fue la CDU democristiana, pero el segundo fue Alternativa para Alemania. En Finlandia, los ganadores fueron los conservadores, y los segundos, los nacionalistas. En Austria, el esquema se invirtió: los nacionalistas radicales fueron los primeros y los conservadores los segundos. Lo más probable es que en las próximas elecciones presidenciales francesas pasen a la segunda ronda un candidato vinculado al ala más derechista de la coalición de Emmanuel Macron y el candidato de Agrupación Nacional. En otros países, como Portugal o Países Bajos, ese nuevo esquema no se ha consolidado, pero está cerca de hacerlo.
¿Por qué?
El ascenso de la derecha radical, el relativo declive de la derecha tradicional, la crisis de la socialdemocracia y la práctica desaparición de la izquierda radical (recuerden: si este cuadro no les resulta familiar es porque España es una excepción) lleva una década en marcha. Desde entonces hemos buscado muchas explicaciones.
Una dice que la culpa es del neoliberalismo. Según esta, mucha gente ha caído en el paro o la miseria por la mezcla de libres mercados y globalización y ha buscado el refugio en un mayor nacionalismo. Es muy discutible: algunos de los países que más se han derechizado tienen las mayores redes de protección social del mundo, como Francia; otros han obtenido inmensos beneficios de esos procesos liberalizadores, como Países Bajos.
Otra explicación es la islamización: la derechización de Europa empezó tras la crisis de los refugiados de 2015 y 2016, durante la cual entraron en Europa casi dos millones de personas procedentes de Oriente Medio y el norte de África. Es una razón evidente para el auge de la derecha dura en países como Alemania o Italia. Pero Polonia y Hungría han sido los bastiones de la derechización de Europa en este tiempo y allí no puede haber sido a causa del islam porque no hay islam.
Según otra tesis, la culpa es de la Unión Europea y su autoritarismo burocrático. Pero desde que Reino Unido abandonó la UE, ningún otro país ha querido salir, la idea no está ni siquiera en el programa de los más furibundos adversarios de la UE como Viktor Orbán, todos los Gobiernos de la UE han aprobado las medidas más controvertidas sobre la transición energética o la pandemia y hoy incluso partidos que pedían la salida del euro o la insubordinación fiscal, como Agrupación Nacional o Hermanos de Italia, han reculado.
Finalmente, está el argumento culturalista, el más verosímil. Según él, la cultura woke, el feminismo radical y el pánico climático, impulsados por los Gobiernos y las élites progresistas, han construido unas relaciones sociales opresivas y reducido las libertades individuales, y solo una derecha robusta y hegemónica puede librarnos de la tiranía.
La nueva normalidad
Independientemente de los motivos, y de las frecuentes manipulaciones que se han llevado a cabo para darles verosimilitud, en la mayoría de los países hoy el dilema está entre el conservadurismo liberal y el conservadurismo iliberal. Como escribí la semana pasada, no hay que dar por hecho que este último gane: ya es parte del establishment y, como vemos, un gran competidor, pero su radicalismo hace que siga siendo intolerable para una gran mayoría de la sociedad.
Pero de esta nueva situación surgen tres lecciones. La primera es que quien está en posición de luchar electoralmente contra la oleada de radicalismo conservador no es el socialismo, por mucho que se autoproclame la tumba del fascismo, sino el conservadurismo tradicional. La segunda es que el progresismo deberá dejar de celebrar la división de la derecha y, si realmente quiere impedir que gobierne la radical, resignarse a ser la muleta de los conservadores tradicionales en Gobiernos de coalición. La tercera es si cabe más evidente: la izquierda tendrá que pensar seriamente por qué ha entendido tan mal el clima de opinión, y las grandes tendencias sociales, de la Europa actual.
A veces nos cuesta entender las grandes tendencias políticas europeas porque España es una excepción. Aquí gobierna la izquierda tradicional. La izquierda radical es aún fuerte. Los dos principales partidos son los mismos que hace treinta años. El gran partido de la oposición es moderado. La derecha radical no pasa del 15% de los votos.