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¿Un Nobel para Trump? Y un germen para Europa

Lo que se dirime es la lucha entre la democracia liberal y la dictadura, entre el valor de ley y la arbitrariedad autocrática. Es posible que Trump opte a un Nobel. Pero también lo es que Europa germine como nación

Foto: Trump y los líderes europeos durante su visita a la Casa Blanca acompañando a Zelenski. (Reuters/Gobierno ucraniano)
Trump y los líderes europeos durante su visita a la Casa Blanca acompañando a Zelenski. (Reuters/Gobierno ucraniano)

Cuando el lunes en la reunión Trump y Zelenski televisada en vivo, este último evitó contestar la pregunta sobre la cesión de territorios del este de Ucrania, en Donetsk y Luhansk, se vio venir. La posibilidad de congelar las fronteras ahí justo donde se encuentre el conflicto y el diseño de las garantías de seguridad sobre el terreno abren la posibilidad a un acuerdo de paz que deje a todas las partes implicadas medio pero suficientemente satisfechas. No es la solución óptima para ninguno, pero sí es la puerta para sostener indefinidamente el conflicto. La ejecución de esas garantías de seguridad correría a cargo de los europeos, pagando y poniendo soldados sobre el terreno. Qué ironía, Trump saldría con opciones al Nobel de la Paz, por la vía de los hechos. A Putin se le contendría en los territorios conquistados. Y los europeos vuelven a aprender, por la vía dura, que quien algo quiere, algo le cuesta.

Vaya por delante que no soy un partidario del presidente americano. Desprecia la Ley y el Derecho frente al poder puro y duro, y ha socavado una tradición de entendimiento occidental sobre la que ha prosperado este mundo sin igual. He dado y seguiré dando muestras de ello. Pero ante todo, la objetividad de los hechos y éstos dicen que la aproximación de posturas orquestada por el americano es real y tiene visos de viabilidad. Nos atenemos a ello: "un primum inter pares" con la capacidad de volcar la balanza a un lado u a otro y, por lo tanto, la capacidad de inducir la voluntad de ambos.

Sin duda es obligado señalar que en el lado de la balanza de Zelenski, los europeos no han puesto la suficiente carne en el asador en forma de ayuda militar y movilización política, como para atreverse, en este punto, a soltar amarras del puerto americano y rescindir su preeminencia en este conflicto.

En estas negociaciones sobre el conflicto de Ucrania, el acontecimiento bélico en Europa con más víctimas mortales desde la II GM, el presidente Trump actúa como testaferro de los intereses del autócrata ruso Putin, exagente de la KGB sobre quien existe una orden de captura. Lo vimos en Alaska cuando le dio rango con alfombra roja. La escenificación del encuentro entre ambos restableció el status de un criminal de guerra a decir de la Corte Penal Internacional. Y no nos engañemos, Trump certifica la legitimidad del expansionismo imperialista ruso y con ello la caída del orden internacional basado en reglas, por el cual la integridad territorial de Estados soberanos ha sido, más que menos, un principio inviolable.

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Pero también ha habido señales de advertencia del americano a su homólogo ruso: la amenaza de aranceles a todas sus exportaciones o a aquellos, como la India, que compran mucho producto de Rusia, que ahora no pueden vender en Europa. Ayer mismo, sin ir más lejos, y a modo de presión a última hora: "nunca es el final del camino para el apoyo a Ucrania" o luego más adelante: "EEUU ayudará a Europa a proteger a Ucrania", pero "no hablaría de una protección bajo el marco de la NATO", una línea roja para los rusos, como inmediatamente se encargó de oficializar por X, Lavrov, ministro de Exteriores ruso.

Bajo esas coordenadas sugeridas en Washington el lunes: fronteras moldeables, pero ni un paso atrás de Ucrania en el frente, y garantías de seguridad costeadas y ejecutadas sobre todo por europeos, la bola pasa a los rusos. Cómo les gusta a los matones, tener la última palabra. Y a una posible reunión trilateral de Trump, Zelenski y Putin que oficialice el acuerdo de paz. No es seguro, pero sí a todas luces verosímil. Arbitrando intereses, "al César lo que es del César".

