Sea cuando sea el fin de la guerra, debe incluir dos cosas: la soberanía y la seguridad de Ucrania. Putin no quiere ninguna de las dos. Trump no sabe lo que quiere. La reunión de hoy no producirá grandes avances
La guerra de Ucrania nunca debió haber empezado y no terminará como debiera. En su reunión de la semana pasada con Donald Trump, Vladímir Putin insistió en que solo aceptará congelar la línea del frente si le entregan oficialmente Donetsk y Luhansk. Eso sería terrible, aunque quizá inevitable. Pero Putin también recuperó sus viejas reivindicaciones. Para que la guerra termine, Ucrania debe renunciar a su soberanía y será Rusia quien decidirá sobre su futuro. Putin quizá le permita entrar en la Unión Europea, pero no en la OTAN, decidirá el tamaño de su ejército y la clase de armas de que puede disponer, y tendrá la posibilidad de intervenir en su política y sus elecciones. Rusia, pues, dice que la guerra solo terminará cuando Ucrania acepte convertirse en una colonia.
Como se trata de condiciones inaceptables para Volodímir Zelensky, la guerra continuará. Es poco probable que en la reunión de esta tarde entre este, Trump, Ursula von der Leyen y otros líderes europeos se encuentre otra salida. Por eso, es un buen momento para recordar el origen de este conflicto. Como casi todos sus predecesores al frente de Rusia, Putin cree que su país tiene derecho a hacerse con las tierras que quiera, con los métodos que prefiera.
El imperialismo ruso
El expansionismo ruso siempre se ha presentado a sí mismo como una forma de antiimperialismo. Desde la fallida invasión napoleónica de 1812, la élite rusa se construyó en oposición a Occidente, y explicó su intento de invadir o controlar territorios al Oeste de sus fronteras —como Polonia, Finlandia, el Cáucaso o muchos otros— como la única forma que tenía de protegerse de la influencia occidental.
Esa retórica alcanzó su paroxismo durante la Guerra Fría. La Unión Soviética podía anexionarse los países bálticos, intervenir Hungría, invadir Checoslovaquia o controlar la política polaca. Pero el PCUS, movido por el mismo nacionalismo ruso que el de los Romanov, sostenía que eso no era imperialismo. En una típica inversión rusa del sentido de las palabras, el imperialismo ruso era antiimperialismo.
Vladímir Putin es un continuador de esta tradición. Para él, como para sus antecesores, la invasión y la intervención son la única opción que tiene Rusia para defenderse de Occidente. En el verano de 2021, meses antes de atacar Ucrania, publicó un larguísimo artículo en el que apelaba a brumosos mitos medievales para defender el derecho de Moscú a controlar ese país y Bielorrusia: esas tres entidades unidas por la historia debían estar coordinadas para defenderse de Occidente. Ninguna otra solución era tolerable. Pero recordemos: que Moscú dictara lo que debían hacer Kiev y Minsk no era imperialismo. Sino una defensa ante el imperialismo de la OTAN y la UE.
Rusia no quiere que esta guerra termine con un acuerdo porque cree que ella dispone de derechos naturales, casi sagrados, y los ucranianos no. Y siente que dispone de tiempo: siguiendo esa vieja tradición, la muerte de sus jóvenes es un sacrificio perfectamente asumible en nombre de la patria y la resistencia a la modernidad democrática.
Por supuesto, Trump no tiene ningún problema con el imperialismo y le importa poco Ucrania. De acuerdo con su visión del mundo, menos embriagada de leyendas históricas que la de Putin, pero construida sobre las mismas ideas nacionalistas, si Rusia es más poderosa que Ucrania, ¿por qué no iba a quedársela? Pero Trump ha basado buena parte de su carrera en la idea de que domina el arte del trato, y en la campaña que le llevó de nuevo a la presidencia aseguró que tenía las claves para acabar con el conflicto en poco tiempo. Por eso está empeñado en poner fin a la guerra. Tanto, que está dispuesto a defender para ello una cosa y la contraria: un alto el fuego —como exigía antes— o una finalización rápida por las armas —como acepta ahora—; el abandono de Ucrania —como ha amenazado reiteradamente— o la presencia de tropas estadounidenses en su suelo para garantizar su seguridad durante la paz —como sugiere ahora—. Europa, como demostrarán sus líderes en la reunión de esta tarde, tiene las ideas un poco más claras, pero no dispone del poder para imponerlas.
La invasión de Ucrania fue un acto imperialista. Zelensky y los países europeos deben asegurarse de que, cuando termine, el país no se habrá convertido en una colonia. Que mantendrá la soberanía para decidir libremente su futuro y la seguridad para no ser víctima de una nueva invasión. Putin no va aceptar eso de ningún modo: si inició la invasión fue para destruir Ucrania, con el convencimiento de que eso disminuiría la influencia de Occidente entre pueblos que él considera suyos. A Trump parece darle todo igual, excepto poder hacerse una foto con un simulacro de paz.
Es poco probable que Zelensky y los europeos consigan hoy lo que es realmente importante. Pero, mientras tanto, Putin seguirá afirmando que sus agresiones son solo una forma de defensa ante los verdaderos agresores: la OTAN, la democracia liberal y los pobres ucranianos, cuyo destino seguirá siendo mañana tan negro como ayer.
La guerra de Ucrania nunca debió haber empezado y no terminará como debiera. En su reunión de la semana pasada con Donald Trump, Vladímir Putin insistió en que solo aceptará congelar la línea del frente si le entregan oficialmente Donetsk y Luhansk. Eso sería terrible, aunque quizá inevitable. Pero Putin también recuperó sus viejas reivindicaciones. Para que la guerra termine, Ucrania debe renunciar a su soberanía y será Rusia quien decidirá sobre su futuro. Putin quizá le permita entrar en la Unión Europea, pero no en la OTAN, decidirá el tamaño de su ejército y la clase de armas de que puede disponer, y tendrá la posibilidad de intervenir en su política y sus elecciones. Rusia, pues, dice que la guerra solo terminará cuando Ucrania acepte convertirse en una colonia.