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Lo que la batalla francesa por el aire acondicionado dice de la izquierda actual
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Ramón González Férriz

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Lo que la batalla francesa por el aire acondicionado dice de la izquierda actual

Ante la ola de calor, la derecha propuso aire acondicionado para todos. La izquierda respondió con argumentos ecologistas. Si esta quiere ganar elecciones, tiene que relajar el moralismo y las regulaciones, y garantizar la comodidad y la abundancia

Foto: Turistas bajo paraguas por la ola de calor en París. (EFE/Edgar Sapiña)
Turistas bajo paraguas por la ola de calor en París. (EFE/Edgar Sapiña)
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En Francia, pocas casas tienen aire acondicionado. En la mayoría de lugares no solía ser necesario. Pero este verano, la climatización se ha convertido en parte de la intensísima guerra cultural y política del país. No estamos ni a 15 de agosto y ya se puede afirmar que la derecha ha ganado la batalla.

A finales de junio, París estaba a 36 grados y otras partes del país a 40. El Gobierno había declarado la alerta en numerosos departamentos. Y Marine Le Pen afirmó que cuando llegara al poder pondría en marcha un gran plan de instalación de aires acondicionados. Dijo que daría prioridad a los edificios públicos, las escuelas, los asilos y las casas. Y reforzó el argumento con su enfoque habitual: mientras las élites se refrescaban con el aire acondicionado de sus oficinas y sus coches, dijo, el pueblo se achicharraba.

La izquierda radical picó. La líder de los ecologistas respondió que no hacía falta más aire acondicionado, sino ciudades más verdes y edificios energéticamente más eficientes. El periódico poscomunista Libération publicó un ensayo de uno de sus más conocidos periodistas en el que afirmaba que, aunque era comprensible que la gente deseara un alivio rápido para un calor insoportable, el aire acondicionado contradecía los principios ecologistas y debía dejarse atrás.

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Cuando parecía que el debate se desvanecía, ha llegado la segunda ola de calor. Ayer en Lyon se llegó a los 40 grados, y en Dijon, cerca de la frontera con Suiza, a los 38. La consecuencia es la esperable: como contaba Le Monde, las ventas de aparatos de aire acondicionado portátiles se han disparado mientras la gente espera su turno para la instalación de sistemas fijos. Las tiendas de electrodomésticos se están planteando traer más aparatos de China en avión, aunque eso suponga duplicar su precio. Si las decisiones de consumo son un acto político, como suele decir la izquierda, hoy esta ha sido humillada.

Las lecciones para el progresismo

Es fácil sacar conclusiones políticas de este episodio estival. La nueva derecha ha entendido que la mayoría damos mucha más importancia a nuestro bienestar a corto plazo que a consecuencias indeseables a largo plazo. Y que las crisis que los ciudadanos sienten más cercanas tienen que ver con la calidad de vida: en todos los países ricos, aunque sea con diferencias de grado, la vivienda está comparativamente cara, los salarios suben relativamente poco, el crecimiento económico es mediocre y, en algunos lugares, pilares clave del Estado del bienestar, como la sanidad y la educación, están desbordados. Y sí, hace mucho calor. Si a eso le añadimos el talento demagógico de Le Pen para enmarcar las altas temperaturas como una lucha de clases entre los pijos progresistas de la capital y los pobres trabajadores de zonas rurales, ¿quién demonios va a creerse el moralismo de la izquierda sobre el consumo y los sacrificios?

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La respuesta de la izquierda debería consistir en acabar con ese constante moralismo. No se trata de renunciar a los principios: el cambio climático es muy real, debemos actuar para ralentizarlo, y sí, las bicis y los edificios energéticamente eficientes deberían ser una parte importante del futuro de las ciudades. Pero como afirma el libro más importante para la izquierda que ha aparecido en mucho tiempo, Abundancia, de los periodistas progresistas estadounidenses Ezra Klein y Derek Thompson (en octubre lo publicará en español la editorial Capitán Swing), es el momento de que la izquierda reivindique una de sus viejas señas de identidad: la creación de bienestar, de comodidad y de un nivel de vida creciente para las clases medias y trabajadoras. El objetivo, dicen, es generar la suficiente abundancia para todos: más viviendas baratas, más trenes eficaces, comida sana asequible, energía a bajo precio, medicamentos. Y, aunque no lo digan, quizá también aire acondicionado. Pero para conseguir políticas que favorezcan esa abundancia, la izquierda debe repensar el exceso de regulación y moralina que ha desplegado en las últimas décadas.

El mensaje político del libro es evidente, y el caso del aire acondicionado en Francia parece una ilustración perfecta: si la izquierda no da ese paso, tiene muy difícil ganar a una nueva derecha que se dedica a prometer una abundancia para todos sin regulaciones ni cálculos a largo plazo. No está claro que sepa cómo cumplir —es probable que las medidas comerciales de Donald Trump, por ejemplo, estén dañando a las pequeñas empresas estadounidenses y generando inflación; del mismo modo, es posible que la reducción de la llegada de inmigrantes genere escasez de mano de obra en algunos sectores—, pero la promesa resulta irresistible para cada vez más gente.

La izquierda no lo tiene nada fácil. Pero su descrédito en la mayor parte del mundo occidental quizá le sirva de acicate para abrazar este nuevo credo basado en las comodidades del crecimiento. De hecho, es un credo muy viejo y que está en su ADN, aunque lo haya olvidado durante demasiado tiempo. Pero debe ponerse a ello o su respuesta moralizante, voluntarista y largoplacista a las crisis actuales le pasará por encima.

En Francia, pocas casas tienen aire acondicionado. En la mayoría de lugares no solía ser necesario. Pero este verano, la climatización se ha convertido en parte de la intensísima guerra cultural y política del país. No estamos ni a 15 de agosto y ya se puede afirmar que la derecha ha ganado la batalla.

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