Es noticia
Teoría política de la desglobalización
  1. Mundo
  2. Tribuna Internacional
Juan Luis Manfredi Sánchez

Tribuna Internacional

Por

Teoría política de la desglobalización

La desglobalización ha afectado a las ideas, las instituciones, la economía y la seguridad. Los actores políticos compiten por institucionalizar sus relaciones bajo este nuevo orden y, por eso, los desajustes son frecuentes

Foto: El presidente Donald Trump y el presidente ruso Vladimir Putin se miran durante la rueda de prensa tras su reunión para negociar el fin de la guerra en Ucrania. (Reuters/Kevin Lamarque)
El presidente Donald Trump y el presidente ruso Vladimir Putin se miran durante la rueda de prensa tras su reunión para negociar el fin de la guerra en Ucrania. (Reuters/Kevin Lamarque)

Éramos felices. En los años dorados de la globalización, todo parecía ir bien. Al menos, con la perspectiva de la democracia liberal y la economía de mercado. No era el fin de la historia, sino algo mucho mejor. En el ámbito político, las naciones aspiraban a constituirse en democracias más o menos liberales y con cierta aspiración de integración regional. Presentarse como autócrata o aspirante a reyezuelo estaba totalmente fuera de tono. Al son de "La Macarena", fotografiarse con los Clinton era un signo de distinción. Con Schroeder y Blair, el socialismo había abrazado las ventajas de la expansión económica, mientras que la Unión Europea crecía y crecía. En economía, la globalización alcanzó su apogeo. En 2001, China se integra en la Organización Mundial del Comercio y cambia el sentido de las relaciones económicas. Los flujos comerciales alcanzan máximos históricos. Los servicios -banca, seguros, telecomunicaciones- se globalizan. El boom de las commodities ofrece nuevas perspectivas en América Latina: redistribución de la riqueza, clases medias y exportaciones.

Las tecnologías impulsan el nuevo paradigma de creación de valor basado en deslocalización, cadenas globales de suministro, moda instantánea en la aldea global. La mentalidad política y diplomática replantea los conflictos abiertos o la disuasión. Entre grandes potencias, la guerra estaba fuera de la norma. Había que reorientar los "dividendos de la paz" y se habla con naturalidad de la "responsabilidad de proteger" y "exportar la democracia". Más aún, los Estados tendrían obligaciones soberanas para proteger los bienes públicos globales, sea el cambio climático, sea la imposición de la paz en Yugoslavia o Ruanda. En el ámbito social, la globalización impulsa una suerte de cosmopolitismo de raíz estadounidense. Los patrones de ocio y consumo se universalizan gracias a los conglomerados mediáticos, la CNN, las universidades de la Costa Este o Michael Jordan.

Foto: trump-putin-zelenski-ucrania-paz-1hms

Estados Unidos alcanza el estatus de "hiper-poder" e instaura una era de confianza mutua, el orden basado en normas, el impulso del comercio global y la gobernanza multilateral. ¡Qué felicidad! O no. La crisis financiera de 2008, de golpe, nos descubre que las bases fundamentales de la globalización presentaban enormes carencias, probablemente, invisibles a los ojos del buen cosmopolita liberal. Desde entonces, el desorden se ha instalado en la teoría política.

La democracia, cualesquiera sea el indicador, presenta problemas. No puede resolver las grandes cuestiones (cambio climático, vivienda, empleo digno, migraciones) y presenta multitud de problemas internos (populistas, conspiracionistas, hiperlíderes, desinformación). La democracia liberal ha dejado de ser el ideal aspiracional para Turquía, Marruecos, Hungría, Filipinas, México o Nigeria. Hay otras prioridades y otros modelos políticos a imitar. El consenso de Beijing, inversión y comercio sin obligaciones políticas, gana adeptos, sobre todo, en América Latina y África. No esperen el éxito de un Global Gateway europeo basado en derechos humanos.

El comercio global no ha caído, pero sí se ha transformado. El paradigma de seguridad comprende la energía, las cadenas de suministro, los choke points, el acceso a las materias primas, la identificación de los socios o el comercio como una cuestión de supervivencia. No importa el precio, el bienestar o la redistribución de la riqueza, sino el vínculo estrecho entre economía y seguridad. El capitalismo autoritario de China imbrica tecnología, control político, infraestructuras y financiación. India aspira a crear su propio modelo sin ataduras occidentales: compra petróleo ruso sin disimulo, plantea su "soberanía digital" y quiere seducir a Apple para ser la nueva factoría global. La nueva Comisión Europea ha olvidado la transición verde, justa y ecológica, para hablar de seguridad energética. Las políticas industriales de la Administración Trump no serán rentables, pero sí aseguran la continuidad y el desacople respecto de la dependencia china.