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Los europeos asimilamos un proceso de duelo y haríamos mal en seguir fiando las apariencias. Desde que en la Conferencia de Seguridad de Múnich este febrero, el vicepresidente americano Vance despertara a los alemanes explicándoles cómo debieran lidiar con su pasado y éstos derramaran lágrimas en público, la reunión de la OTAN de junio conjuró el espejismo de un cierto restablecimiento de la Alianza Atlántica. Pero no cabe engañarse: aquí se transgrede el principio básico en política exterior como es el respeto a la integridad territorial de los Estados. Los paralelismos con las cesiones territoriales a los nazis no son perfectos, pero sí muy legítimos. Tanto Trump como Putin han demostrado en múltiples ocasiones no tener problemas para transgredir acuerdos y tratados según convenga.

Y seguimos aprendiendo. Tanto la estrategia de apaciguamiento con Putin como la lisonja sistemática con Trump, desplegada en la reunión de la OTAN o en las negociaciones arancelarias, no acaban de funcionar. Con ambos hay que sacar la pistola y ponerla encima de la mesa. El mes pasado, con los aranceles, la UE dejó pasar la oportunidad de instrumentalizar su mayor activo, la dimensión del Mercado Único. No amenazó con gravar la exportación de servicios, el negocio de sus grandes compañías tecnológicas en Europa que es descomunal. Precisamente fue el temor a lo que está pasando estos días con Ucrania y esa garantía de defensa de última instancia, lo que inhibió a la UE.

Una cosa es que el reemplazo de las capacidades militares estadounidenses no es realista antes de como mínimo cinco años, sino una década - y a ello se va a dedicar a marchas forzadas el Plan de Inversión "Rearmar Europa"-. Y otra es la capacidad autónoma de disuasión europea frente a Putin. El ruso ya lleva entre medio y un millón de bajas en el frente y dedica el 30% de su economía, (similar en tamaño a la italiana) a la defensa. Aun en el estadio de integración precaria de las fuerzas de defensa europeas y la falta de tecnología punta (sobre todo en sistema de defensa aérea), la pregunta no es si existe capacidad autónoma suficiente, es si existe voluntad política para movilizarla.

Foto: guerra-ucrania-putin-imperialismo-rusia-1hms Opinión
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A lo que parece responder afirmativamente una posible "Coalición de Voluntarios" - Reino Unido, Francia, Polonia, Países Bálticos- que constituya el núcleo de las garantías de seguridad y el grueso de la contención en el frente. Si queremos la autonomía real, aunque el proceso lleve tiempo, no caben medias tintas en la determinación.

Como apuntó el filósofo francés, Pascal Bruckner, al respecto de la volubilidad europea durante los inicios del conflicto en Ucrania: "En la medida en que hacemos una guerra juntos, formamos por contra un conjunto definido que rompe esa indefinición." Lo que se dirime ahí es la lucha entre la democracia liberal y la dictadura, entre el valor de la Ley y la arbitrariedad autocrática. Es posible, y no deja de ser irónico, que con este posible acuerdo, Trump opte a un preciado Nobel. Pero también lo es que Europa germine como nación.

*Fernando Primo de Rivera, autor de La economía que viene… (Editorial Arzalia).

Cuando el lunes en la reunión Trump y Zelenski televisada en vivo, este último evitó contestar la pregunta sobre la cesión de territorios del este de Ucrania, en Donetsk y Luhansk, se vio venir. La posibilidad de congelar las fronteras ahí justo donde se encuentre el conflicto y el diseño de las garantías de seguridad sobre el terreno abren la posibilidad a un acuerdo de paz que deje a todas las partes implicadas medio pero suficientemente satisfechas. No es la solución óptima para ninguno, pero sí es la puerta para sostener indefinidamente el conflicto. La ejecución de esas garantías de seguridad correría a cargo de los europeos, pagando y poniendo soldados sobre el terreno. Qué ironía, Trump saldría con opciones al Nobel de la Paz, por la vía de los hechos. A Putin se le contendría en los territorios conquistados. Y los europeos vuelven a aprender, por la vía dura, que quien algo quiere, algo le cuesta.

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