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La oportunidad europea en un orden basado en Trump
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Juan Luis Manfredi Sánchez

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La oportunidad europea en un orden basado en Trump

La Unión Europea tendrá futuro sin deja atrás a las plañideras del mundo que ya no existe y creamos un nuevo orden liberal sazonado con este tinte realista

Foto: Von der Leyen y Trump, en la firma del acuerdo comercial. (Reuters)
Von der Leyen y Trump, en la firma del acuerdo comercial. (Reuters)
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Ante el preacuerdo arancelario con Estados Unidos, leo con estupor titulares sobre la renuncia a los valores, la cesión incondicional, la capitulación de la Comisión Europea —no de los Estados miembros— y otros planteamientos similares que anticipan el final de la Unión Europea. Este análisis buenista carece de asiento en la realidad. Después de 200 días, la administración Trump ha fracturado el orden internacional. Encuentro cuatro brechas. El libre comercio no es una prioridad, sino un instrumento de la acción exterior que aprieta a unos y recompensa a otros con criterios de oportunidad política o de inversión. La administración Trump no está comprometido con el futuro de la Unión y entiende los aranceles como el soporte para la reforma fiscal y la gestión de la deuda pública.

Pasar del 3-4% al 15% de arancel general contra los productos europeos podría generar ingresos por valor del 30% de la deuda, ceteris paribus. Es poco probable que esto suceda, ya que las tarifas y las cuotas son herramientas de política económica de otro tiempo. Las factorías no volverán al Rust Belt. Los salarios, las rentas y los empleos de la reindustrialización son una quimera. El sistema internacional, basado en el multilateralismo, Naciones Unidos, la Organización Mundial del Comercio o la propia OTAN, ha perdido la centralidad. Ahora son “institutions as a service”, que se financian si sirven al fin último del trumpismo. Los BRICS+ carecen de un proyecto político integrador. El acrónimo es un gran eslogan, pero carece de vocación universal. La tercera grieta es preocupante.

Las encuestas mundiales de valores confirman la creciente desafección ante una democracia liberal incapaz de resolver problemas complejos. La grieta es multidireccional: hombres y mujeres votan de manera distinta, el mundo rural y urbano tienen preferencias políticas divergentes y jóvenes y mayores discrepan sobre la gestión del futuro. El panorama es desolador. Nuestros jóvenes aprueban y toleran mayor autoritarismo. En Iberoamérica, la tensión entre seguridad y libertad tiene un claro ganador. El consenso de Beijing es el modo ganador en buena parte del planeta: inversión sin obligaciones o valores políticos. La cuarta ruptura es la que nos ocupa, a saber, el final de una relación transatlántica privilegiada. Los Estados Unidos del presidente Trump aceleran el desenganche de la arquitectura de seguridad europea y privilegian otras geografías. La inversión procede del Golfo y la obsesión de seguridad, del Pacífico. Todo lo demás es instrumental. Romper amarras con Alemania y, pronto, con Japón, Taiwán o Corea del Sur es un objetivo político.

Quedan por delante algo menos de 1.300 días de presidencia Trump y vamos a tener que aprender a vivir peligrosamente en el O-B-T, el Orden Basado en Trump. El O-B-T representa un conjunto de decisiones contradictorias y sin un “cuerpo común de pensamiento y acción”, en la clásica definición de grand strategy. La oportunidad europea pasa por la aceptación de que no se puede negociar con quien no tiene claro los objetivos, no está interesado en las reglas y piensa que el modelo actual emplea el dólar como moneda extractiva de valor, no como reserva. La imposición de aranceles persigue el reconocimiento de un estatus único para reorganizar el comercio internacional. La nación indispensable ha abandonado la vía de las obligaciones soberanas para abrazar las tesis de geoeconomía, o la proyección del poder global a través de la economía.