Foto: la-oportunidad-europea-en-un-orden-basado-en-trump Opinión
TE PUEDE INTERESAR
La oportunidad europea en un orden basado en Trump
Juan Luis Manfredi Sánchez

El cosmopolitismo palidece ante los cuatro jinetes del apocalipsis político que anticipó Condoleezza Rice en 2020: populismo, nativismo, aislacionismo y proteccionismo. No hay una agenda global cosmopolita y pocos líderes arriesgan sus carreras políticas por la defensa del cambio climático, la protección de las minorías, el derecho internacional o el orden basado en normas. El nacionalismo es político e identitario, pero también económico e industrial. El argumento de "nuestros empleos frente a los globalistas" emerge en cada convocatoria electoral.

El nuevo escenario internacional reclama una nueva teoría política. Con este fundamento, durante tres años, impartí mis clases en Georgetown University: vivimos la era de la desglobalización. La teoría sostiene que el debilitamiento sistemático de la interdependencia bajo un sistema único de gobernanza, integración económica, normas y valores es un proceso político. No es el resultado de un diseño institucional o una concatenación de crisis, sino una opción política que responde al deseo de un número creciente de actores por recuperar el control de las fronteras, reforzar los mercados internos, homogeneizar la sociedad y desocuparse de los bienes públicos globales. Las fronteras sí importan e impera una suerte de "geonostalgia". Rusia e India no son las únicas potencias revisionistas. Estados Unidos quiere un pedazo de Groenlandia. China quiere monopolizar su salida al mar. En los Grandes Lagos de Congo y Ruanda, los vecinos no acuerdan unas fronteras definitivas. Serbia y Turquía no ocultan sus aspiraciones.

Foto: trump-onu-multilateralismo-reformas-1hms

La desglobalización emerge tanto en regímenes democráticos como en los autoritarios, aunque sea por distintos motivos. El Estado es la unidad de medida y el nuevo realismo recupera las tesis del antiguo. En un mundo anárquico, la seguridad es la única prioridad. Los Estados empujan con fuerza en una dirección renacionalizadora para reforzar su conexión con las clases medias y para reestructurar la economía. El miedo a los populistas y el cansancio generado por las obligaciones soberanas ha acelerado la pérdida de interés y la dejación de funciones entre los líderes democráticos. Los regímenes autoritarios aprovechan la debilidad para neutralizar los discursos sobre derechos humanos, libertades o comercio. La acusada incoherencia sobre el futuro de Gaza favorece la narrativa autoritaria. El derecho internacional, en su función pacificadora y legitimadora, es un invento que no hay que atender. Las obligaciones son bilaterales y susceptibles de impugnación unilateral.

La desglobalización ha afectado a las ideas, las instituciones y los intereses del sistema político, la economía y la seguridad. Los actores políticos compiten por institucionalizar sus relaciones bajo este nuevo orden internacional y, por eso, los desajustes y las incoherencias son frecuentes. Se cambia de opinión para adaptarse a la nueva realidad. No esperen una respuesta elaborada a corto plazo, pero abracemos pronto la nueva realidad: la desglobalización es un proceso irreversible.

*Juan Luis Manfredi es catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha. En 2026, publicará Deglobalization. A Political Theory of the Present en Georgetown University Press.

Éramos felices. En los años dorados de la globalización, todo parecía ir bien. Al menos, con la perspectiva de la democracia liberal y la economía de mercado. No era el fin de la historia, sino algo mucho mejor. En el ámbito político, las naciones aspiraban a constituirse en democracias más o menos liberales y con cierta aspiración de integración regional. Presentarse como autócrata o aspirante a reyezuelo estaba totalmente fuera de tono. Al son de "La Macarena", fotografiarse con los Clinton era un signo de distinción. Con Schroeder y Blair, el socialismo había abrazado las ventajas de la expansión económica, mientras que la Unión Europea crecía y crecía. En economía, la globalización alcanzó su apogeo. En 2001, China se integra en la Organización Mundial del Comercio y cambia el sentido de las relaciones económicas. Los flujos comerciales alcanzan máximos históricos. Los servicios -banca, seguros, telecomunicaciones- se globalizan. El boom de las commodities ofrece nuevas perspectivas en América Latina: redistribución de la riqueza, clases medias y exportaciones.

Unión Europea Globalización Democracia
El redactor recomienda