Trump no es aislacionista: EEUU aún quiere ser el policía del mundo
Pese a que muchos le consideren partidario de la no intervención en el extranjero, Trump, como sus predecesores, quiere que Estados Unidos siga configurando el mundo de acuerdo con sus intereses e interviniendo en la soberanía de los demás países
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Europa Press/ZUMA Press Wire/Andrew Leyden)
Los analistas de política internacional nos hemos equivocado muchas veces en nuestros intentos de entender a Donald Trump. Pero pocas veces lo hemos hecho tanto como cuando le hemos considerado un aislacionista. Al igual que la mayoría de sus predecesores en la presidencia de Estados Unidos, es un intervencionista que cree que puede y debe moldear el mundo y la política de las demás naciones de acuerdo con los intereses de su país.
Es cierto que Trump se define a sí mismo como un nacionalista: dice que Estados Unidos solo debe mirar por sus intereses y desentenderse de lo que suceda en el resto del mundo si no afecta a su seguridad y sus cuentas. Dice, también, que es soberanista: cree que cada nación debe poder escoger por sí misma su destino de acuerdo con sus necesidades y sus recursos.
Pero eso, que el movimiento MAGA y sus imitadores en Europa creen con una gran fe, ha resultado ser falso.
De Ucrania a Sudáfrica pasando por el alcalde de Londres
Aunque Estados Unidos no se juega casi nada en la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania, Trump quiere que esta se resuelva de acuerdo con su voluntad, y en los últimos días ha montado en cólera al darse cuenta de que Vladimir Putin no le obedece. ¿Por qué debería hacerlo si, como dice el credo trumpista, todas las potencias son soberanas en su zona de influencia?
Hace más de una década, Barack Obama decidió que, dado que Estados Unidos es casi autosuficiente energéticamente, debía desentenderse de los embrollos étnico-religiosos de Oriente Medio. Pero Trump está intentando que Benjamin Netanyahu se pliegue a su visión de Oriente Medio; hasta ha mostrado una inusitada preocupación por el intolerable drama humanitario de Gaza. Y ha bombardeado Irán. Quiere que esas tierras bíblicas se dobleguen a la voluntad de Washington.
Pero Trump también aspira a decidir la política de otros lugares, supuestamente soberanos, que viven en paz. Su Gobierno está desarrollando una intensa campaña para modificar las políticas agrarias y raciales de Sudáfrica porque está convencido de que estas son injustas con los descendientes de los colonos británicos y neerlandeses. Antes de las elecciones alemanas, su vicepresidente hizo campaña activa en favor deAlternativa por Alemania. Trump se entromete en la política interna de Brasil en apoyo de un candidato derrotado. Y la semana pasada, mientras visitaba Reino Unido, reprendió a su primer ministro, Keir Starmer, por sus políticas fiscales y migratorias, e insistió en decir que el alcalde de Londres no le gustaba: el hombre más poderoso del mundo se entrometía en las regulaciones municipales de un país extranjero. Entre los méritos de su Gobierno está haber intercedido en los conflictos entre Ruanda y la República Democrática del Congo, India y Pakistán y Tailandia y Camboya.
Podemos estar de acuerdo o no con esas intervenciones. Pero no parecen las propias de un gobierno aislacionista, nacionalista y soberanista. De hecho, recuerdan mucho al viejo intervencionismo estadounidense, que consideraba que el mundo era su patio trasero, en el que tenía derecho a imponer sus normas por los métodos que considerara más pertinentes.
Diferente pero igual
Por supuesto, hay diferencias entre Trump y sus predecesores. El actual presidente no cree en el llamado "poder blando", según el cual la ayuda al desarrollo o la influencia cultural son a la larga casi tan poderosas como la diplomacia o el poder militar. Trump puede bombardear a Irán, pero no está dispuesto a sacrificar la vida de un solo soldado estadounidense en Oriente Medio. Y tampoco quiere gastar muchos recursos fuera: cree que Estados Unidos puede seguir manteniendo su hegemonía en el exterior sin gastar en guerras, ayuda al desarrollo, propaganda ideológica o cooperación defensiva. Cree que con su poder crudo puede reducir sus costes y aumentar sus ganancias. De ahí su obsesión con los aranceles. Es legítimo, pero no aislacionista.
Pero todo ello le está generando fuertes conflictos con una parte de su base electoral que se había creído que Hacer América Grande Otra Vez pasaba por que esta se desentendiera del resto del mundo y se encerrara en su privilegiada singularidad geográfica, blindara sus fronteras y dedicara el resto de sus esfuerzos a frenar a China. Para su estupefacción, Trump les ha desengañado: Estados Unidos sigue teniendo un inmenso poder en el mundo, y el presidente no parece la clase de hombre que renuncia a él voluntariamente: si puede imponerse en cualquier sitio, con cualquier motivo, lo hará.
Dado que Europa sigue siendo pragmática económicamente y una potencia menor políticamente (esta es mi interpretación resumida del reciente acuerdo arancelario con Estados Unidos), quizá no sea, comparativamente, tan mala noticia. A fin de cuentas, podemos tener la certidumbre de que Trump desaparecerá del mapa mucho antes de que lo haga el Partido Comunista chino.
Pero debemos tenerlo claro ni que sea para enfrentar el actual entusiasmo nacionalista que ve en Trump como el líder de la soberanía de las naciones. Estados Unidos quiere seguir siendo el policía del mundo. Su presidente es intervencionista. Sea quien sea su sucesor, también lo será. El imperio tiene una larga vida por delante.
Los analistas de política internacional nos hemos equivocado muchas veces en nuestros intentos de entender a Donald Trump. Pero pocas veces lo hemos hecho tanto como cuando le hemos considerado un aislacionista. Al igual que la mayoría de sus predecesores en la presidencia de Estados Unidos, es un intervencionista que cree que puede y debe moldear el mundo y la política de las demás naciones de acuerdo con los intereses de su país.