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Así está el paisaje global. El orden liberal internacional se ha desvanecido y abre la puerta a la desglobalización. Ahí es donde la Unión Europea tiene que aprender a jugar, no en la nostalgia de los años dorados de la globalización, sean los Clinton, Jacques Delors o los Obama. Estados Unidos ha cambiado la agenda y ésta se ha expandido a gran velocidad. Occidente, como núcleo de orden y entramado de intereses, se ha deshilachado. La brújula estratégica de 2022 no sirve en un mundo donde el Sur Global tiene voz propia, Rusia es revisionista, India quiere modular su relación con China y Occidente, mientras los regímenes iliberales cooperan en seguridad y defensa.

La oportunidad europea pasa por aceptar la nueva realidad y trabajar en cuatro líneas de acción. La primera es doméstica. Hay que avanzar en la integración y el mercado único en sintonía con lo anunciado en el Informe Letta sobre el mercado único. Los capitales, la energía, los servicios, la innovación, los seguros y el sector bancario tienen que adquirir esa dimensión para ser competitivos. Sin esta condición, será imposible los 300.000 millones de euros de ahorro familiar y de empresas que se marchan a Estados Unidos cada año. Reconectar el mercado interno aliviaría la pena arancelaria.

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La segunda clave es comercial. El 1 de abril, el día de la Liberación, Estados Unidos lanzó una campaña mercantilista. Canadá, México, Corea del Sur, Chile, Brasil o Taiwán van a desplegar nuevas estrategias, rutas y acuerdos comerciales. La Unión tiene que estar preparada para avanzar a gran velocidad. La garantía de unas normas comunes, la seguridad jurídica y la estabilidad son activos para reinventar el efecto Bruselas. Incluso el Reino Unido estará más interesado en estas garantías que en las promesas mutables del trumpismo. No podemos imponer normas en estos mercados, pero sí podemos alcanzar acuerdos duraderos. El avance lento e intergubernamental no es una opción estratégica.

La tercera línea es la definición política de las políticas de seguridad y defensa. Sin proyecto político, se anticipa un gran despilfarro y una pérdida de capacidad de influencia. Si queremos recuperar la relación transatlántica, hay que presentar en la Casa Blanca fuerza, capacidad operativa y decisión. Hay que escuchar a Marco Rubio: Europa, a través de la OTAN, es un buen cliente, pero no un socio. Reconstruir las relaciones amerita ser un jugador estratégico, no un seguidor.

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La última clave es redefinir las relaciones con China. Abrazar el desarrollo tecnológico e inversionista es una buena oportunidad a corto plazo, pero supone renunciar al acervo comunitario y aliarse con un rival sistémico en valores y democracia liberal. No parece un camino idílico, pero sí una oportunidad para entender y una lección de realismo político. Europa no puede exportar democracia, libertades y Estado de derecho, por lo que tendrá que definir bien el tablero de juego.

En síntesis, veo los acuerdos arancelarios como la gran oportunidad para reconocer que el mundo O-B-T es la nueva realidad internacional. La Unión Europea tendrá futuro sin deja atrás a las plañideras del mundo que ya no existe y creamos un nuevo orden liberal sazonado con este tinte realista. No tenemos mucho tiempo para la reflexión, los libros blancos o los informes. No es tiempo de gestores, sino de líderes europeos a la altura. ¿Quiénes serán los nuevos Adenauer, De Gaulle o Delors?

*Juan Luis Manfredi es catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha.

Ante el preacuerdo arancelario con Estados Unidos, leo con estupor titulares sobre la renuncia a los valores, la cesión incondicional, la capitulación de la Comisión Europea —no de los Estados miembros— y otros planteamientos similares que anticipan el final de la Unión Europea. Este análisis buenista carece de asiento en la realidad. Después de 200 días, la administración Trump ha fracturado el orden internacional. Encuentro cuatro brechas. El libre comercio no es una prioridad, sino un instrumento de la acción exterior que aprieta a unos y recompensa a otros con criterios de oportunidad política o de inversión. La administración Trump no está comprometido con el futuro de la Unión y entiende los aranceles como el soporte para la reforma fiscal y la gestión de la deuda pública.

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