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Los pijos de izquierdas no entienden a los obreros. Los de derechas tampoco
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Ramón González Férriz

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Los pijos de izquierdas no entienden a los obreros. Los de derechas tampoco

Yo también me impaciento con los adinerados izquierdistas que dicen hablar en nombre del pueblo. Pero ahora muchos líderes de la derecha radical que creen que representan a los trabajadores comunes son también gente rica que no sabe nada de ellos

Foto: Nigel Farage. (Reuters)
Nigel Farage. (Reuters)
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Zia Yusuf es uno de los hombres fuertes de Reform, el partido que lidera las encuestas británicas. Sus recetas son conocidas: deportar inmigrantes, acabar con las ideas woke, reforzar la identidad nacional tradicional y devolverle al pueblo lo que las élites le han quitado. En su programa, la palabra "pueblo" se repite una y otra vez. Reform quiere que el pueblo cobre más, que el pueblo no sufra las largas listas de espera sanitarias, que el pueblo tenga casas. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que Reform quiere que le vean como el partido del pueblo.

Pero el hecho es que Yusuf, que concedió una interesante entrevista al Financial Times el fin de semana pasado, estudió en la más prestigiosa universidad de izquierdas de Reino Unido, la London School of Economics. Fue banquero en Goldman Sachs. Fundó una empresa que se dedicaba a organizar "experiencias de lujo para los ultrarricos", que luego vendió por 230 millones de libras. En la entrevista afirmaba que, cuando su partido mande, todos los ministros serán ricos y que el sueldo de ministro será el más bajo que hayan cobrado en su vida. Su jefe, Nigel Farage, el líder de Reform, es hijo de un banquero y también lo fue él durante décadas. El año pasado ganó 1,2 millones de libras compaginando su papel como líder político con el de periodista. No está mal para un partido que dice luchar contra el establishment en nombre del pueblo.

Durante décadas, los pijos de izquierdas que hablan en nombre del pueblo nos han provocado una justificada mezcla de hilaridad e irritación. Los fundadores de Podemos pertenecían a las tradicionales canteras de élites de la clase media alta, pero decían haber entrado en política para representar a "los de abajo". Muchos de los líderes de la CUP, quizá el partido más radical de España, son descendientes de la tradicional clase media alta catalana: hace pocos días, el diario Crónica Global publicaba que la familia de Eulàlia Reguant, que ha sido la cara más visible de la formación durante años, dispone de un patrimonio inmobiliario en Barcelona de 13 millones de euros. Los artistas comprometidos que llevan décadas apoyando a la izquierda española son, en muchos casos, prósperos burgueses que tienen un contacto anecdótico con las clases trabajadoras y confunden sus buenas intenciones con la justicia social.

Hacemos bien impacientándonos con el pijo de izquierdas que cree entender al pueblo y se siente capaz de hablar en su nombre. Pero hoy, quienes con más éxito hablan en nombre de ese pueblo son pijos que forman parte de la derecha radical y tienen una idea igualmente abstracta, paternalista e hipócrita de él.

Sea de izquierdas o de derechas, si alguien habla en nombre del pueblo seguramente es un pijo

Yusuf, Farage y Reform no son ni mucho menos los únicos. La líder de Alternativa por Alemania, Alice Weidel, fue banquera de inversión antes de entrar en política. Marine Le Pen, la jefa de Agrupación Nacional que hoy culpa a la élite de la desigualdad social, se crió en una mansión del suburbio más rico de París, que su padre heredó de una millonaria familia de industriales. Donald Trump, el supuesto ariete de las clases bajas industriales, estudió en una universidad privada de élite y heredó de su padre un gran negocio inmobiliario. Benjamin Netanyahu denuncia el globalismo, pero es hijo de una ilustre y cosmopolita familia y estudió en dos de los centros más globales y elitistas el mundo, el MIT y Harvard. Santiago Abascal, que clama contra la casta política, ha sido siempre un político profesional. Jorge Buxadé, que carga contra el Estado profundo, es un abogado del Estado. Hermann Tertsch, que odia la prensa progresista, trabajó durante más de una década en El País. Jordi de la Fuente, el líder de Solidaridad, el sindicato vinculado a Vox, es un licenciado en Ciencias Políticas y asesor de comunicación electoral que nunca ha trabajado en una fábrica.

Que nadie hable en nombre del pueblo

Me parece muy bien que alguien de rentas altas se preocupe por la desigualdad o que prósperos herederos sean partidarios del impuesto de sucesiones. Y que quienes dicen odiar a las grandes empresas multinacionales y la prensa hayan ganado un poco de dinero gracias a ellas. Todos somos víctimas de nuestras contradicciones.

Foto: puigdemont-reaparece-por-el-5o-aniversario-de-junts-y-advierte-a-sanchez

Pero al menos algunos no pretendemos hablar en nombre de grupos sociales a los que no pertenecemos y que, en realidad, conocemos poco. Históricamente, quienes más lo hicieron fueron los marxistas de izquierdas, que se dejaban llevar por sus sofisticados conocimientos o su supuesta sensibilidad artística. Hoy, quienes más triunfan con ese discurso son los miembros de la derecha nacionalista que forman parte de la élite, muchas veces global, estatal o intelectual, con la que dicen que quieren acabar.

Uno de los problemas más relevantes de la política actual es que se ha convertido en un juego entre élites: hoy, un miembro de la clase trabajadora tiene muy difícil lograr un alto cargo en un partido. Pero mientras encontramos una solución a ese enorme problema, deberíamos empezar por ser escépticos. Sea de izquierdas o de derechas, si alguien habla en nombre del pueblo seguramente es un pijo.

Zia Yusuf es uno de los hombres fuertes de Reform, el partido que lidera las encuestas británicas. Sus recetas son conocidas: deportar inmigrantes, acabar con las ideas woke, reforzar la identidad nacional tradicional y devolverle al pueblo lo que las élites le han quitado. En su programa, la palabra "pueblo" se repite una y otra vez. Reform quiere que el pueblo cobre más, que el pueblo no sufra las largas listas de espera sanitarias, que el pueblo tenga casas. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que Reform quiere que le vean como el partido del pueblo.

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