Quizá Trump ha acertado al bombardear Irán. Pero el riesgo es inmenso
El régimen iraní es tan débil que tal vez tenga sentido tratar de acabar definitivamente con sus ambiciones nucleares. Pero es posible que su respuesta, y la posterior de Estados Unidos e Israel, genere un enorme conflicto en todo el mundo
Donald Trump en la sala de crisis de la Casa Blanca. (EFE)
Desde 1989, cuando se convirtió en líder máximo de Irán, Alí Jamenei ha desarrollado la estrategia de "ni guerra ni paz". Su país ha utilizado a menudo la violencia contra sus enemigos, pero no directamente, sino por medio de organizaciones como Hamás, Hizbulá o los hutíes de Yemen. Ha amenazado con responder virulentamente ante cualquier ataque recibido, pero lo ha hecho con cuidado para no desencadenar una guerra abierta en su propio territorio. Sus tácticas desestabilizadoras —insultos, sabotajes, quema de banderas israelíes y americanas, promesas de aniquilación— eran una peculiar forma de estabilidad. Sucedían toda clase de cosas, pero nunca se convertía en una guerra abierta. Mientras tanto, el régimen decía que seguía fortaleciendo sus recursos defensivos y, en especial, su capacidad nuclear.
Esa estrategia se vino abajo cuando, hace diez días, Israel empezó a bombardear el país y quedó claro que la capacidad de respuesta iraní era muy limitada. Y aún más desde que, en la madrugada del sábado, Estados Unidos dejó de lado las tácticas tradicionales que ha utilizado para contener el desarrollo de su programa nuclear —ciberataques, sanciones y diplomacia— y bombardeó tres instalaciones nucleares. No conocemos aún el alcance de los daños. Pero esa es solo una de las muchas cosas que no sabemos.
Un enorme riesgo
Es posible que Trump haya acertado al aprovechar el momento de debilidad de Irán para liquidar de un solo golpe sus ambiciones nucleares. Pero con ello ha asumido dos riesgos. El primero es personal: en contra de todas sus promesas, de su insistencia en que Estados Unidos debía dejar de sacrificar recursos en conflictos que no le afectan estratégicamente, ha iniciado una nueva guerra imprevisible. El segundo riesgo es más inquietante: resulta imposible saber cómo escalará este conflicto.
Trump parte de la idea de que Estados Unidos puede enfrentar con confianza las represalias de Irán. Este puede lanzar sus misiles contra las grandes bases militares estadounidenses en la región, como las de Bahréin, Qatar o Kuwait. Ayer habló ya de cerrar el Estrecho de Ormuz, por el que cada día pasa un tercio de todo el petróleo global que se transporta por vía marítima. Puede utilizar las milicias que financia para atacar la producción petrolífera de Irak o sabotear a aliados de Estados Unidos en la región, como Arabia Saudí. Puede lanzar ciberataques a gran escala. Y, aunque no estamos en los años ochenta, puede retomar viejas tácticas como el terrorismo en ciudades de Occidente, los secuestros de aviones o la toma de rehenes.
El régimen de Jamenei, que tiene 86 años y es el dictador más longevo del mundo, ha sido muy incompetente. Mientras propiciaba esa "ni guerra ni paz" y reprimía a su población, ha gastado miles de millones de dólares en un programa nuclear que no ha disuadido los ataques de Israel y Estados Unidos. Y hoy está solo: ni Rusia ni China van a hacer mucho por ayudarle. Su respuesta a los nuevos bombardeos israelíes y estadounidenses quizá sea brutal, o quizá consista solo en un gesto que le permita salvar la cara mientras se rinde silenciosamente. Esa sería la mejor opción para el mundo. Pero, en todo caso, los equilibrios en la región se han alterado para siempre.
Trump ha asumido un riesgo enorme. Seguramente, no pretende cambiar el régimen iraní, sino debilitarlo al máximo y limitarse a contemplar qué pasa. Pero es verosímil que este ataque genere una oleada nacionalista y que el régimen de Jamenei se sienta más respaldado. Siendo optimistas, quizá este bombardeo no sea el inicio de una guerra, sino una acción puntual que solo pretende que Irán cobre conciencia de su debilidad y en las próximas negociaciones se resigne a dejar de desarrollar capacidades nucleares.
En el último año y medio, Israel ha demostrado que tiene un absoluto dominio militar frente a los países que desean su desaparición, y que está dispuesto a demostrar esa superioridad, también, cometiendo terribles crímenes de guerra en Palestina que no deberíamos olvidar. Viejos adversarios como Irán, Líbano, Siria, Hamás o Hizbulá son hoy entidades debilitadas; incluso, un poco patéticas. Era de esperar que Israel y Estados Unidos, que ahora sigue la estrategia del primero, y no al revés, aprovecharan la ocasión para tratar de destruir de manera irreversible la capacidad de coerción de Irán. Pero todo puede salir mal.
Si tuviera que apostar, diría que hay un 40% de opciones de que esto sea el principio del fin de la guerra que Israel ha desarrollado contra los países de su entorno en el último año y medio. Y un 60% de que sea el principio de una nueva, más peligrosa y amplia conflagración. Benjamin Netanyahu y Trump han decidido asumir un riesgo colosal. Las consecuencias las agradecerá, o más probablemente las pagará, el mundo entero.
Desde 1989, cuando se convirtió en líder máximo de Irán, Alí Jamenei ha desarrollado la estrategia de "ni guerra ni paz". Su país ha utilizado a menudo la violencia contra sus enemigos, pero no directamente, sino por medio de organizaciones como Hamás, Hizbulá o los hutíes de Yemen. Ha amenazado con responder virulentamente ante cualquier ataque recibido, pero lo ha hecho con cuidado para no desencadenar una guerra abierta en su propio territorio. Sus tácticas desestabilizadoras —insultos, sabotajes, quema de banderas israelíes y americanas, promesas de aniquilación— eran una peculiar forma de estabilidad. Sucedían toda clase de cosas, pero nunca se convertía en una guerra abierta. Mientras tanto, el régimen decía que seguía fortaleciendo sus recursos defensivos y, en especial, su capacidad nuclear.